Mirada Multipolar | Propuestas para el orden mundial post-COVID19 ¿Y si nos organizamos?

por Sebastián Tapia

La pandemia de COVID-19 parece estar disminuyendo en la región, lo que ayuda a comenzar a pensar el papel que jugará latinoamérica en el escenario global. Un mundo que ya no será igual, con un Estados Unidos más débil a nivel global, pero lo suficientemente fuerte para imponerse en la región, una China más decidida a reclamar el liderazgo en el concierto internacional, una Rusia mirando al Este y una Europa con crisis de identidad. Algunas ideas comienzan a surgir, centrándose principalmente en la integración regional.

La propuesta de Amorim

Esta semana el ex-ministro de relaciones exteriores y de defensa de Brasil durante el gobierno de Lula, Celso Amorim, estuvo participando de la reunión anual del Club de Discusión Valdai. Este think tank ruso hace años que viene discutiendo los cambios que se ven a nivel global en el siglos XXI. Amorim expuso mediante videoconferencia en una mesa llamada “¿Sustituto de una guerra mundial o preludio de ella?”, en referencia a la pandemia de COVID-19.

Celso comenzó por plantear que hay que cambiar la manera en que las naciones del mundo enfrentan las grandes cuestiones globales como la pandemia, el cambio climático, la dislocación causada por la globalización y, especialmente, la desigualdad.

“Para abordar estas cuestiones, primero tenemos que favorecer un mundo multipolar. Y creo que eso es lo que Brasil intentó hacer junto con Rusia, China, Sudáfrica e India al crear BRICS. Por ejemplo. Es un ejemplo de cómo hacer un esfuerzo por tener un mundo más multipolar. Pero la otra cosa, muy, muy importante, es cambiar la organización institucional del mundo. No podemos tener un mundo en el que hayamos discutido algo como la pandemia o el cambio climático en el consejo de seguridad, sujeto al veto de algún país. Eso es algo que está totalmente fuera de lugar “.

La frase podría ser considerada como un pedido de eliminación del poder de veto que mantienen los 5 miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Rusia, China, Estados Unidos, Francia y el Reino Unido), algo que al día siguiente el presidente de Rusia, Vladimir Putin se opuso en el mismo foro. “Si destruimos el derecho de veto de los miembros permanentes, Naciones Unidas morirá ese mismo día. Se convertiría en una liga de naciones”, dijo. Pero Amorim no se refería a los temas de seguridad, sino a estos grandes temas globales que deberían ser resueltos por consenso. Para esto, propone que el G20 tome un rol más decisivo, pero que a la vez este foro sea más representativo de la comunidad global.

“Creo que lo más cercano que combina cierto grado de legitimidad o representatividad con cierto grado de efectividad es el G20. Creo que tendríamos que cambiar un poco el G20 para hacerlo un poco más africano, un poco más oscuro de alguna manera, un poco menos europeo, tal vez. Pero también para otorgar autoridad al G20 sobre organizaciones concretas, muy concretas, muy específicas: como el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial del Comercio. Es inútil decidir algo en el G20 y luego hacer algo completamente diferente de acuerdo a los tecnócratas del banco mundial, que obedecen a un país más que a otro.”

Pero este modelo no puede ser impuesto. Para adoptar estos cambios, Amorim propone una gran conferencia mundial, como se ha realizado en otros tiempos:

“Necesitamos un replanteamiento global del orden mundial. Y un replanteamiento global del orden mundial, que trata no solo del poder sino también de las instituciones, requiere una conferencia como la de San Francisco, Dumbarton Oaks o Bretton Woods.”

En la mesa expusieron otros invitados, entre los cuales uno propuso volver al principio de la escuela realista de esferas de influencia entre los grandes poderes. Amorim defendió la posición de los que él llamó “una región olvidada”:

“Creo que debemos tener mucho cuidado con su idea de esferas de influencia. Ciertamente, a Brasil y la mayor parte de América Latina no les gustaría ser tratados como el patio trasero de Estados Unidos. Hasta cierto punto es inevitable, pero podemos intentar equilibrar eso con la influencia de otras potencias: Europa, China, Rusia y también nuestras propias iniciativas. La regionalización de alguna manera es muy importante en términos de integración para América del Sur y América Latina, y hemos trabajado mucho en eso, pero también es importante combinar eso con alguna acción multilateral. O múltiples, digamos, acciones globales que de alguna manera lo ayudarían a crecer en un mejor equilibrio. No solo porque buscamos justicia en términos de equidad, sino también porque ustedes buscan un mundo en el que la guerra sea, digamos, menos probable. Y la dominación también sea menos probable.”

La propuesta de AMLO

Y en este punto, la integración latinoamericana como una manera de evitar la influencia de potencias extrarregionales, la única propuesta en pie en este momento proviene del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. En su discurso en la última reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), el pasado 18 de Septiembre, AMLO propuso intensificar la institucionalidad de la CELAC para transformarlo en un organismo supranacional:

“La CELAC, en estos tiempos, puede convertirse en el principal instrumento para consolidar las relaciones entre nuestros países de América Latina y el Caribe, y alcanzar el ideal de una integración económica con Estados Unidos y Canadá en un marco de respeto a nuestras soberanías; es decir, construir en el continente americano algo parecido a lo que fue la Comunidad Económica que dio origen a la actual Unión Europea.”

En su propuesta, hay dos dimensiones clave. La política, en la cual predominan los principios de “no intervención” y de “autodeterminación de los pueblos”, y la económica, basada en la cooperación para el desarrollo y la ayuda mutua.

Las diferencias políticas deben ser resueltas entre los países latinoamericanos, con el sistema de Naciones Unidas como último árbitro. En sus palabras:

“Que las controversias sobre democracia y derechos humanos se diriman a petición de las partes en instancias verdaderamente neutrales creadas por los países de América y que la última palabra la tengan las agencias especializadas de la Organización de las Naciones Unidas.”

En cuanto a lo económico, su idea es fomentar el comercio intrarregional pero que el crecimiento sea repartido entre los países con criterios de justicia social:

“La propuesta es sencilla: se trata de reactivar pronto la economía en nuestro continente para producir en América lo que consumimos.
Las ventajas son muchas; entre otras, contamos con fuerza de trabajo joven y creativa; hay buen desarrollo tecnológico; somos un continente rico en recursos naturales, con una amplia diversidad cultural; las distancias entre nuestros países nos permiten ahorrar en fletes y, reitero, existe suficiente demanda de mercancías en nuestros mercados.
Solo se requiere hacer una planeación conjunta con la participación de organismos como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y otros, y pedir a estas instituciones la elaboración de un plan con el objetivo superior de promover la comunidad económica, financiera y comercial de los países de América.
Por último, esta integración productiva con dimensión social debe contar con el componente de inversión para el bienestar de todos los pueblos de América, bajo el criterio de que el progreso sin justicia es retroceso. Se trata de ir hacia la modernidad, pero forjada desde abajo y para todos.”

 

Ambas propuestas son complementarias. La profundización de un proceso de integración latinoamericano, que fue destruido en la última oleada de gobiernos neoliberales, puede otorgarle a la región un peso mayor en el plano internacional. Las viejas palabras del Martín Fierro sobre la desunión de los hermanos que invita a la amenaza externa, es una lección que la región no ha sabido aprender en 200 años de independencia. La reorganización mundial tras la pandemia del COVID 19 es una oportunidad a aprovechar para integrarnos como región y así competir en el mundo.

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