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Perú: la república fallida y la disputa por la hegemonía global | Panorama Internacional

Federico Montero
Federico Montero  - Federico Montero es docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y analista político especializado en política internacional. Director del Observatorio del Sur Global.
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Federico Montero

La escena abre con Trigal, de Sandro. No es un recurso nostálgico ni un guiño arbitrario: hay, en ese tono entre romántico y dramático, una clave de lectura. Porque en la política latinoamericana, como en la canción, lo que aparece en la superficie muchas veces encubre tensiones más profundas. Y en el caso peruano, el “Sandro” no es el Gitano: es Roberto Sánchez, el dirigente que logró meterse en la segunda vuelta presidencial y que reabre, con su propia estética y discurso, un conflicto estructural no resuelto.

Dos semanas después de las elecciones —en un proceso de conteo largo, accidentado y atravesado por sospechas— finalmente se delineó el escenario: Sánchez competirá en el balotaje contra Keiko Fujimori. No es un dato menor. Sánchez no irrumpe como figura aislada, sino como heredero y portado político de los votos de Pedro Castillo, hoy detenido tras su enfrentamiento con el Congreso. De hecho el propio Sanchez deviene castillista en una simbiosis que lo llevó a adoptar el look del ex presidente, sombrero incluído. Su candidatura, en ese sentido, reactualiza una experiencia reciente que terminó abruptamente, pero que dejó al descubierto las fracturas del sistema político peruano.

Perú atraviesa hace años una dinámica de inestabilidad persistente. Para completar el mandato de Castillo se sucedieron múltiples presidentes en un lapso breve, en un contexto donde las élites políticas y económicas han demostrado una notable capacidad de bloqueo. Esa inestabilidad no es solo institucional: es la expresión de un problema más profundo, que el propio Sánchez formula sin rodeos.

En una de sus intervenciones públicas, el candidato señala que la república peruana —a más de doscientos años de su independencia— no ha logrado constituirse como un proyecto inclusivo. La crítica es directa: la independencia no habría sido más que un traspaso de poder desde las élites coloniales hacia una élite criolla incapaz de integrar a los pueblos quechuas, aimaras y amazónicos en la construcción estatal. El resultado: una “república fallida” y una economía que no funciona para las mayorías.

Esa definición no es solo retórica de campaña. En la historia política peruana se traduce en un clivaje persistente que organiza la competencia electoral: no tanto izquierda versus derecha, sino costa versus sierra. En la costa se concentran las élites económicas; en la sierra, los sectores populares, campesinos y movimientos sociales. Sánchez intenta representar ese “interior profundo”, del mismo modo en que Castillo lo hizo en su momento.

Del otro lado, Keiko Fujimori es una signo de pregunta, ¿encarna la continuidad de un proyecto político con raíces en el gobierno de Alberto Fujimori: un ciclo que combinó autoritarismo, reformas neoliberales estructurales y una fuerte impronta represiva en los años noventa?. Su presencia en segundas vueltas es casi una constante en la política peruana reciente. Y también lo es el fenómeno que suele activarse frente a ella: un “antifujimorismo” que logra bloquear su acceso al poder, pero que no consigue estabilizar un proyecto alternativo una vez en el gobierno.

Las primeras encuestas muestran un escenario de paridad de cara al balotaje previsto para junio. Sin embargo, el terreno está lejos de ser neutral. La renuncia de autoridades electorales y las tensiones institucionales refuerzan la percepción de una “cancha inclinada”. La incógnita central es si el antifujimorismo volverá a operar como dique de contención —como en experiencias previas— o si, esta vez, la fragmentación y el desgaste del sistema abrirán otro desenlace.


Relaciones especiales y dos visitas en espejo: EEUU e Inglaterra, Irán y Rusia

Pero Perú no es un caso aislado. Es, en todo caso, una expresión condensada de una crisis más amplia que también se juega en el plano internacional.

Si hablamos de “relaciones especiales”, el conflicto entre Estados Unidos e Irán sigue marcando la agenda global. Las negociaciones entre ambos países atraviesan un momento de estancamiento: un encuentro previsto en Pakistán fue suspendido por falta de condiciones, y los movimientos diplomáticos posteriores delinearon dos escenas significativas.

Por un lado, Carlos III se reunió con Donald Trump en un gesto que busca recomponer tensiones dentro del eje atlántico. Las diferencias entre Washington y Londres —en torno al financiamiento de la OTAN y la estrategia frente a Irán— habían alimentado especulaciones sobre una posible fisura. La intervención del monarca aparece, en ese marco, como un intento de rearticular una alianza que ha sido estructurante del orden occidental desde la Segunda Guerra Mundial.

Las derivaciones de esas tensiones no son abstractas. En los últimos días, un documento del Pentágono sugirió que, en un escenario hipotético de negociación, podría ponerse en discusión la cuestión de las Islas Malvinas. Aunque luego Estados Unidos ratificó su posición de neutralidad, el episodio reactivó debates tanto en Argentina como en el Reino Unido, evidenciando hasta qué punto las disputas globales impactan en agendas locales.

En paralelo, el canciller iraní viajó a Rusia y fue recibido por Vladímir Putin. Allí se explicitó una doble dinámica: por un lado, el fortalecimiento del vínculo entre Teherán y Moscú; por otro, la intención rusa de empujar una salida negociada que contemple no solo los intereses iraníes, sino también los del conjunto de la región. Es, al mismo tiempo, un gesto de respaldo y una forma de encuadrar a Irán dentro de una arquitectura diplomática más amplia.

Las posiciones siguen alejadas. Estados Unidos y Irán no coinciden ni en los términos ni en la secuencia de una eventual negociación: mientras Teherán plantea despejar primero el estrecho de Ormuz y luego discutir su programa nuclear, Washington sostiene otras prioridades. El riesgo es que el conflicto se cronifique y escale.

Transición hegemónica

Todo esto ocurre en un contexto de transición sistémica. Desde los años setenta, el mundo se volvió crecientemente interconectado, pero la disputa actual gira en torno a quién controla esa interdependencia. La competencia entre China y Estados Unidos redefine los equilibrios globales y abre la posibilidad de un orden menos unipolar.

En ese escenario, espacios como BRICS aparecen como intentos de articular alternativas, apoyados en capacidades industriales, estrategias nacionales y márgenes de autonomía relativa. La pregunta no es solo qué forma adoptará el sistema internacional, sino dónde se ubicarán países como Argentina.

Lejos de ser un actor pasivo, Argentina cuenta con recursos estratégicos, capacidades productivas y una tradición política que ha sabido, en otros momentos, articular proyectos nacionales en contextos de cambio global. La cuestión, como sugiere la lectura geopolítica, no es la falta de condiciones objetivas, sino la decisión política de inscribirse en esa oportunidad sin recaer en alineamientos automáticos.

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Por Federico Montero Federico Montero es docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y analista político especializado en política internacional. Director del Observatorio del Sur Global.
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Federico Montero es docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y analista político especializado en política internacional. Profesor de Política Latinoamericana (UBA) y de Estado, Sociedad y Universidad (UNA). Director del Observatorio del Sur Global.
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