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Elecciones en Estados Unidos | Perspectivas y escenarios para la región

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EEUU atraviesa una profunda crisis estructural y de proyecto de la cual el propio Trump es un emergente. En cierta forma, representa la llegada al gobierno de una fracción del poder económico refractario a la expansión sin precedentes de las cadenas globales de valor en el marco de la globalización financiera, que tras los efectos de la crisis de 2008 logró representar a vastos sectores de la clase media y trabajadores.

En el plano internacional Trump representó una ruptura con los espacios del multilateralismo neoliberal propios del estilo demócrata de Obama, pero también con la lógica hegemonista bélica que había caracterizado a George W. Bush tras los atentados a las Torres Gemelas.

En política internacional intentó redefinir los marcos comerciales heredados para revertir parcialmente la extranjerización de algunos eslabones de las cadenas globales de producción de capital norteamericano, buscando repatriarlos. Como nunca antes, señaló a China como el principal enemigo y protagonizó la llamada “guerra comercial” que se expandió a otros campos que van desde la actividad aeroespacial a las telecomunicaciones.

La política refractaria a las cadenas globales de valor y su retórica anti globalista le valió el enfrentamiento hostil de los sectores hegemónicos del capital y la gran prensa norteamericana, que amplificaron la dimensión cultural de las críticas de los sectores progresistas a sus expresiones autoritarias. A ello le sumaron el boicot a cualquier intento de atacar la arquitectura de integración económica internacional construida desde 1991 a la fecha.

Su llegada al gobierno conectó con un ciclo de recuperación económica que favoreció con medidas procíclicas, centralmente de inyección de liquidez a través de la baja de tasas y recorte de impuestos a los ricos. Esta bonanza económica, y su estilo de outsider del establishment de ambos partidos, así como su retórica de polarización, ayudó a disimular su conducción errática de la administración y lo puso en razonables expectativas de reelección.

Todo eso hasta que llegó 2020 y el COVID. En ese marco se produjeron 3 procesos que comprometen seriamente sus posibilidades:

  • un errático y deficiente manejo sanitario de la pandemia, en principio negando la gravedad de la enfermedad aunque después se viera forzado a cambiar de actitud.
  • el desplome de la economía durante el primer semestre, que implicó el desembolso de más del 13,2% del PBI en estímulos económicos
  • la explosión de las tensiones raciales tras el asesinato de Goerge Floyd y la irrupción del movimiento “Black Lives Matter”

Estos tres elementos configuran un escenario altamente impredecible tanto en relación al resultado de las elecciones -aunque las encuestas indican una ventaja de Biden de entre 6 y 8 puntos-, como en relación a las propias condiciones de recepción y aceptación de los mismos.

Las innovaciones en el sistema de votación, como la elevada cantidad de voto por correo producto de la situación de pandemia, en un escenario con denuncias cruzadas de fraude y un clima de fuerte polarización social, pueden significar tensiones e inestabilidad institucional si las diferencias son reducidas tanto en favor de uno o de otro candidato.

De hecho, todo indica que en materia de escrutinio oficial, el martes 3 no habrá resultados concluyentes, sino proyecciones en base a los primeros recuentos y las encuestas de boca de urna.

Escenarios para la región y nuestro país

En primer lugar, cabe subrayar que, más allá de quien gane, la política norteamericana de asegurarse su zona de influencia ante la creciente presencia de China en la región, que hoy es el principal socio comercial de todos los países latinoamericanos, no cambiará. Así las cosas, cualquiera sea el resultado, EEUU protegerá sus presencia militar en la región y los intereses de sus empresas, así como buscará asegurarse el acceso y control de los recursos naturales. En ese camino, buscará horadar cualquier proyecto que intente reflotar una política regional autónoma como la que existió en el período 2003-2015.

Sin embargo, más allá de los intereses permanentes, lo cierto es que tras la caída del ALCA en 2005 que fue el último proyecto integral para la región, la política exterior norteamericana se centró en temas concretos.

Un dato no menor es que Donald Trump hizo una sola visita a la región durante su mandato: viajó a Buenos Aires con motivo de la cumbre del G-20 en 2018. En contraste, Barack Obama hizo 15 viajes a distintos países latinoamericanos, incluido Cuba, y George W. Bush visitó la región 18 veces. Su agenda hacia la región como presidente se centró en la seguridad, con temas como migraciones y narcotráfico, que en realidad inciden en la política interna del país.

Escenario n°1: Victoria de Trump

En un reciente artículo en la revista Foreign Affairs denominado “El orden Post Americano”, Kori Schake sostiene que un triunfo de Trump acelerará la ruptura del orden forjado tras la caída del bloque soviético, impulsando a las potencias que compiten con EEUU a fortalecer esquemas de alianzas que terminarán aislando a la potencia norteamericana.

Este nuevo “orden post americano”  podría significar, entre otros fenómenos, la aceleración del declive de la hegemonía financiera norteamericana y el cuestionamiento del dólar como divisa internacional. Esto podría expresarse, según Schake en la creación de un “petro-yuan”, para la comercialización de petróleo esquivando al dólar o en el desarrollo por parte de India y Rusia de sistemas de pago que eviten la zona del dólar.

Lo cierto es que las tensiones entre las potencias y la recomposición de una multipolaridad potencialmente conflictiva va más allá del resultado electoral y responde a causas estructurales. Por lo tanto, lo que cambiará, de triunfar Biden, es el modo en que estas tensiones se administrarán, en diálogo permanente con un clima de política doméstica pos pandemia, atravesado por tensiones sociales y políticas que difícilmente mejore sustancialmente en los primeros años.  

Trump apoya un modelo que permite que se proteja el comercio e industrias locales al no apoyar la globalización. Argentina tendrá más aire para rechazar el acuerdo con la UE que golpea la industria local.

Avanzará en la ruptura con las organizaciones de la ONU, con distintos efectos. La OMC perdería protagonismo, por lo que se podrían utilizar políticas arancelarias de protección por parte de EEUU hoy cuestionadas. Al EEUU denunciar a la OMC alentaría a que los demás países, entre ellos la Argentina, también hicieran lo mismo.

El diseño global con el que comulga Trump es de regiones, por lo que las políticas regionales, como puede ser el Mercosur, si bien seguramente no sean alentadas exclusivamente, tampoco serían atacadas y pueden ser una respuesta ante el avance chino al fortalecer a los Estados regionales.

De la mano de un segundo mandato de Trump se puede esperar la continuidad de una política de “aprietes”, como en el caso de México con los aranceles, y dura hacia Cuba, y de relativa irrelevancia de América del Sur, salvo en situaciones específicas que afecten sus intereses

Así las cosas, América Latina seguiría siendo zona de influencia política de EEUU, ya que ni China ni Rusia tienen intenciones de disputar políticamente, aunque China ya es el principal socio comercial de todos los países de la región. Aún así, a pesar de las limitaciones a la injerencia china, seguramente se avalará la comercialización de granos y otras commodities con China, siempre y cuando no intenten acceder a cuestiones estratégicas que en Argentina podrían ser el litio, el Atlántico Sur, y el sector militar.

Las prioridades para la política exterior de Trump hacia la región son México, Perú, y Colombia. El primero porque es su frontera sur y sirve de contención a los migrantes de América Central y Caribe, mientras que Perú y Colombia, (y eventualmente Venezuela) porque trazan el límite sur de EEUU, su zona de seguridad es considerada por América Central y Caribe. Perú es un pivote hacia el pacífico y eje del grupo de Lima, mientras que Colombia es trascendente para el control del tráfico de drogas y para el asedio militar y contención de Venezuela.

Argentina y Brasil no son prioridad geopolítica junto al resto del subcontinente suramericano, aunque un triunfo de Trump reforzaría la alianza con el gobierno de Bolsonario y las fuerzas armadas brasileñas como elemento de contrapeso a la reactivación de los procesos populares en marcha en Argentina (gobierno de los Fernández), Bolivia (triunfo del MAS en octubre de 2020), Chile (en camino a una Convención Constituyente tras los contundentes resultados del referéndum de octubre) y probablemente Ecuador (con la recomposición del proyecto correísta de cara a 2021). 

Una cuestión a definir es la actitud que tomaría Trump hacia Venezuela de lograr la reelección. Hay que recordar el apoyo decidido al gobierno paralelo de Guaidó y el bloqueo de las empresas venezolanas en el exterior y confiscación de sus activos. Un triunfo de Trump probablemente significaría el intento de reactivar el aislamiento del gobierno de Maduro y la retórica de “línea dura” alentada por el lobby de Miami, aunque es probable que el apoyo hacia Guaidó se desplace hacia Leopoldo López, recientemente exiliado en Europa.

En cualquier caso, es esperable que se profundice la línea dura hacia Venezuela, Cuba y Nicaragua, aunque esto no signifique necesariamente una injerencia abierta. Puede profundizar el bloqueo y buscar mantener a Venezuela en una crisis crónica y asfixiante.

En relación a la economía global post pandemia, cuyos resultados se esperan sean profundos, más allá del eventual efecto “rebote” tras la brutal caída de 2020, el estilo reactivo de Trump hacia las cadenas globales de valor puede significar un margen mayor de autonomía para la Argentina y los países periféricos en su conjunto.

Sin embargo, la gran incógnita estará en el manejo del flujo financiero, que implica por un lado una mayor laxitud de los organismos financieros internacionales como el FMI producto de dos factores: por un lado el manejo “puramente político” que ha hecho Trump del organismo (recordemos la vulneración total de sus estatutos para garantizar un financiamiento récord a Mauricio Macri por considerarlo un objetivo político), y por otro de la propia necesidad de limitar el margen de maniobra de la ortodoxia clásica monetarista ante la necesidad de políticas expansivas en la pospandemia.

Un tema polémico donde no hay una sola visión es qué sucederá con la burbuja financiera en la propia economía norteamericana. Para algunos analistas, pasadas las elecciones, la brutal inyección de cerca del 13% del PBI en 2020 podría llevar tarde o temprano, a un estallido en función del aceleramiento de la crisis por la pandemia y el impago que podría producirse en hipotecas y quiebras de empresas. Es posible que esto lo veamos con mayor crudeza luego de las elecciones presidenciales, porque Trump ha venido inyectando enormes cantidades de dólares a la economía para sostener el precio alto en la bolsa, algo que se preveía que iba a hacer hasta por lo menos las elecciones.

Escenario n°2: Gana Biden

El proyecto de Biden es retomar la senda hegemónica norteamericana, superando la faceta reactiva de Trump. Habrá que ver si es bajo la forma del progresismo neoliberal de Obama o de la versión neoconservadora de Bush.

En principio, lo que haría sería relanzar la globalización de la mano de los TLC, impulsar nuevamente las políticas de apertura y librecambio, y buscar aumentar el protagonismo de los organismos internacionales bajo su control, como la ONU y las organizaciones que dependen de la misma.

Es de esperarse que Biden impulse el soft power norteamericano a partir de un “copamiento corporativo” de la agenda de nuevas demandas como la cuestión medioambiental, los derechos de las minorías, la agenda de género, las cuestiones étnicas, entre otras, para conformar nuevas barreras para-arancelarias y expandir su prédica anti desarrollo.

Ahora bien, el tradicional objetivo de apertura comercial e “integración al mundo” como proveedores de materias primas propio de la prédica globalista hacia los países periféricos deberá enfrentarse con la nueva realidad de una omnipresencia China en la región y en el mundo. Es de esperar que en ese escenario se relancen estrategias comerciales para “cercar” a China o revertir parcialmente su influencia como el TPP.

Sobre la presencia de China y Rusia, la posición sería parecida a la de Trump, aunque dependerá de cuándo decidan iniciar una ofensiva contra China en la que nos veríamos involucrados porque el modelo capitalista chino no está bajo su control y debe ser readecuado para el modelo globalista financiero. Rusia será el primer damnificado en esta situación ya que es el eslabón más débil.

Biden tiene más conocimiento de la región de su época como vicepresidente. En el segundo gobierno de Obama, le pide al vicepresidente Joe Biden que se haga cargo de América Latina y viajó varias veces a la región. De hecho, Joe Biden conoce a Cristina Kirchner desde la época en que ambos eran senadores y también se reunieron cuando ella era presidenta de la Argentina y el, vicepresidente de Obama.

Un reciente artículo del Financial Times sostiene que un triunfo de Joe Biden podría representar “un desafío mayor” para América Latina. “Diplomáticos y altos exfuncionarios estadounidenses dijeron que las posiciones de los demócratas sobre comercio, derechos humanos, cambio climático y lucha contra la corrupción podrían resultar incómodas para algunos de los líderes latinoamericanos, que se han acostumbrado a que un presidente estadounidense haga la vista gorda”, sostiene el Financial Times. Esto podría significar un menor margen de maniobra para Bolsonaro o salidas autoritarias como las que se vivieron en Bolivia, Chile o Ecuador. Pero también significaría mayor presión sobre Venezuela con la agenda de los derechos humanos.

Por otro lado, según el Financial Times, en un contexto electoral en Chile, Perú y Ecuador que implicaría potenciales cambios de gobierno en 2021, la presencia de un Alberto Fernández estabilizado en la Casa Rosada podría ser un elemento de ventaja, si es que sabe cómo jugar sus cartas. “En el primer año de un nuevo presidente de EE.UU., Fernández, un izquierdista pragmático, se destaca como uno de los líderes latinoamericanos que pueden beneficiarse de un presidente como Biden”, concluye la columna del FT.

Por su parte, Roberto Rusesll ha señalado a DW en Español que “Con Joe Biden podemos pensar en un cambio en el enfoque. Él ha hablado de ayudar económicamente a los países latinoamericanos e idear planes conjuntos de desarrollo para evitar las migraciones masivas. Estuvo muy involucrado en esta temática cuando fue vicepresidente. También tratará de tener una relación más flexible con Cuba, siguiendo los lineamientos que estableció Barack Obama”.

Escenario n° 3: Incertidumbre institucional en los EEUU

El primer punto a considerar en esta situación altamente probable es el no reconocimiento inicial de la victoria por alguno de los bandos en disputa. El antecedente inmediato de esta situación fueron las elecciones de 2000 cuando la corte suprema de EEUU le dio la victoria a George W Bush en una dudosa interpretación del escrutinio en el estado clave de Florida.

Esta debilidad de legitimidad de origen fue revertida por la actitud militarista tras los atentados en las Torres Gemelas, que desviaron la atención norteamericana de la región en el marco de los procesos de avance popular de comienzos del s XXI que configuraron la “década ganada” para América Latina.

Pero eso es uno de los posibles escenarios ante la incertidumbre institucional respecto de los resultados. Lo cierto es que existen hipótesis de que el 3 de noviembre se abra un período en EEUU de desestabilización por una creciente presión de los sectores que controlan los demócratas como Black Lives Matter y Antifa, si es que Trump se declara vencedor, lo cual se intensificaría si Trump mismo sacara a sus partidarios a las calles.

Hay opiniones encontradas sobre la factibilidad de algunos escenarios, pero parecería haber un cierto consenso de que si el resultado es muy ajustado podría entrarse en una zona de incertidumbre institucional hasta la fecha límite de toma de posesión en enero del 2021.

Las consecuencias sobre nuestra región dependerán en buena medida de cómo se desarrolle esta situación. A pesar de que ciertos analistas piensan que el desorden relativo domésticos daría más margen de acción en la región, lo cierto es que el propio escenario regional está lejos de ser estable y podría ser la oportunidad para acciones de gobiernos autoritarios como el de Brasil o Ecuador.

En términos sistémicos, ni China ni Rusia están interesados en que EEUU se desestabilice.

Para profundizar:

http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari114-2020-malamud-nunez-elecciones-presidenciales-de-estados-unidos-y-america-latina

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