Observatorio del Sur Global

Argentina frente al espejo multipolar: Milei, China y la crisis de proyecto nacional

Ignacio Martín Ruiz
Ignacio Martín Ruiz
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Imagen generada mediante IA.

Por Ignacio Ruiz (*) (**)

La relación del gobierno de Javier Milei con China suele leerse en términos de contradicción. ¿Cómo puede un presidente que construyó buena parte de su identidad política demonizando al comunismo, descalificando al Partido Comunista de China, y prometiendo un alineamiento inequívoco con “Occidente” terminar moderando su discurso hacia Beijing, sosteniendo instrumentos financieros críticos como el swap y evitando una ruptura efectiva con una de las principales potencias del orden mundial? La respuesta rápida es el pragmatismo; la más simplista, la hipocresía. Ambas explicaciones, sin embargo, quedan cortas.

La cuestión de fondo no es la supuesta incoherencia de Javier Milei frente a China, sino algo bastante más profundo: la dificultad argentina para pensar su inserción internacional en un mundo que atraviesa una transformación acelerada. China aparece aquí no como anomalía, sino como síntoma. Milei tampoco constituye el núcleo del asunto, aunque lo exprese con particular nitidez. Lo que la relación con Beijing revela es la persistencia de una crisis argentina de horizonte nacional en un contexto de transición sistémica.

El mundo en el que buena parte de las élites políticas latinoamericanas aprendieron a pensar la política exterior ya no existe. No estamos en los años noventa, ni en el momento de hegemonía estadounidense incontestada, ni en el clima intelectual del “fin de la historia”, cuando amplios sectores asumieron que el orden liberal global representaba el horizonte definitivo de la organización internacional. Atravesamos una recomposición profunda del sistema mundial: una transición de poder, una disputa entre arquitecturas de gobernanza y una reorganización tecnológica, productiva y geopolítica cuyo desenlace todavía no está cerrado, pero cuyos efectos ya son plenamente visibles.

Desde esa perspectiva, la relación entre Argentina y China deja de ser un simple asunto bilateral para convertirse en una ventana desde la cual observar un problema mayor: cómo un país periferializado, con restricciones estructurales severas, intenta posicionarse en una transición histórica sin haber definido con claridad qué quiere construir.

Occidentalismo periférico y política exterior como identidad

La política exterior de Javier Milei no puede comprenderse únicamente como una secuencia de decisiones improvisadas o movimientos tácticos erráticos. Existe un marco ideológico relativamente consistente que organiza su lectura del mundo. Ese marco podría describirse como una forma de occidentalismo periférico: una concepción según la cual el orden internacional continúa estructurándose en torno a una centralidad político-civilizacional occidental, encarnada principalmente por Estados Unidos y ciertos aliados, mientras que otros polos de poder son leídos, antes que nada, desde una sospecha ideológica.

No se trata simplemente de una preferencia diplomática. Todos los gobiernos priorizan determinados vínculos internacionales según sus orientaciones y percepciones de interés. El problema surge cuando esa preferencia deja de funcionar como herramienta de política exterior y pasa a convertirse en principio identitario. En el caso de Milei, muchas veces el vínculo con el mundo aparece formulado como extensión de una batalla cultural: Occidente como civilización, Estados Unidos como brújula moral, China como alteridad ideológica, Israel como referencia identitaria.

Ese encuadre tiene consecuencias concretas. Cuando los alineamientos se formulan en términos de fidelidad doctrinaria, pierden flexibilidad y dejan de funcionar como decisiones instrumentales subordinadas al interés nacional para convertirse en formas de pertenencia política. El problema es que los países periferializados, especialmente aquellos con fragilidades estructurales severas, difícilmente puedan permitirse ese lujo. Las grandes potencias tienen margen para combinar retórica ideológica con pragmatismo porque cuentan con capacidades materiales que les permiten absorber contradicciones, recalibrar decisiones y gestionar interdependencias complejas. Los países periféricos operan desde un lugar distinto: sus márgenes son más estrechos, sus vulnerabilidades mayores y sus costos de error más altos.

Argentina encarna ese dilema de forma particularmente aguda. Restricción externa persistente, fragilidad macroeconómica, dependencia financiera, vulnerabilidad tecnológica y exposición a shocks internacionales reducen significativamente su autonomía efectiva de maniobra. En ese contexto, formular la inserción internacional como si el país pudiera elegir socios sobre la base de simpatías doctrinarias constituye un error de lectura elemental.

La realidad material disciplina la ideología

La relación con China muestra con particular claridad el punto donde la retórica ideológica choca con las condiciones materiales de la Argentina. Durante la campaña y los primeros meses de gobierno, Milei desplegó una retórica abiertamente hostil hacia Beijing, inscribiendo a China y al Partido Comunista de China dentro de una narrativa binaria donde el antagonismo ideológico parecía suficiente para ordenar decisiones de política exterior. Sin embargo, la práctica mostró rápidamente que una economía atravesada por fragilidad cambiaria, escasez estructural de divisas y fuerte dependencia de financiamiento externo no puede reorganizar su inserción internacional únicamente a partir de afinidades doctrinarias.

China no es para la Argentina un actor periférico que pueda ignorarse sin costos relevantes. Es uno de sus principales socios comerciales, un actor financiero de peso y una potencia con creciente centralidad tecnológica, industrial y geopolítica. La continuidad del swap con el Banco Popular de China expresa precisamente esa realidad: más allá de cualquier juicio sobre el instrumento, lo significativo es que incluso un gobierno que había construido parte de su identidad política demonizando a Beijing debió aceptar que existían límites objetivos a su margen de maniobra.

Si el caso del swap mostró los límites que la realidad material impone a ciertas fantasías ideológicas, el rechazo al ingreso argentino a los BRICS mostró el problema inverso: hasta qué punto decisiones complejas de inserción internacional podían quedar subordinadas a una lectura identitaria del mundo. El problema no es afirmar que ese espacio habría resuelto automáticamente los problemas estructurales del país; lectura que también sería simplista. El problema fue transformar una discusión estratégica en un gesto de definición ideológica, desestimando un foro donde participan actores centrales para el comercio exterior argentino, como Brasil y China, junto con otras economías emergentes relevantes del Sur Global.

La eventual moderación del gobierno argentino frente a China no surgió de una revisión doctrinaria, sino del choque con restricciones materiales difíciles de ignorar: la Argentina no dispone hoy del margen económico, financiero ni comercial necesario para sostener indefinidamente ciertas fantasías ideológicas. Pero incluso esa lectura sigue siendo incompleta, porque los límites que la realidad impone no equivalen a la existencia de una política exterior coherente.

La transición multipolar y la falsa comodidad de las categorías viejas

Reducir el análisis argentino a las contradicciones de un gobierno sería, sin embargo, quedarse demasiado cerca de la superficie. La transformación de fondo remite al cambio de época que atraviesa el orden internacional. La emergencia china constituye probablemente la manifestación más visible de ese proceso, aunque no la única. No se trata simplemente del ascenso económico de un nuevo actor, sino de la consolidación de un poder con capacidad de proyección tecnológica, financiera, industrial, diplomática y geopolítica a escala sistémica. Más aún, de un actor que no se limita a insertarse en el orden existente, sino que impulsa instrumentos, instituciones y plataformas alternativas de articulación internacional.

Eso no implica asumir narrativas simplistas sobre un reemplazo mecánico de hegemonías ni proyectar triunfalismos ingenuos sobre un inevitable desplazamiento estadounidense. Washington conserva capacidades extraordinarias y sigue siendo un actor central del tablero global. Precisamente por eso, la competencia actual resulta tan significativa: no asistimos a una sucesión consumada, sino a una disputa abierta entre arquitecturas de poder. El propio discurso estratégico chino habla de “cambios no vistos en un siglo”. Más allá de la fórmula, la expresión captura una realidad evidente: el orden internacional está mutando.

Aquí aparece una paradoja particularmente incómoda para el caso argentino. Mientras el gobierno de Milei continúa interpretando el mundo mediante categorías binarias simplificadas, las grandes potencias gestionan sus rivalidades desde pragmatismos mucho más sofisticados. Estados Unidos confronta con China, compite tecnológicamente e intenta contener su expansión, pero al mismo tiempo reconoce su centralidad sistémica y negocia con ella cuando sus intereses así lo exigen. La reciente visita de Donald Trump a China resulta especialmente ilustrativa en este sentido: incluso una figura asociada a discursos confrontativos y políticas de contención termina confirmando, en la práctica, que la competencia entre grandes potencias no elimina la necesidad de interlocución, negociación y pragmatismo. La dificultad argentina es que, mientras los actores centrales operan desde esa sofisticación competitiva, su gobierno sigue leyendo el mundo como si se tratara de una batalla ideológica rígida entre bloques cerrados.

Ahora bien, también debe destacarse que la multipolaridad no debe romantizarse. La existencia de nuevos polos de poder no garantiza automáticamente mayor autonomía para los países periferializados. Puede ampliar márgenes de maniobra, pero también multiplicar presiones, dependencias y disputas de influencia. La cuestión decisiva no es la existencia de más polos, sino la capacidad de cada país para navegar ese escenario.

El verdadero problema: Argentina sin proyecto de continuidad histórica

Con esto, llegamos a un posible núcleo del problema. La dificultad argentina no radica, en última instancia, en su relación con China, con Estados Unidos o con cualquier otro actor internacional. El verdadero déficit es la ausencia persistente de una orientación nacional capaz de ordenar su inserción en el mundo. No se trata de una carencia meramente diplomática, sino política. La política exterior no debería funcionar como reacción táctica frente a coyunturas cambiantes ni como extensión doctrinaria de afinidades ideológicas, sino como expresión externa de una definición interna más profunda: qué país se pretende construir, con qué capacidades, con qué prioridades y con qué horizonte histórico.

Sin una respuesta mínimamente coherente a esas preguntas, cualquier negociación internacional termina realizándose desde debilidad estructural. Y negociar desde debilidad no significa simplemente ser menos poderoso que una gran potencia —algo inevitable—, sino carecer de criterios propios desde los cuales definir objetivos, límites y márgenes de maniobra.

Ese es el error de muchas discusiones argentinas sobre China. Unos la presentan como amenaza ideológica frente a la cual habría que reafirmar un alineamiento occidental; otros, como alternativa compensatoria frente a las asimetrías históricas del vínculo con Estados Unidos y Europa. Ambas lecturas desplazan la pregunta central. No se trata de qué potencia resulta más conveniente en abstracto, sino desde qué horizonte nacional se construye cualquier vínculo externo. Una relación asimétrica con China puede reproducir dependencia, del mismo modo que una relación asimétrica con Estados Unidos también puede hacerlo. El problema no reside en la bandera del actor externo, sino en la capacidad política e institucional del actor interno.

Desde hace décadas, Argentina oscila entre orientaciones internacionales presentadas como rupturas profundas, aunque no todas hayan sido equivalentes en densidad política. Hubo momentos —desde tradiciones históricas tales como los primeros gobiernos peronistas hasta experiencias más recientes como los gobiernos de Néstor y Cristina— en los que reaparecieron lenguajes de soberanía, integración regional, política industrial y mayor autonomía relativa en la inserción internacional. Sin embargo, incluso esos intentos no lograron consolidarse como continuidad de largo plazo. Cambian gobiernos, coaliciones, discursos y prioridades coyunturales, pero cuestiones como infraestructura crítica, soberanía tecnológica, integración territorial, innovación productiva o arquitectura de desarrollo rara vez logran institucionalizarse como políticas de Estado sostenidas.

El resultado es una política exterior frecuentemente reactiva, subordinada a urgencias financieras, fiscales o electorales inmediatas, más orientada a administrar restricciones que a construir capacidades. En un mundo donde incluso las grandes potencias discuten seguridad económica, soberanía tecnológica, resiliencia productiva y control de cadenas críticas, la ausencia argentina de una conversación seria sobre proyecto de país resulta particularmente llamativa.

China como caso de aprendizaje estratégico

Plantear este problema no implica sustituir una dependencia por otra ni idealizar mecánicamente trayectorias ajenas. China no constituye una utopía geopolítica ni una referencia universal automáticamente transferible. Es una gran potencia con intereses propios, tensiones internas y una racionalidad orientada —como toda potencia— a maximizar su posición relativa dentro del sistema internacional. Ahora bien, reconocer eso no impide advertir algo analíticamente mucho más relevante: China representa uno de los casos contemporáneos más significativos de acumulación de capacidades estatales, planificación de largo plazo y articulación entre proyecto político e inserción internacional. Esa es la razón por la que su estudio resulta valioso.

No porque Argentina deba “imitar” a China,  sino porque su trayectoria obliga a reabrir preguntas que la dirigencia política argentina no ha podido persistir en el tiempo: ¿cómo se construyen capacidades estatales duraderas?, ¿cómo se articula política industrial con inserción internacional?, ¿cómo se piensa la infraestructura como condición de integración territorial, productividad y cohesión nacional?, ¿cómo se vinculan educación, ciencia, tecnología y desarrollo?, ¿cómo se acumula aprendizaje institucional más allá de las coyunturas electorales?

En ese sentido, el caso chino importa menos como referencia exportable que como interpelación. Porque el contraste con Argentina resulta incómodo. Mientras buena parte del debate local oscila entre urgencias electorales, polarización inmediata o simplificaciones ideológicas sobre apertura y mercado, cuestiones fundamentales como soberanía tecnológica, infraestructura crítica o arquitectura productiva aparecen fragmentadas, subordinadas o directamente ausentes.

Más aún si se considera que incluso economías occidentales han reintroducido debates sobre política industrial, cadenas críticas, seguridad económica y capacidades tecnológicas propias. En ese contexto, seguir presentando el mercado como principio autosuficiente de organización del desarrollo revela no solo limitaciones programáticas, sino dificultades más profundas para leer el momento histórico.

El desafío, entonces, no es admirar a China, sino recuperar la capacidad de formular preguntas propias sobre desarrollo, soberanía e inserción internacional.

Argentina frente al espejo

La discusión sobre Argentina, China y Milei suele quedar atrapada en una disyuntiva engañosa: Washington o Beijing. Pero una política exterior soberana no debería definirse por adhesión automática a uno u otro polo de poder, sino por la capacidad de construir una inserción internacional coherente con un horizonte nacional propio.

Ese es el punto que el episodio Milei deja al descubierto con particular claridad. No simplemente porque su política exterior exprese preferencias ideológicas marcadas o porque su retórica inicial haya debido moderarse frente a restricciones materiales evidentes, sino porque esa orientación parece funcionar como sustituto de una estrategia nacional. Y ese déficit, conviene insistir, excede largamente a este gobierno.

La transición global actual constituye tanto una oportunidad como una prueba. Puede ampliar márgenes de diversificación internacional, pero exige capacidades políticas, estatales e institucionales que no se improvisan. Los países que logren articular orientación nacional, infraestructura crítica, acumulación institucional, capacidades tecnológicas y diplomacia coherente podrán convertir esa transición en oportunidad relativa. Los que no lo hagan quedarán atrapados en formas renovadas de dependencia, independientemente del polo al que decidan acercarse.

Desde esa perspectiva, la relación con China deja de ser un episodio diplomático puntual para convertirse en espejo. Lo que refleja no es solamente la contradicción de un gobierno que pasó de la demonización retórica al pragmatismo forzado, sino una dificultad argentina más profunda para pensarse en un mundo que ya cambió. Una dificultad que, incluso cuando produjo momentos de mayor densidad soberanista o vocación de autonomía relativa, no logró consolidarse como continuidad histórica estable.

La multipolaridad, por sí sola, no garantiza emancipación. Amplía el margen de maniobra únicamente para aquellos países capaces de definir qué quieren construir, con qué instrumentos y desde qué horizonte político.

Fuentes consultadas

  • Banco Central de la República Argentina (BCRA). Información sobre reservas internacionales y acuerdos financieros. https://www.bcra.gob.ar
  • Banco Popular de China (People’s Bank of China). Información institucional sobre cooperación financiera internacional y acuerdos de swap. http://www.pbc.gov.cn
  • Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República Argentina. Relación bilateral Argentina–China y documentos oficiales. https://www.cancilleria.gob.ar
  • Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Intercambio comercial argentino y estadísticas de comercio exterior. https://www.indec.gob.ar
  • Fondo Monetario Internacional (FMI). Argentina: programas financieros, revisiones y documentos técnicos. https://www.imf.org
  • BRICS Info. Official BRICS information portal and summit documentation. http://www.brics2025.gov.br
    (ajustar al portal oficial vigente del ciclo BRICS si cambia)
  • Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China. Discursos oficiales y documentos de política exterior china. https://www.fmprc.gov.cn
  • The White House. Statements, bilateral engagements and U.S. foreign policy releases. https://www.whitehouse.gov
  • U.S. Department of State. U.S.–China relations and official diplomatic releases. https://www.state.gov
  • BBC Mundo. “Qué opinan los críticos de China dentro del movimiento MAGA tras la visita de Trump a Beijing.” https://www.bbc.com/mundo/articles/ckgp3ke0lpeo
  • CNN en Español. “La visita de Trump a Beijing fue más apariencia que resultados concretos.” https://cnnespanol.cnn.com
  • Reuters. Coverage on U.S.–China strategic relations, trade tensions and diplomatic developments. https://www.reuters.com
  • Financial Times. U.S.–China strategic competition and economic diplomacy coverage. https://www.ft.com
  • The Economist. Analysis on geopolitical transition, China and U.S. global competition. https://www.economist.com
  • UNCTAD (United Nations Conference on Trade and Development). Trade and development statistics. https://unctad.org
  • World Bank Open Data. Macroeconomic and development indicators. https://data.worldbank.org

(*) Investigador del Centro de Estudios Argentina-China (CEACh) de Sociales-UBA.

(**) Este artículo es una consolidación de la línea de pensamiento presentada por el autor en una entrevista en el programa Punto Justo en Radio Brújula el día 19/05/2025. Enlace.

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