Adiós a la hegemonía

Adiós a la hegemonía

por Fyodor Lukyanov para Russia in Global Affairs

La historia se desarrolla a veces de manera sorprendentemente rítmica, moviéndose a un ritmo mesurado. Podemos contar sus hitos cada diez años desde finales del siglo XX: 1991 — Operación Tormenta del Desierto y el colapso de la URSS; 2001—9 / 11ataques en los EE. UU .; 2011: Primavera Árabe, el asesinato casi ritual de Gadafi; 2021: la confusa retirada de los estadounidenses de Afganistán y el triunfo de los talibanes. Por supuesto, el mundo ha sido testigo de otros eventos importantes durante estos años, pero solo tomamos aquellos que han marcado el comienzo de cambios cualitativos en el orden mundial.

El discurso de Biden el 16 de agosto de 2021, donde comentó las circunstancias que rodearon la finalización de la misión de Estados Unidos en Afganistán, y su declaración del 1 de septiembre debe considerarse un punto de inflexión en la política exterior de Estados Unidos. “Sé que mi decisión será criticada, pero prefiero aceptar todas esas críticas que pasar esta decisión a otro presidente”, dijo Biden, dando a entender que sus tres predecesores no habían dado el paso necesario. Por lo tanto, se enfrentó no solo a Donald Trump (mencionándolo por su nombre), sino también a George W. Bush, e incluso a Barack Obama. Según Biden, Estados Unidos nunca tuvo la intención de participar en la construcción de una nación en Afganistán, pero abordó tareas de seguridad específicas para destruir a los responsables de los ataques terroristas en Estados Unidos, y estas tareas se resolvieron. En cuanto a la construcción de una nación, es una completa mentira, pero es digno de mención cuán ansiosamente Washington está renunciando ahora a los postulados que consideraba fundamentales hace veinte años.

La invasión de Afganistán en 2001 fue un acto de represalia por los ataques terroristas en Nueva York y Washington, pero, sobre todo, fue una operación histórica que significó la disposición de Estados Unidos para transformar por la fuerza el mundo de la manera “correcta”. Este curso no fue creado por George W. Bush, ni siquiera por Bill Clinton, sino por el presidente estadounidense que proclamó la victoria en la Guerra Fría: George H.W. Bush. La primera manifestación del “nuevo orden mundial” fue la Operación Tormenta del Desierto a principios de 1991. La Unión Soviética todavía existía en ese momento, y la intervención terminó con la expulsión de Saddam Hussein de Kuwait, no con un cambio de régimen en Irak, como algunos políticos y militares estadounidenses habían exigido. Con la desintegración de la URSS, no quedaron restricciones externas y Estados Unidos entró en el llamado “momento unipolar”. Le dio a Estados Unidos la capacidad y la posibilidad de hacer lo que quisiera en el escenario mundial. En el sentido político-militar, esto significó la ausencia de competidores equivalentes. Una serie de globos de prueba lanzados con diversos grados de éxito, como acciones militares en Haití, Somalia y Bosnia, culminó con el bombardeo de Yugoslavia. Esto resultó en la desintegración final del “Estado no deseado” y el posterior derrocamiento del régimen inaceptable para Occidente. Esto se hizo sin invasión terrestre, a pesar de que se había discutido en principio. Conceptualmente, la política estadounidense de la era posterior a la Guerra Fría se formuló precisamente en la década de 1990. Su autor principal fue Bill Clinton, conocido en su juventud como pacifista y evasor del servicio militar.

Los ataques del 11 de septiembre le dieron a Estados Unidos las manos libres para hacer cumplir su “enfoque transformacional” (Condoleezza Rice lo describió como la base de la política estadounidense) a escala global.

Crear un mundo democrático seguro para los estadounidenses se había convertido en realidad en el objetivo principal: cuantas más democracias haya, menor será el riesgo para Estados Unidos.

El conjunto de herramientas de instrumentos político-militares que se utilizarán para lograr este objetivo (desde la intervención armada hasta la promoción de formas aprobadas de organización sociopolítica mediante revoluciones de color) se formó en la primera mitad de la década de 2000. Pero ya a mediados de esa década, habían aparecido los primeros signos que indicaban que esta política tenía sus inconvenientes, por decir lo mínimo, y no necesariamente producía los resultados esperados.

La prolongada campaña en Afganistán, los desordenados acontecimientos en Irak, la creciente “resistencia del material” en el espacio postsoviético, la fatal disfunción de Palestina después de las elecciones democráticas impuestas, todo esto debería haber creado conciencia de lo que Biden insinuó en su discurso sobre Afganistán: la necesidad de un cambio radical de política. Sin embargo, ni George W. Bush durante su segundo mandato, ni Barack Obama, ni siquiera el rebelde Trump pudieron hacer esto. La corrección práctica comenzó bajo Bush, Obama trató de comenzar una salida suave de las obligaciones sin cambiar la narrativa, y Trump cambió drásticamente la retórica y desautorizó las políticas anteriores, pero no tuvo tiempo de completar el trabajo.

El desastre de Kabul en agosto de 2021 probablemente podría haberse evitado si Washington hubiera sido más responsable y reflexivo al reducir su presencia en Afganistán. Pero, aparentemente, tenía demasiada confianza en sí mismo y también se veía obstaculizado por las disputas ideológicas y propagandísticas en el país. La percepción de Estados Unidos como un hegemón global incondicional se arraigó tanto en el establishment estadounidense después de la Guerra Fría que su salida provocó una feroz resistencia, aunque muchos entendieron objetivamente que ya no era posible seguir así. En otras palabras, el deseo de camuflar ambiciones decrecientes e imitar su continuidad, y el compromiso de principios con los fundamentos ideológicos no permitieron a Estados Unidos reducir la carga de manera controlada. Como resultado, el mundo entero observó con asombro cómo la situación se convertía en una crisis y caía en el caos, acompañada de acusaciones de traicionar aliados e ideales.

La hegemonía mundial estadounidense de la edición 1991-2021 fue tan impresionante y probablemente sin precedentes en escala que no fue posible una salida suave y gradual de ella.

Este evento iba a estar marcado por algo no menos histórico y simbólico que la caída del Muro de Berlín o los ataques aéreos a las torres gemelas de Nueva York. Las imágenes que capturan el escape del aeropuerto de Kabul, y todo lo que lo acompañó, pasarán a la historia como un epítome del fin de una era. En su discurso, Biden básicamente anunció que Estados Unidos se centraría en sí mismo y sus problemas para garantizar su propia seguridad y luchar contra rivales estratégicos (China y Rusia), pero ya no buscaría cambiar el mundo, es lo que es. Este es un momento aleccionador después de la euforia de finales del siglo XX. Las recaídas son posibles, pero no hay retorno al estado estadounidense anterior.

La retirada de Estados Unidos de Afganistán “se trata de poner fin a una era de importantes operaciones militares para rehacer otros países”, dijo Biden, al anunciar el fin del puente aéreo. El lema “Estados Unidos ha vuelto” que repitió tantas veces durante su campaña presidencial significa, como podemos ver, no un nuevo regreso a la arena mundial, sino un “regreso a casa”. En este sentido, Biden continúa la política de Trump, sin importar cuánto le desagrade. Lo mismo ocurre con el “enfrentamiento entre las grandes potencias” como eje central de las políticas globales y estadounidenses. Este postulado se presenta en documentos doctrinales adoptados bajo Trump, pero no ha sido revisado bajo Biden. Retóricamente, la actual administración de los Estados Unidos concede una importancia cada vez mayor al componente ideológico: la confrontación entre democracia y autocracia. Pero esto se hace más con fines instrumentales para facilitar la formación de bloques y la estructuración de la política mundial. Después de la vergüenza afgana (por decirlo suavemente), esta parte de la “doctrina Biden” palidece hasta la insignificancia.

Independientemente de la retórica que acompañe a las acciones reales, Estados Unidos está cambiando a políticas abiertamente egoístas dirigidas exclusivamente a sí mismo. Hace veinte años, los neoconservadores y neoliberales acérrimos en Washington realmente creían que el establecimiento de la democracia en todo el mundo y la imposición de reglas universales era lo mejor para Estados Unidos. De ahí los planes dementes para construir un “estado democrático moderno” en Afganistán, ahora negado por Joe Biden. Ahora que los sueños se han disipado, solo queda el pragmatismo puro, dejando de lado las reglas. La era de la “posbipolaridad”, que, como entendemos ahora, no fue un período de creación, sino de deconstrucción, contuvo algunas inercias institucionales de la segunda mitad del siglo XX, probablemente el período más ordenado de la historia política mundial. En general, la transición de Estados Unidos a una política egoísta es un cambio positivo, al menos es honesto. Las ficciones sobre la “antorcha de la democracia”, incluso (especialmente) si se creen, solo exacerban el caos. Pero todas las contrapartes estadounidenses en la arena internacional no deben olvidar que Estados Unidos ahora utilizará todos los medios disponibles para lograr sus objetivos, principalmente los domésticos, porque es muy importante para él. Todos los demás deberían estar preparados para esto.


Traducido de Lukyanov, F. A., 2021. Farewell to Hegemony. Russia in Global Affairs, 19(3), pp. 5-8. doi: 10.31278/1810-6374-2021-19-3-5-8.

La América que ya no es prioridad

La América que ya no es prioridad

por Ariadna Dacil Lanza para Panamá

El mundo hasta el 10 de septiembre de 2001 no solo era un lugar donde tres Beatles aún estaban vivos y Oriana Fallaci caminaba las calles de Manhattan, era también un lugar donde “Lula” da Silva ya se había presentado a tres elecciones presidenciales en Brasil pero aún no había triunfado; Fernando de la Rúa tambaleaba pero seguía al frente del gobierno argentino; Álvaro Uribe en Colombia y Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia recién preparaban sus candidaturas presidenciales; a Fidel Castro aún le pegaba el sol de Cuba en la cara; y habían pasado unos meses desde que Hugo Chávez recibió a George Bush -quien había ido por un viaje de pesca- en Miraflores, mientras Bush hijo subía a su primer vuelo internacional como Presidente con destino a México. Era un mundo donde se contabilizaban tres Cumbres de las Américas y se había escrito un borrador preliminar para avanzar en un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA); en tanto la Concertación de Ricardo Lagos gobernaba Chile mientras Pinochet seguía libre bajo fianza; en Perú Alberto Fujimori había cumplido un ciclo y Alejandro Toledo ya estaba en Casa de Pizarro, donde sería anfitrión para la firma de la Carta Democrática Interamerica, y además aún no tenía causas asociadas a Odebrecht, la cual aún no era un símbolo de corrupción. 

Pero más allá de qué hacían los latinoamericanos con su destino, en tanto región “dependiente”, en “desarrollo” o parte “del tercer mundo”, resulta necesario saber cómo era vista, pero cómo era vista esencialmente por la principal potencia global. Jean Paul Sartre dijo que “el infierno son los otros”, no porque las relaciones con los otros esten “envenenadas” sino porque “nos juzgamos con los medios que los demás tienen -nos han dado- para juzgarnos. Diga yo lo que diga acerca de mí, siempre el juicio ajeno entra en ello”. Tomemos esa idea como metáfora para ponderar la mirada del otro, en este caso Estados Unidos (EU), sobre el “nosotros”, América Latina (AL) y volver un poco más explícita la visión y el lugar que le asignó pero exclusivamente en las distintas Estrategias de Seguridad Nacional desde los atentados del 11S. Está claro que no es posible juzgar esa relación únicamente partiendo desde aquí pero es un elemento a considerar.

Hasta ese momento, la última Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) era la que había definido William “Bill” Clinton en el año 2000 donde AL ocupaba un punto extenso. El terrorismo aún no tenía el peso que tomará después, y se atendía el tráfico de drogas con desembolsos por ejemplo para el Plan Colombia. Se destacaban avances en la “restauración de las instituciones democráticas” y se daba una línea de acción para casi todos sus países: en términos políticos por ejemplo se destacaba a Chile, Uruguay, Nicaragua, Guatemala, Ecuador, Paraguay, República Dominicana y México; mientras que en Cuba promoverían “una transición pacífica a la democracia”, manteniendo “la presión sobre el régimen para que haga reformas” y alentando el “surgimiento de una sociedad civil”;. Hablaban de actividades militares “modestas” en la región y en lo económico, continuarían con asociaciones a través del FMI, el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) “para ayudar” a los países en su “transición hacia economías de mercado integradas” y en la “recuperación” de los bancos apoyando los “esfuerzos” por ejemplo de “Brasil y Argentina para reducir su vulnerabilidad los choques externos”, y a Ecuador en su “difícil camino hacia la recuperación” frente a sus altos servicio de deuda. Mientras que en Haití se continuaría con “asistencia humanitaria” y se aseguraba que en “cooperación con la OEA y las instituciones financieras” presionarían “al régimen haitiano” tanto para que vaya a elecciones libres como “para privatizar las industrias de propiedad estatal”. AL era en parte incluida en una visión multilateralista de Clinton, con un G20 en ciernes, pero la prioridad era el ALCA. Desde una visión más general se sostenía que “en algunos países de AL, los ciudadanos no se dan cuenta de todos los beneficios de la liberalización política” y una economía “sin leyes regulatorias”.

El 11S daría un giro relativo a esa mirada que se pasará sobre Oriente dejando en otro plano a la región. Y mientras esa atención declinaba, AL vivía transformaciones sustanciales. Steven Levitsky y Kenneth M. Roberts ubican en la década del 90 el inicio del “resquebrajamiento del consenso neoliberal” y describen algunos factores, tales como la creciente desigualdad hasta el incremento del precio de las commodities, como factores que favorecieron el surgimiento de lo que denominan “gobiernos de izquierda” en la región, aunque no se detienen en la relación de estos países con la principal potencia. Todavía era incipiente ese giro y el Congreso norteamericano aún no había aprobado la Ley Patriótica, Bush publicó su primera Estrategia de Seguridad Nacional (ESN-B). Si Clinton apelaba al multilateralismo y el G20, Bush sintonizará por el unilateralismo y el G7 ampliado con Rusia. Y si el primero reconocía algunos procesos “propios” de los países de la región, desde fenómenos electorales, climáticos o económicos, en el caso de Bush la región es vista principalmente bajo la lógica medios-fines y en el que “todas las naciones tienen responsabilidades importantes” en la cruzada norteamericana contra el terrorismo. La idea de “guerra global” habilitará que cualquier punto de la tierra pueda ser definido como tablero de operaciones y serán conflictos “de duración incierta”. La ESN-B se basaba en un “internacionalismo americano”, donde la idea de “autodefensa” incluye los “ataques preventivos” (ya no disuasivos) principalmente para evitar ofensivas contra EEUU o a “sus aliados y amigos”, con “Armas de Destrucción Masiva” (ADM) -químicas y biológicas-. En suma, si bien se postulaba un “equilibrio de poder” como define Gabriel Merino se apela en verdad a “la supremacía militar y al dominio de región de Medio Oriente para asegurar la posición hegemónica de Estados Unidos en el orden mundial”. Y más en general en palabras de Henry Kissinger: “sólo rara vez han existido sistemas de equilibrio del poder en la historia humana (…) el imperio ha sido la forma habitual de gobierno. Los imperios no tienen ningún interés en operar dentro de un sistema internacional; aspiran a ser ellos el sistema internacional. Los imperios no necesitan un equilibrio del poder. Así es como los EEUU han dirigido su política exterior en América”.

En esta guerra global, si bien se arrogan logros en Afganistán que “ha sido liberado” y dicen que siguen “cazando a los talibanes y al-Qaida” afirmaban que “no es solo este campo de batalla”. Las prioridades tenían más que ver con seguir comprometiendo a los países de la OTAN porque “los atentados del 11 de septiembre también fueron un ataque” a ellos. En tanto China y Rusia no eran vistos como enemigos y de hecho EEUU alentaba su participación en la OMC. El gigante asiático, que era el cuarto socio comercial de EEUU, era clave en la alianza Asia-Pacífico, y no una competencia (“Damos la bienvenida al surgimiento de una China fuerte, pacífica y próspera”). Mientras que el país liderado por Putin era adosado al G7 porque “ya no son adversarios estratégicos”. Sin embargo, Latinoamérica ocupaba un lugar secundario en la lucha contra el terrorismo islámico y solo continuarían haciendo esfuerzos para “aíslar a los terroristas” -en caso de haberlos- dando todas las “herramientas” a los estados “para terminar la tarea”. En la región decían que habían “formado coaliciones flexibles con países” que compartían las “prioridades” de EEUU, entre ellos México, Brasil, Canadá, Chile y Colombia y una prioridad era contar con una “hemisferio verdaderamente democrático”. AL era vista con preocupación en todo caso por actividades también definidas como terroristas pero de otro “tipo” y también por el tráfico de drogas. “Conflictos, especialmente derivado de la violencia de cárteles de la droga” que podrían poner en peligro a EEUU. Por eso, proponían ayudar a las “naciones andinas a ajustar sus economías”, a “derrotar a las organizaciones terroristas” y “cortar el suministro de drogas”. En Colombia, proponían “derrotar a los grupos armados ilegales de izquierda y derecha” para extender la “soberanía”. En el plano militar, se aseguraba que “la presencia de fuerzas estadounidenses en el extranjero es uno de los símbolos más profundos del compromiso de los EEUU con aliados y amigos” y que seguiría requiriendo “bases y estaciones” principalmente en Europa y noreste de Asia sin mención a AL. 

La mirada de EU siguió corrida y de hecho el foco de acciones terroristas fueron lugares como Egipto, Indonesia, Jordania, Marruecos, Rusia, Arabia Saudita, España y UK. En la región, en Argentina, Nestor Kirchner promediaba su mandato, Ecuador ya contaba con el dólar como moneda nacional y con Rafael Correa en la presidencia, Lula en Brasil, Michelle Bachelet en Chile, Tabaré Vázquez en Uruguay y Evo Morales en Bolivia.

En 2006 la adminsitración Bush aggiornó la ESN y arrancó diciendo que “EU está en guerra” y enfrenta un grave desafío: “el aumento del terrorismo alimentado por una ideología agresiva de odio y asesinato plenamente revelada al pueblo estadounidense el 11 de septiembre de 2001”. El diagnóstico es que han dejado a su enemigo “debilitado, pero aún no derrotado”. Afganistán e Irak son los estados que concentran mayor atención, se habla ahora también de tiranías, y aparecen Siria e Irán por ser “aliados del terror” al  “albergar terroristas”. Los acuerdos de no proliferación son otro aspecto de la misma lucha.

El foco sigue lejos de la AL pero cuando se mencionan por un lado los “nuevos avances” se hablaba de las “transferencias pacíficas de poder; crecimiento de los poderes judiciales independientes y del estado de derecho”, además de “mejores prácticas electorales y ampliación de derechos”. Por el lado de los pendientes ubican en Colombia, un aliado democrático en la lucha contra los “persistentes ataques de terroristas marxistas y narcotraficantes”; en Venezuela, apuntan contra lo que llamaban un “demagogo inundado de dinero del petróleo” que  estaba “socavando la democracia” y que buscaba “desestabilizar la región”; en Cuba, definían a Fidel Castro como “un dictador antinorteamericano” que continuaba “oprimiendo a su pueblo” y buscaba “subvertir la libertad en la región”. Ahora bien, a la hora de definir cómo abordar los conflictos en cada región, nombraban tres estrategias -“prevención y resolución de conflictos”; “intervención”; hasta “reconstrucción”- sin definir cuál sería aplicada en cada caso.

Mientras que aún la UNASUR no estaba conformada, en Argentina se había realizado la Cumbre de las Américas en 2005 y se sucedían reuniones entre Kirchner, Lula, Tabaré Vázquez, Nicanor Duarte Frutos y Chávez en la Cumbre del MERCOSUR. La estrategia comercial definida por Bush seguía impulsando iniciativas comerciales regionales y bilaterales: usar los TLC para hacer reformas económicas. El TLC de Centroamérica-República Dominicana” (CAFTA-DR), el cual había sido defendido un año antes por el presidente dominicano Leonel Fernández en la Cumbre de Mar del Plata y que esta ESN-B decía que había sido “buscado durante mucho tiempo”. En relación con Brasil, se pide trabajar en conjunto en tanto empezaba a ser visto como uno de los países que son “motor del crecimiento regional y global”. Toda la región es vista como un área de libre comercio basado en el TLC de América del Norte, el CAFTA-DR y el TLC con Chile, y se buscaba otros con Colombia, Perú, Ecuador y Panamá.

El “hemisferio occidental”, al que hacen equivaler con América, es la “primera línea de defensa de la seguridad” estadounidense porque “si los vecinos más cercanos de EEUU no son seguros y estables, los estadounidenses estarán menos seguros”, y México y Canadá es donde “comienza” la estrategia para el hemisferio. En esta zona el objetivo es tener un continente “democrático” y con “cooperación en materia de seguridad” mientras que “los tiranos (…) pertenecen a una época diferente”. Acá aparece por primera vez la palabra populismo: “No se debe permitir que el atractivo engañoso del populismo contra el libre mercado erosione las libertades políticas y atrape a los más pobres”. En síntesis, cuando repasaban la estrategia global, AL está en otro plano, África era de “importancia geoestratégica creciente” y “una de las principales prioridades de esta Administración”; Oriente Medio “en general sigue atrayendo la atención del mundo”; Europa como aliado con la OTAN como pilar vital de la política exterior de EU; Asia de “gran importancia estratégica” y “persistentes tensiones”, mientras que en menor medida se atendía a Rusia.  

Recién en 2010, dos años después de su victoria, Barack Obama publica su ESN y donde se afirmaba que “el lado oscuro de este mundo globalizado pasó a primer plano para el pueblo estadounidense el 11 de septiembre de 2001”. Allí el “orden internacional impulsado por el liderazgo de los EU” en tanto “única superpotencia” está “cediendo bajo el peso de nuevas amenazas”. La ESN-O no rechaza la idea de una defensa preventiva pero abandona el lenguaje de la “guerra global contra el terrorismo”, y sostiene que EU está en guerra con “un red de violencia y terror” además de insistir en la idea de “renovar el liderazgo” del país. El foco va a seguir en Irak y Afganistán; ahora también en Pakistán -donde recién un año después hallarían a Bin Laden-, además de en Irán por la potencial producción de armas químicas; mientras que la mirada sobre Rusia cambia para ser vista como amenaza por los ciberataques. Israel y Palestina, al igual que en la administración de Bush siempre tiene la atención norteamericana y China aún no ocupaba un lugar de amenaza a pesar de su creciente rol en la región, a lo sumo recibía críticas por algunas políticas restrictivas y descuidos respecto al cambio climático, y es valorada al igual que India. Pero advertían: las relaciones de “EEUU con China, India y Rusia, serán críticas”. El G-8 es visto como sus “socios probados y de larga data” y reaparece el G20, definido como “el principal foro económico internacional global” al representar el 80% del PBI mundial. 

¿Y América Latina? En parte, como dijimos, representada en el G20. Y si la administración Clinton hablaba de la región como la que tenía “las mayores disparidades” porque “el 20% más pobre de las personas” recibía “solo el 4,5% del ingreso total”, Obama enuncia una visión distinta de la región, con otro potencial. Insistimos en que hablamos de las visión o incluso los discursos que se trazaron en la ESN, y en este caso allí se apelaba a los “profundos lazos” y alianzas de la región “fundamentales para los intereses de EEUU”, luego en la misma ESN solo algunos países son definidos como aliados o “centros de influencia emergentes” como por ejemplo el caso de la Argentina, “la bienvenida al liderazgo de Brasil”, también parte del G20 y la Ronda de Doha, a su “éxito macroeconómico” y las medidas para “reducir las brechas socioeconómicas” y se alentaban “los esfuerzos brasileños contra las redes transnacionales ilícitas”. En términos de recursos se lo definía como “guardián de un patrimonio ambiental nacional único y líder en combustibles renovables”, por eso era “un socio importante”. Un año antes en Londres, Obama le había estrechado la mano a Lula diciendo: “amo a este tipo”. México lo ubicaban, al igual que Bush, junto a Canadá porque tienen “un efecto directo en la seguridad de nuestra patria”, además de importancia por el TLCAN, y para “identificar amenazas”. 

En 2015 Obama actualiza su ESN donde vuelven al tema del liderazgo norteamericano: “EU lidera desde una posición de fuerza”. Si bien en los seis años previos se da una reducción de 180 mil soldados de EEUU en Irak y Afganistán a 15 mil, según la misma ESN, se produce el surgimiento de otro actor de peso que vuelve a llevar la atención a Oriente: ISIS. Otro cambio entre las amenazas se da con Cuba, hay “apertura” en la relación bilateral. El neighborhood sigue bajo la misma lupa, se la menciona para hablar del tráfico de drogas en el Mar Caribe, el G20 aunque se insiste ahora ya no con el ALCA sino con la Asociación Transpacífica (TPP) y la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (T-TIP), pero que sigue buscando colocar “a los EEUU en el centro de una zona de libre comercio”. La ESN-O destacaba que en la región los gobiernos lograron que el número de personas de clase media superara el número de personas que viven en la pobreza “por primera vez en la historia” y que son “importantes para el suministro energético”. Pero sigue viendo que las ganancias de la región están en riesgo por las “instituciones débiles” además de “altas tasas de delincuencia” y “tráfico de drogas”. La mejora de los indicadores no es atribuida al “giro a la izquierda” pero tampoco a ninguno en particular salvo al Brasil de Dilma Rousseff a quienes sí le reconocen “logros en la reducción de la pobreza” y “altos estándares de servicios públicos”. Chile, Perú y México son colaboradores en pos de “sistemas comerciales abiertos para incluir TPP.  Derechos humanos, estado de derecho, asociación público-privada, migración eran también parte de la agenda regional.

“Creo que Trump puede ser uno de esos personajes en la historia que aparece de vez en cuando para marcar el final de una era y forzarla a renunciar a sus viejas pretensiones. No necesariamente quiere decir que él sepa esto, o que esté considerando una gran alternativa. Puede que sea sólo un accidente”, dijo Kissinger en una entrevista con el Financial Times justo después de que el norteamericano se reuniera con Putin en Helsinski. Ese final o giro de la historia del que habla KIssinger se expresa también en la ESN de Trump publicada el mismo año de su asunción en 2017 para “preservar la paz a través de la fuerza”. La rivalidad con China y Rusia copa la escena porque “desafían el poder, la influencia y los intereses estadounidenses” y que “están decididos a hacer economías menos libres (…) para hacer crecer sus ejércitos, y para controlar la información y los datos para reprimir sus sociedades”. Dicen que China “roba propiedad intelectual” de EU y que usa inteligencia artificial para “calificar la lealtad de sus ciudadanos”. En otro escalón, Corea del Norte e Irán, dos “dictaduras” ante las que había que construir un “escudo antimisiles”. Se mantiene la tensión también en Medio Oriente con centro en Siria, Irak y Afganistán. 

El desplazamiento de la mirada hacia estos países vuelve a ubicar a AL fuera de la escena principal, más aún si se considera el American First. La idea de “atacar al problema en su origen” aplicará tanto para las migraciones, ciberseguridad, como a los derivados de gobiernos definidos como “enemigos” entre ellos Cuba y Venezuela. Son gobiernos con “modelos autoritarios de izquierda anacrónicos” y por eso si insiste en las presiones sobre ambos. En lo económico, tanto el TLCAN está en la mira en un momento en que Trump postula, en la misma ESN, la construcción de muros fronterizos.

Desde aquel 11S pasaron dos décadas en la que América Latina no fue el centro de la mirada de la principal potencia global y eso se observa en una multiplicidad de factores, entre ellos también las ESN. Qué hicimos los latinoamericanos con eso es otra pregunta que corresponderá ser respondida a partir de estudios múltiples. Sartre aseguraba que “existe cantidad de gente en el mundo que está en el infierno, porque depende demasiado del juicio ajeno” y agregaba que “no quiere decir en absoluto que no se puedan tener otras relaciones con los demás, sólo señala la capital importancia de todos los demás para cada uno de nosotros”. Porque necesitamos de los otros, necesitamos saber cómo nos ven, y necesitamos también hacer algo con eso.

Los líderes del mundo mejor valorados son los proponen un Estado presente frente a la pandemia

Los líderes del mundo mejor valorados son los proponen un Estado presente frente a la pandemia

En un mundo en el cual la política está fuertemente personalizada, los discursos de los líderes mundiales tienen un peso específico considerable sobre la formación de la opinión pública. Sus intervenciones se dan además en el marco de una vertiginosa y dramática cantidad de datos y discursos que emanan de distintas fuentes, a veces de dudosa autoridad. Sin embargo, no siempre los líderes buscan aportar claridad sino que contribuyen a generar una mayor confusión informativa. Tomando en cuenta este escenario, el estudio “La Argentina ante un mundo en pandemia” seleccionó un set de cuatro políticos globales para evaluar qué grado de conocimiento y cómo estos son percibidos en el Área Metropolitana de Buenos Aires en medio de la pandemia. Se trata de un intento por medir el impacto de la matriz comunicacional que ataca las políticas sanitarias de cuidado.

Este reciente estudio impulsado por el Observatorio del Sur Global en conjunto con la consultora Analogías, indaga específicamente sobre la imagen de cuatro líderes mundiales; Vladimir Putin, Donald Trump, Jair Bolsonaro y Joe Biden, a la luz de sus intervenciones y acciones para paliar los efectos del Covid19 en sus respectivos países, pero que tienen, a su vez, efectos sobre otros puntos del globo.

En la valoración que manifestaron los encuestados sobre los cuatro líderes es determinante el modo en que estos se han posicionado ante la situación de doble crisis sanitaria y económica derivada de la pandemia. En términos generales se percibe una valoración positiva entre los consultados con respecto a la imagen de aquellos líderes que han enunciado un discurso orientado a un Estado fuerte en políticas de cuidado y reactivación económica frente a la pandemia, y una tendencia contraria entre quienes desalentaron ese tipo de medidas.

Puntualmente, la valoración de los cuatro líderes es destacada en los casos de Joe Biden y Putin, contrariamente a la estimación negativa de Bolsonaro y Trump. Así, quien goza de mejor imagen es Biden, que a pesar de tener un conocimiento menor, cuenta con una evaluación muy positiva del 71,3%. En gran medida se explica por contraposición a Trump y por la trascendencia del paquete de reactivación económica que impulsa quien es hoy el 46° presidente de Estados Unidos. Por su parte, Vladimir Putin también logra que esta valoración sea superior a las consideraciones negativas, ya que el 57,7% de los encuestados tiene una opinión positiva sobre el líder ruso. Los índices a favor de Putin sin dudas son coincidentes con la percepción positiva de la colaboración de la Federación Rusa en el suministro de la Vacuna Sptunik V y el posterior acuerdo para su fabricación en el país.

Mientras tanto, Bolsonaro y Trump, dos presidentes que asumieron discursos contrarios a las principales medidas de cuidado durante la pandemia -como el uso de máscaras, el distanciamiento y aislamiento social, o incluso respecto a la vacunación-, y avanzaron con posiciones críticas respecto a la intervención del Estado como actor clave para paliar sus efectos, superan las evaluaciones negativas por sobre la positiva. En primer lugar se ubica el presidente de Brasil con un 75.5% de imagen negativa y luego el expresidente norteamericano con 72,7%.

En términos de nivel de conocimiento de los cuatro líderes, los encuestados manifestaron conocer más al expresidente norteamericano Donald Trump, quien tras cuatro años de mandato en los Estados Unidos, es muy conocido por los consultados (86,8%). A Trump lo secunda de muy cerca el actual presidente de Brasil, Jair Mesía Bolsonaro, quien es ampliamente conocido (84,1%) por los encuestados. En tercer lugar se ubica el presidente de Rusia, Vladimir Putin (71,4%), y luego, en la última posición, está el presidente estadounidense, Joe Biden (62,7%), que si bien tiene presencia en la escena pública por ocupado cargos -desde Senador hasta la vicepresidencia de Barack Obama- su mayor grado de exposición se dio a partir de su asunción el pasado 20 de enero.

En todos los casos, como es habitual, los niveles de conocimiento crecen entre los encuestados de mayor nivel de instrucción y tendencialmente entre los más jóvenes. También hay un leve incremento del conocimiento entre hombres por sobre las mujeres y entre quienes viven en la Ciudad de Buenos Aires por sobre la provincia. Más precisamente, de la encuesta se desprende que los cuatro líderes tienen un nivel mayor de conocimiento entre los hombres consultados que entre las mujeres (de 5 a 8 puntos porcentuales de diferencia según el caso); más entre los jóvenes que entre los adultos mayores (entre 14 y 20 puntos porcentuales de diferencia); son más conocidos por los universitarios que por los que tienen primario completo (entre 20 y 30 puntos porcentuales de diferencia); y en términos territoriales, son más conocidos en la CABA que en el GBA (entre 5 y 14 puntos porcentuales de distancia).

En síntesis, la matriz comunicacional que ataca las políticas sanitarias de cuidado es una tendencia mundial y es el sustento de la derecha política. En Argentina se manifiesta es instigada por poderes económicos concentrados y articulada con una ingente prédica en determinados medios de comunicación, atentando abiertamente contra los esfuerzos por contener los efectos de la pandemia. Sin embargo, a partir de este estudio, se observa que la mayor parte de los consultados tienen una valoración positiva de aquellos líderes que sí han alentado políticas de cuidado frente a los que las han desalentado desde el primer momento. Es posible concluir que los consultados no necesariamente han asumido esa matriz informativa por completo y persiste un sentido crítico a la comunicación que ha buscado el descrédito a las vacunas, la insistencia con el malestar lógico que generan las medidas de aislamiento, la no utilización de barbijos, hasta la promoción de noticias falsas sobre aspectos sensibles buscaron mellar la confianza sobre las medidas sanitarias.

Mirada Multipolar | El mundo que quiere Biden se parece mucho al de Trump

Mirada Multipolar | El mundo que quiere Biden se parece mucho al de Trump

por Sebastian Tapia

Los presidentes estadounidenses suelen presentar al comienzo de su mandato una Estrategia de Seguridad Nacional, donde plantean cómo ven al mundo y qué papel creen que Estados Unidos debe tener en él. Joseph Biden acaba de publicar la suya, la cual compararemos con la de Trump, en busca de diferencias y similaridades.

La ruptura de Trump

La Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno de Trump fue publicada en diciembre del 2017. Rompe con las estrategias anteriores, en tanto no considera al terrorismo internacional o al cambio climático como grandes amenazas, sino que se enfoca en la “Competencia Estratégica” con China y Rusia, en primera instancia, e Irán y Corea del Norte, en segunda.

Da por terminada la era de la Guerra contra el Terrorismo y abre la de la Competencia Estratégica. Ya no se reconocen una serie de amenazas globales que ponen en peligro a toda la “comunidad internacional”, sino que se identifican algunos actores de esta comunidad como amenazas en sí. También fija el concepto de “America First” (Estados Unidos Primero) como criterio ordenador de todas las acciones a realizar en política exterior.

La estrategia se sustenta en cuatro pilares:

  • Proteger al pueblo estadounidense, la patria y el estilo de vida estadounidense
  • Promover la prosperidad estadounidense
  • Mantener la paz por la fuerza
  • Aumentar la influencia estadounidense

Todo esto aplicado a 6 regiones en las que se divide el globo:

  • Indo-pacífico
  • Europa
  • Medio Oriente
  • Asia Central y del Sur
  • Hemisferio Occidental
  • África

En sí el documento es bastante completo, de 68 páginas, donde se entra en detalle sobre estos “pilares” . Se definen los objetivos a cumplir y se proponen acciones específicas a realizar para lograr dichos objetivo.

La estrategia de Biden

A poco más de un mes de mandato, Joe Biden publicó su propia Estrategia de Seguridad Nacional. Parece ser un esfuerzo por diferenciarse rápidamente de su antecesor, pues lleva el nombre de “Provisional” y no cuenta con el nivel de detalle de la anterior.
Por empezar, es un documento más pequeño y más simple, de 24 páginas, compuesto por una introducción, un Panorama de la Seguridad Global, las Prioridades en Seguridad Nacional y una conclusión.

A diferencia del documento anterior, el lenguaje es propagandístico y lleno de promesas indefinidas. Parece un documento de la campaña electoral más que un documento de trabajo gubernamental.

Diferencias

En el documento se nota una clara visión ideologizada del mundo. Comienza por dividirlo en dos grandes bloques, los autocráticos y los democráticos:

“Hay quienes sostienen que, dados todos los desafíos que enfrentamos, la autocracia es el mejor camino a seguir. Y hay quienes entienden que la democracia es esencial para enfrentar todos los desafíos de nuestro mundo cambiante. “

Rápidamente ubica a Estados Unidos en el bando democrático y trata de separarse de cualquier descrédito surgido por las dudosas elecciones – el 35% de los estadounidenses no cree que hayan sido limpias:

“Ahora debemos demostrar, con una claridad que disipe cualquier duda, que la democracia aún puede ser beneficiosa para nuestra gente y para la gente de todo el mundo. Debemos demostrar que nuestro modelo no es una reliquia de la historia;”

En este Panorama de la Seguridad Global que pinta Biden, las democracias no están pasando su mejor momento:

“Las democracias de todo el mundo, incluida la nuestra, están cada vez más sitiadas. Las sociedades libres han sido desafiadas desde adentro por la corrupción, la desigualdad, la polarización, el populismo y las amenazas antiliberales al estado de derecho. (…) Las naciones democráticas también son desafiadas cada vez más desde el exterior por poderes autoritarios antagónicos.”

Y esta mala situación en la que se encuentran las democracias hacen dudar de todo el sistema internacional establecido en el orden de posguerra. A diferencia del gobierno de Trump, pero igual a como hacía Obama, vuelve a incluir una serie de amenazas globales que  afectan a todo el mundo:

“Las fallas y las desigualdades del sistema se han vuelto evidentes, y el estancamiento y la rivalidad interestatal han hecho que muchos en todo el mundo, incluidos muchos estadounidenses, cuestionen su pertinencia continua. (…) podemos modernizar la arquitectura de la cooperación internacional para los desafíos de este siglo, desde las ciberamenazas hasta el cambio climático, la corrupción y el autoritarismo digital. “

Y sobre estas amenazas sostiene:

“Esto requiere que enfrentemos desafíos no solo de las grandes potencias y adversarios regionales, sino también de los extremistas y actores no estatales violentos y criminales, y de amenazas como el cambio climático, las enfermedades infecciosas, los ciberataques y la desinformación que no respetan fronteras nacionales. ” 

Hay un mayor interés en recurrir a la diplomacia antes que a lo militar. De acuerdo a la estrategia:

“Tomaremos decisiones inteligentes y disciplinadas con respecto a nuestra defensa nacional y el uso responsable de nuestras fuerzas armadas, al tiempo que elevaremos la diplomacia como nuestra herramienta de primer recurso.”

Aunque esta prioridad puede revertirse si lo amerita el caso:Estados Unidos nunca dudará en usar la fuerza cuando sea necesario para defender nuestros intereses nacionales vitales.

Lo que ya se  ve en un retorno al ámbito multilateral, con el regreso al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización Mundial de la Salud y el Acuerdo de París. Este retorno, a la vez, es incentivado para no dejar espacios que pueda aprovechar el bando contrario, el de los autócratas:

“También es fundamental que estas instituciones sigan reflejando los valores, aspiraciones y normas universales que han sustentado el sistema de la ONU desde su fundación hace 75 años, en lugar de una agenda autoritaria.

En definitiva, hay una división del mundo por motivos ideológicos (democráticos vs. autocráticos), se reconocen amenazas comunes a todos los Estados y se hará un esfuerzo mayor por favorecer la diplomacia y los ámbitos multilaterales.

Similaridades

Hay algo en que ambas estrategias están de acuerdo, la necesidad de mejorar la relación con los socios y aliados, en especial la OTAN. Como hemos visto anteriormente, el gobierno de Trump exigió un aporte mayor a los socios de la OTAN para el mantenimiento de la organización, creando fuerte descontento y cierto alejamiento de los aliados. El choque entre los intereses de los aliados y los propios estadounidenses, se resolvía bajo el principio de “America First”.

Biden reafirma la necesidad de mejorar la relación con todos sus aliados, aunque todavía no explica de qué manera volverá a ganar su confianza:

Por eso reafirmaremos, invertiremos y modernizaremos la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y nuestras alianzas con Australia, Japón y la República de Corea.

Identifica tres grandes regiones que concentran los intereses más profundos de Estados Unidos: Al hacerlo, reconoceremos que nuestros intereses nacionales vitales imponen la conexión más profunda con el Indo-Pacífico, Europa y el hemisferio occidental. y nombra a sus principales socios en esas regiones: Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam, la Unión Europea, el Reino Unido, Canadá y México.

Para África no hay más que frases vacías y generales, sin identificar socios ni enemigos, como si la situación fuera toda igual en un continente de 54 países.

Pero hay un aliado especial al cual no abandonará, igual que hizo Trump y los presidentes anteriores, que es Israel:

Mantendremos nuestro firme compromiso con la seguridad de Israel, mientras buscamos promover su integración con sus vecinos y reanudaremos nuestro papel como promotores de una solución viable de dos Estados.

Es muy difícil que promuevan la integración de Israel con sus vecinos mientras le permita bombardear a su vecina Siria, a quien la provee de petróleo y a la vecina Palestina. Es difícil que Estados Unidos siga promoviendo la solución de dos Estados, cuando buscó imponerla sin acuerdo entre las partes mediante el Acuerdo del Siglo de Trump y reconoció el derecho de Israel de ocupar más territorio palestino. Nada dice esta estrategia de cómo enfrentará esta situación, más que siguiendo el apoyo a Israel.

En cuanto a los enemigos, mantiene inalterada la identificación de la administración Trump:

“La distribución del poder en todo el mundo está cambiando, creando nuevas amenazas. China, en particular, se ha vuelto rápidamente más asertiva. Es el único competidor potencialmente capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para montar un desafío sostenido a un sistema internacional estable y abierto. Rusia sigue decidida a mejorar su influencia global y desempeñar un papel disruptivo en el escenario mundial. Tanto Beijing como Moscú han invertido mucho en esfuerzos destinados a controlar las fortalezas de Estados Unidos y evitar que defendamos nuestros intereses y aliados en todo el mundo. Los actores regionales como Irán y Corea del Norte continúan buscando capacidades y tecnologías que cambien el juego, mientras amenazan a los aliados y socios de EE. UU. Y desafían la estabilidad regional.”

No hay ninguna diferencia con lo planteado por Trump. China y Rusia son los principales adversarios, Irán y Corea del Norte son enemigos de carácter regional.

Si bien Rusia no aparece como el gran enemigo en el documento, es de esperar que pronto aumente la tensión en sus fronteras. En especial en Ucrania, donde el gobierno está movilizando armamento pesado a la frontera con sus provincias rebeldes de Donetsk y Lugansk. Cabe recordar la historia del hijo de Biden en Ucrania y que Vicotria Nuland, que en 2014 se encargó de amparar el golpe de Estado contra Viktor Yanukovich que terminó con la secesión de Crimea y de estas provincias, pronto será subsecretaria de Estado para asuntos políticos. Todo parece sugerir que la política de Contención seguirá vigente para Rusia, como lo fue en el gobierno de Trump y durante la Guerra Fría.

Pero a diferencia del gobierno de Obama, que realizó un tardío “pivot al Pacífico”, Biden retoma la confrontación con China que comenzó con Trump. Reconoce que China es su gran competidor que ha perdido espacio en ámbitos multilaterales a manos de este país:

La forma más efectiva para que Estados Unidos supere a una China más asertiva y autoritaria a largo plazo es invertir en nuestra gente, nuestra economía y nuestra democracia. Al restaurar la credibilidad de Estados Unidos y reafirmar el liderazgo global con visión de futuro, nos aseguraremos de que Estados Unidos, no China, establezca la agenda internacional, trabajando junto a otros para dar forma a nuevas normas y acuerdos globales que promuevan nuestros intereses y reflejen nuestros valores. Al reforzar y defender nuestra red incomparable de aliados y socios, y al realizar inversiones de defensa inteligentes, también disuadiremos la agresión china y contrarrestaremos las amenazas a nuestra seguridad colectiva, prosperidad y forma de vida democrática.

Esta política de contención de China, iniciada por Bush jr. y reinstaurada por Trump, se basa en el establecimiento de una red de países con intereses enfrentados a China. Los socios elegidos para ese plan son Australia, India y Japón, que con Estados Unidos conforman el Quad.

El presidente Biden incluso ha llevado esta competencia al ámbito del COVID-19. Para contrarrestar la “diplomacia de vacunas” con la que China y Rusia están promoviendo sus productos sanitarios en gran cantidad de países, EEUU acordó con los países del Quad el financiamiento de una campaña de donación de vacunas para los países del sudeste asiático.

Conclusión

El gobierno de Joseph Biden, en su Estrategia Provisional de Seguridad Nacional, muestra que no tiene grandes diferencias con su antecesor, Donald Trump. La competencia estratégica con China y Rusia sigue en pie, Irán y Corea del Norte siguen siendo “amenazas” a la seguridad estadounidense. Tal vez lo más preocupante es la incorporación de una división ideológica, entre demócratas y autócratas, que puede asemejar más el escenario a uno de una nueva Guerra Fría.

Si bien la estrategia parece favorecer la diplomacia, las alianzas y el multilateralismo por sobre la utilización de fuerza militar, esto está supeditado a la protección de los intereses nacionales estadounidenses en cualquier parte del mundo. Por lo tanto, no es más que otro ejercicio de gatopardismo. Cambiar la estrategia para seguir la misma estrategia.

Mirada Multipolar | Cierre electoral para los Estados ¿Unidos?

Mirada Multipolar | Cierre electoral para los Estados ¿Unidos?

por Sebastián Tapia

A más de un mes de las elecciones presidenciales estadounidenses, todavía no hay un ganador reconocido por todos. Si bien la gran mayoría de los medios estadounidenses y gran parte de los países que mantienen relación con los Estados Unidos han reconocido a Joseph Biden como el ganador de las elecciones de Noviembre, Donald Trump todavía no ha concedido la derrota y continúa con sus recursos legales para desconocer el resultado oficial. El sistema político estadounidense trata de dejar esto atrás y volver a la normalidad, pero una buena parte de la sociedad estadounidense se rehúsa a aceptar a Biden como presidente.

La Corte se abstiene

La gran apuesta de Trump para invalidar los resultados en los estados en los cuales supone que hubo fraude – Georgia, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin – era una demanda presentada por el fiscal general de Texas ante la Corte Suprema de los Estados Unidos. La misma no se enfocaba en actos fraudulentos durante la elección, sino en el cambio de reglas electorales aprobados por estos estados antes de las elecciones presidenciales.

Esta demanda fue apoyada por otros 17 estados. Todos ellos con fiscales generales republicanos, y 14 de los 17 con gobernadores republicanos: Alabama, Arkansas, Carolina del Sur, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Florida, Indiana, Kansas, Luisiana, Mississippi, Misuri, Montana, Nebraska, Oklahoma, Tennessee, Utah y Virginia Occidental. El presidente Trump y 128 diputados republicanos pidieron ser parte de la demanda también.

https://twitter.com/realdonaldtrump/status/1336668083822473221

Pero la Corte fue rápida para acabar con las esperanzas de Trump. En el fallo que dieron el viernes 11 de Diciembre dicen que “Texas no ha demostrado un interés judicialmente reconocible sobre la manera en que otros estados llevaron a cabo las elecciones. El resto de mociones son rechazadas como irrelevantes”. Es decir, que la Corte Suprema reconoce la independencia de cada estado al momento en que establece sus propias reglas electorales y no ve cómo Texas se ve damnificada por las decisiones tomadas en esos estados.

Es interesante notar que el fallo de la Corte para no aceptar la demanda fue unánime. Tanto los jueces liberales como los conservadores, incluidos los tres nombrados por Trump, coincidieron plenamente. La votación real fue 7-2, ya que Clarence Thomas y Samuel Alito, consideraron que habría que escuchar el caso – pero que de ninguna manera afectarían el resultado de las elecciones.

Al día siguiente, otro tribunal federal falló en contra de la campaña de Trump que pedía anular votos en dos condados de Wisconsin. El tribunal no puso en cuestionamiento si hubo o no fraude, sino que no podría aplicarse una medida así a sólo dos condados y no al resto del estado.

Se reúne el Colegio Electoral

Estos fueron los últimos intentos judiciales para alterar el resultado de las elecciones antes del lunes 14 de Diciembre, día en el que se reúne el Colegio Electoral. La reunión no se da en un único lugar, sino que los delegados electorales de cada estado se reúnen y envían planillas con sus votos al Congreso de los Estados Unidos, que luego los recuenta y acepta.

En 32 estados y en el Distrito de Columbia, los electores están obligados a elegir al candidato que ganó en su correspondiente territorio. En cambio, en otros estados los electores son libres de cambiar su voto. Sin embargo, esto no es muy frecuente. Se espera que se refleje el resultado calculado hasta ahora de 306 votos para Biden y 232 para Trump.

Sin embargo, a Trump todavía le queda un as bajo la manga. Está buscando conformar un consejo investigativo sobre el fraude en las elecciones, que pueda presentar su informe antes del 6 de Enero, cuando el Congreso apruebe el resultado del Colegio Electoral. No está claro si el resultado de esa investigación podrá ser aceptado por la Corte Suprema y efectivamente altere el nombramiento de un nuevo presidente. Pero además del fraude, Trump también busca investigar las actividades económicas de Hunter Biden, el hijo de Joe Biden.

Efectivamente esa última carta puede no tener que ver con el resultado electoral, sino con el de embarrar la cancha del próximo presidente estadounidense. No sólo dejar a gran parte del electorado cuestionando su triunfo y su legalidad, sino también cuestionando la fortuna personal de la familia Biden. El plan B parece ser liderar la oposición durante estos cuatro años y regresar a la Casa Blanca en 2024.

¿Llamados a la secesión?

El clima político continúa enrareciéndose a medida que pasan los días sin resolver la transición presidencial. El sábado 11 de Diciembre, hubo enfrentamientos en Washington DC entre quienes marcharon apoyando a Donald Trump y grupos que protestaron en contra, tanto miembros de Antifa como de Black Lives Matter. Esto a pesar que la policía trató de mantener separados ambos grupos.

Pero si bien la presencia en las calles es esperable en estos momentos y posiblemente disminuya con el tiempo, algunos personajes están preparando un escenario más difícil para el año que viene.

El presidente del Partido Republicano de Texas, Allen West, terminó su protesta ante el fallo de la Corte Suprema con la frase “tal vez los estados que cumplimos la ley deberíamos juntarnos y crear una Unión de Estados que cumpla con la Constitución”.

Muchos han visto en esa frase un llamado a reconstruir la Confederación de los estados del Sur o un nuevo llamado a la secesión. Tampoco es el único que ve la disolución de los Estados Unidos como una solución a la división de la sociedad norteamericana. El locutor de radio y comentarista político conservador, Rush Limbaugh, comentó en su programa de radio que cree que EEUU va hacia la secesión porque “No puede haber coexistencia pacífica entre dos teorías completamente diferentes sobre la vida, el gobierno y el cómo manejamos nuestras cosas”.

Otros suponen una reacción a menor escala. El congresista estatal de Texas, Kyle Biedermann, propone realizar un referéndum para que Texas obtenga su independencia del resto de la Unión. Una especie de Brexit texano.

 

Que le espera al próximo presidente

El 20 de enero de 2021 asumirá la presidencia el próximo presidente estadounidense. Ya prácticamente no quedan dudas que será Joe Biden quien jure ante la Biblia para aceptar el cargo. Pero no tendrá un escenario fácil de manejar.

En lo interno se verá con el desafío de validar su mandato. Según una encuesta de NPR y PBS, el 76% de los republicanos y el 33% de los independientes no aceptan el resultado de las elecciones del 2020. Le será muy difícil a Biden obtener un amplio acatamiento de sus propuestas, en especial con respecto a la lucha contra el COVID cuando sólo el 60% desea vacunarse y el 51% acataría la obligación de quedarse en casa. Incluso a pesar que la enfermedad ya mató a más ciudadanos estadounidenses que las pérdidas que sufrió en combate en la Segunda Guerra Mundial.

Esto es si los republicanos no toman medidas más fuertes, como un llamado a la rebeldía fiscal. Es poco probable que los llamados a la secesión logren desembocar en una guerra civil, pero la tendencia hacia la militarización de la política estadounidense puede llevar a un 2021 con un alto nivel de violencia política.

En lo externo, EEUU se ve en una competencia comercial con China y con Europa. Tratando de mantener a la OTAN a flote, mientras busca contener a Rusia y China a la vez. Y para colmo, involucrado en un Medio Oriente a punto de estallar.

Lo que queda claro para propios y ajenos al sistema político estadounidense, es que su imagen como modelo de democracia quedó destruida tras estas elecciones. Biden deberá trabajar sin el apoyo de ese capital político-ideológico. Al fin y al cabo, como dijo Daniel Ortega: “¿Con qué autoridad andan reclamando en otros países que tiene que haber unas elecciones democráticas?”

Mirada Multipolar | La guerra que le falta a Trump, la quiera o no

Mirada Multipolar | La guerra que le falta a Trump, la quiera o no

Uno de los grandes logros que Donald Trump presentó en su campaña para la reelección fue el no haber iniciado una nueva guerra. Todos los presidentes estadounidenses llevan bajo su mandato alguna nueva acción militar, pero Trump sólo se dedicó a continuar las de sus predecesores. Tampoco es que hizo mucho por darle fin a esos conflictos, tan sólo logró reducir la cantidad de tropas desplegadas en esos escenarios. Sin embargo, en los últimos meses de su mandato esto podría cambiar.

Negociar con el que viene

Si bien todavía no está completamente definido el ganador de las elecciones presidenciales estadounidenses del 3 de Noviembre, una buena parte de otros estados han reconocido a Joe Biden como ganador. Trump asegura que respetará la decisión del Colegio Electoral  en Diciembre y ya comenzó el proceso de traspaso de mando, aunque legalmente continúen las causas para revisar los resultados en algunos estados de la Unión.

Irán es uno de esos estados que no solo festejó la derrota de Trump, sino que está deseoso de comenzar a negociar con Biden un regreso a la situación pre-Trump.

“Si la próxima administración de EEUU tiene voluntad política, a mi parecer se podrá resolver la cuestión con facilidad. Irán y EEUU pueden tomar la decisión de volver a la situación que teníamos antes del 20 de enero de 2017 [fecha de la toma de posesión de Trump]. Esto podría resolver muchas cuestiones”, declaró el presidente iraní Hasán Rohaní.

El principal tema para negociar entre ambos países es el retorno de Estados Unidos al Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC o Acuerdo Nuclar de Irán). El acuerdo levanta las sanciones económicas a Irán, a cambio de mantener un stock mínimo de material nuclear y controles frecuentes de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA). De esta manera, se garantiza que el programa nuclear iraní sea solo de naturaleza pacífica y no pueda desarrollar una bomba atómica.

El gobierno de Trump consideró que el PAIC firmado por Obama en 2015, junto a China, Francia, Rusia, Reino Unido, Alemania? y la Unión Europea, no era el camino a seguir. Por eso denunció el tratado en 2018. A pesar de la salida de Estados Unidos, Irán siguió cumpliendo los términos del tratado durante un año más. En 2019 anunció que iría aumentando su stock nuclear lentamente, pues no creía que debía seguir cumpliendo el acuerdo si las otras partes no lo hacían.

En el trascurso del año, Irán no sólo ha aumentado su stock de material nuclear, sino que ha mejorado la cantidad y calidad de las centrifugadoras que utiliza para refinar el uranio. Sin embargo, no ha alcanzado el nivel de refinamiento necesario para armas nucleares, ni cuenta con una cantidad suficiente.

Joe Biden ha declarado que está dispuesto a volver al PAIC, para poder usarlo como excusa si Irán decide seguir sin acatar el acuerdo. No es extraño que quiera salvar uno de los pocos triunfos de la administración Obama en política exterior.

Envenenar el pozo

El New York Times sostiene que, a mediados de Noviembre, Donald Trump discutió con sus asesores principales diferentes maneras de atacar los sitios de desarrollo del programa iraní. El objetivo principal sería la planta de Natanz, donde se encuentran las centrífugas y es el principal centro de investigación.

Un ataque militar con misiles o aviones, similar al que realizó Israel a la central nuclear de Osirak en Irak en 1981, fue descartado de plano para evitar aumentar la tensión en la región. Otra opción sería la de un ataque cibernético, como el realizado en 2010 a partir del virus Stuxnet que luego se filtró a la internet y causó daños colaterales. Aunque las defensas cibernéticas de Irán han crecido mucho en este tiempo y actualmente puede defenderse de este tipo de ataques.

Al parecer, Trump fue convencido de que un ataque directo contra Irán no es lo mejor, por ahora. De todas maneras, una acción militar breve contra Irán, o un ataque sigiloso cibernético, sería suficiente para minar la confianza de Irán en el próximo presidente estadounidense y así garantizar que Estados Unidos no vuelva al PAIC. Pero esto también podría desbordarse en una guerra regional.

Con o sin Trump

Quienes parecen estar convencidos que una acción militar estadounidense contra Irán es inminente, son los israelíes. No sólo por los comentarios generados por la reunión comentada anteriormente, sino también por el movimiento de aviones bombarderos estratégicos B-52 de Dakota del Norte  al Medio Oriente.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, está aún más dispuesto que Trump a no permitir el retorno de EEUU al PAIC. En un acto reciente, le advirtió a Joe Biden que “no regrese al acuerdo nuclear”. Al igual que en el caso de Irak en 1981, Israel considera una amenaza a su existencia el desarrollo de un programa nuclear en Irán y está tomando acciones unilaterales para frenarlo.

Israel ya se encuentra en una guerra no declarada contra Irán. Con frecuencia suele bombardear objetivos de milicias iraníes en Siria, mientras que éstas se encuentran allí ayudando al gobierno de Damasco en su lucha contra el terrorismo. Esta semana hubo dos bombardeos, el 18 y el 25 de Noviembre.

Además de los bombardeos, esta semana sucedió otro evento que podría desembocar en acciones militares directas.

Frenar el programa nuclear a la fuerza

El 28 de Noviembre, un grupo terrorista interceptó el vehículo en el que viajaba el científico nuclear irani, Mohsen Fajrizadé. El mismo resultó herido cuando su escolta se enfrentó con los terroristas y terminó muriendo en el hospital donde lo trataban.

Fajrizadé dirigió la producción del primer kit de prueba, de fabricación iraní, para el diagnóstico del COVID-19. También creó una buena infraestructura de defensa antinuclear trabajando para la Organización de Investigación e Innovación Defensiva del Ministerio de Defensa de Irán. El presidente israelí lo identificó en un discurso en 2018 como el director del proyecto armamentístico nuclear del país persa, lo que siempre fue negado por Teherán.

El gobierno iraní sostiene que el atentado fue organizado por Israel y Estados Unidos, por lo que el embajador en la ONU, Majid Takht Ravanchi, escribió una carta al Secretario General y al Consejo de Seguridad pidiendo que se condenen estas acciones.

No es extraño que consideren a Israel como principal perpetrador, ya que en 2010 y 2012 hubo una serie de cuatro asesinatos de científicos iraníes ligados al programa nuclear en los que la participación israelí fue parcialmente admitida.

¿Habrá venganza?

La reacción internacional ha sido principalmente contraria a la utilización de asesinatos selectivos. La relatora especial de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para Ejecuciones Extrajudiciales, Agnes Callamard, condenó el asesinato como una violación a los derechos humanos. También la Unión Europea lo considera una violación a los derechos humanos, pero llama a las partes a no aumentar la tensión en la región.

El líder de la Revolución Islámica, el Ayatollah Seyyed Ali Jamenei, remarcó la necesidad de castigar a los perpetradores del crimen y continuar con la labor que había comenzado el científico. 

Es difícil predecir en qué manera las autoridades iraníes planearán su represalia. Es poco probable que lo hagan con un ataque directo, ya que saben que están siendo tentados a desestabilizar la región mientras Trump sigue en el gobierno para justificar una nueva guerra. Por otro lado, el 3 de Enero,  dos semanas antes de la asunción de Joe Biden, se cumple un año del asesinato del General Soleimani por parte de fuerzas estadounidenses. Israel, por las dudas, ya está preparando sus embajadas y asentamientos contra posibles atentados. ¿Se quedará Trump sin reaccionar en caso de un ataque a Israel o a sus territorios ocupados? ¿Podrá Trump terminar su mandato sin una nueva guerra? Tal vez la respuesta quede en manos del Colegio electoral.

 

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Mirada Multipolar | El fin de la democracia como marca registrada

Mirada Multipolar | El fin de la democracia como marca registrada

por Sebastián Tapia

Hay eventos que son de repercusión mundial porque marcan los finales de ciclos. La elección presidencial estadounidense de esta semana es uno de estos eventos, no porque anuncie el final de la Era Trump sino porque da por terminada una etapa de 70 años de liderazgo político-cultural estadounidense. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial y comenzar la Guerra Fría, el liderazgo estadounidense se resumía en automóviles, Hollywood, la OTAN y la “mejor democracia del mundo”. Sin embargo, esto ya no es más así.

La pérdida de influencia

El ascenso de China como nuevo hegemón mundial es un hecho inevitable a esta altura y la decadencia estadounidense no deja de sumar indicadores. Estados Unidos ya no es el principal productor de automóviles, China produce unos 23 millones frente a los 10 millones estadounidenses, ni el principal exportador, sus viejos enemigos de la Guerra – Alemania y Japón – lo superan ampliamente. Cuando Detroit dejó de ser el centro del aparato productivo estadounidense, la producción e innovación se concentró en los bienes de consumo y, en especial, los de alta tecnología (computadoras, celulares, etc.). Sin embargo, hace rato que ese mercado es dominado por la producción china, si bien las patentes y los diseños en su mayoría son estadounidenses.

Hollywood sigue siendo la principal herramienta de soft power norteamericana, pero la digitalización del mercado audiovisual permite el ingreso de producciones de todas partes del mundo, diluyendo su poder de influencia. Además, ya no es la principal productora de films, siendo más que triplicada en cantidad de films por la industria india: Bollywood. Por otro lado, China e India cuentan con más salas y espectadores que Estados Unidos, pero generan una ganancia menor.

El poderío militar estadounidense sigue siendo el mayor del mundo, tanto en presupuesto, como en unidades, como en gran parte de la tecnología.  Sin embargo, el sistema de alianzas militares estadounidenses, y en especial la OTAN, ha sido puesto en crisis por la administración Trump.

Su último bien exportable

Pero para una generación criada viendo los dibujos animados de G.I. Joe o las películas de Rambo, había una constante en la política internacional que era la utilización del poder militar estadounidense para la reposición de la Democracia. Es decir, si algún tirano ponía en peligro los derechos individuales, uno contaba con que una invasión estadounidense restauraría el orden natural de las cosas. Y ese orden natural no podía ser otra cosa que la democracia liberal capitalista, el sistema vencedor de la Guerra Fría. Nos contaron que eso sucedió en Granada (1983), en Panamá (1989) y en Irak (1990). Pero claro, eso nos contaron las cadenas de noticias estadounidenses.

Con el fin de la Guerra Fría llegó una nueva oleada democrática a los países de Europa Oriental y Asia, mientras que los latinoamericanos consolidaban los procesos democráticos de la década anterior. Pero para entonces ya no se contaba con la alternativa del bloque socialista, el espejo ante el cual mirarse y arreglarse ya no estaba. La única alternativa, tal como decía Margaret Thatcher, era el neoliberalismo.

Ese neoliberalismo, al cual Dugin¹ define como totalitario – pues no permite alternativa alguna, fue el modelo preferido para exportar por parte de Estados Unidos al resto del mundo. Su propio país se alzaba como ejemplo ante el mundo, como una “brillante ciudad sobre la colina” según Ronald Reagan. El éxito económico de la globalización y el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información ponían a Estados Unidos como el ejemplo a seguir, como el único modelo para todas las sociedades. Tanto fue así que ya no necesitaba el apoyo local de la población ni autorización alguna de Naciones Unidas para imponer su modelo a otras culturas y pueblos. Y así fueron “democratizados” Serbia, Afganistán, Irak (otra vez), Libia, Somalia, Yemen y Siria.

Sin embargo, actualmente este ejemplo se ha desvanecido. Económicamente sigue siendo una de las principales potencias, pero ya no tiene el liderazgo ni el nivel productivo de antes. China ha tomado su lugar económicamente, pero Estados Unidos siempre contó con la “superioridad” de su democracia ante el “autoritarismo” chino para sustentar su posición de liderazgo internacional.

Perder la ventaja

Las elecciones presidenciales de 2020 mostraron que esta ciudad en la colina no era tan brillante. Es el fin de un largo proceso de desmantelamiento del poder popular estadounidense, para su concentración en las corporaciones económicas, sumado a la desestabilización política en sustitución a la negociación política.

Este desmantelamiento es de larga data. La utilización de la Guerra contra las Drogas para desactivar las organizaciones sociales de resistencia o la Guerra contra el Terrorismo, con su famosa “Patriot Act” permitiendo espiar cualquier actividad que cuestione el accionar del gobierno, fueron erosionando la capacidad de presentar alternativas políticas al mainstream de los partidos Demócrata y Republicano. Por otro lado, el cabildeo o lobbying, tan propio de la cultura anglosajona, fue llevado a nuevos niveles con el fallo de la Corte Suprema en 2010 que reconoce el derecho de las empresas estadounidenses de aportar dinero a las campañas políticas sin límites, como si fueran individuos.

La irrupción de Donald Trump en la arena política en 2016 generó una nueva ruptura en la sociedad estadounidense, entre aquellos que buscaban mantener el viejo orden político neoliberal – que se había establecido con Reagan y Bush padre, florecido con la globalización de los Clinton, consolidado por la fuerza de Bush Jr. y refrescado bajo Obama – y aquellos que buscaban “drenar el pantano de Washington” y “hacer a Estados Unidos grandes otra vez”.

El conflicto entre estos bandos, digamos entre globalistas y soberanistas, dejó al descubierto el lado oscuro del mundo político estadounidense que no cabía ya en las reglas acordadas de la democracia neoliberal. Ya no era una lucha en el continuo “izquierda-derecha” dentro del mismo neoliberalismo, sino que se afectaban intereses intra e inter partidarios con miradas diferentes sobre cómo organizar su sociedad y el mundo.  El diálogo político fue dejando paso a maniobras constantes, reñidas con la legalidad y las costumbres políticas. El ejemplo más claro de eso fueron los dos procesos de juicio político contra Trump, el Russiagate y el Ukraniagate, cuyo objetivo no era la remoción del presidente como un castigo por haber violado una ley, sino la destrucción de la imagen presidencial. Los demócratas sabían que no contaban con los votos para el impeachment, sin embargo el proceso permitió horadar la imagen de Trump durante los cuatro años de gobierno.

La idea de que la influencia rusa en las elecciones de 2016 permitió el acceso de Trump a la Casa Blanca, todavía sin poder comprobarse, terminó por destruir la confianza en el sistema democrático estadounidense, ya en decadencia desde las elecciones del año 2000. La sociedad estadounidense fue cerrándose en dos campos diferentes, desconectados entre sí, y adoptando acciones violentas por fuera del sistema político social. Ejemplo de esto es el enfrentamiento entre milicias ciudadanas y protestantes durante los desmanes por las protestas por la violencia policial en Kenosha.

El resultado real de la elección será determinado más adelante, cuando se reúna el Colegio Electoral y nombre el nuevo presidente a mediados de Diciembre. Mientras tanto, cada uno de estos campos avanza por carriles diferentes: el campo de Trump continúa con las acciones legales, las denuncias de fraude y espera llegar a la Corte Suprema para decidir. No está mal recordar que el reciente nombramiento de Amy Coney Barrett en esta corte favorece a una mayoría de jueces conservadores ¿Pero serán también Trumpistas?. El campo de Biden, por otro lado, ya se declara ganador, desmiente la posibilidad de fraude y niega cualquier influencia extranjera – no como en 2016 – y cuenta con el apoyo de todos los grandes medios de comunicación y redes sociales para establecer esto como un hecho consumado.

Poco importa si las elecciones fueron limpias, como dice la Comisión Federal Electoral, los errores de conteo fueron involuntarios y la diferencia se debió a la gran cantidad de votos por correo, o si es todo un plan parte de una guerra híbrida para derrocar a Trump e impedir su reelección. Lo que deja en claro la elección es que Estados Unidos ha perdido su autopercibida superioridad moral para decidir qué gobiernos son efectivamente democráticos y cuáles no.

Pero deberá pasar algún tiempo hasta que el gobierno estadounidense se dé cuenta de este cambio. El mismo día en que la Democracia ejemplar no podía definir su nuevo presidente y comenzaban las denuncias de fraude electoral, desde el Departamento de Estado exigían que los líderes políticos de Costa de Marfil se apeguen a la Ley tras las elecciones del 31 de Octubre.

Otras elecciones

El peso de Estados Unidos en los organismos internacionales hace imposible la crítica a su proceso electoral. La OEA el año pasado presentó un informe instalando la idea de fraude en las elecciones de Bolivia, que luego llevó a un golpe de Estado contra el presidente Evo Morales, basándose en la diferencia en los votos ingresados al conteo electrónico. Esto es, a pesar de existir una diferencia de más del 10% entre los candidatos. En el caso de Estados Unidos, con los mismo problemas en el conteo y una diferencia menor entre los candidatos, la OEA no vio “ninguna irregularidad”.

El senado estadounidense ya decidió que las elecciones en Diciembre en Venezuela no son democráticas, en conjunto con la decisión del ejecutivo de seguir apoyando al autonombrado presidente, Juan Guaidó. Queda ver si el resto del mundo acompañará esta afirmación si en Venezuela transcurre una jornada electoral sin sobresaltos y todos los participantes aceptan el resultado. Lo que sería, de por sí, un comportamiento más democrático que lo visto en norteamérica.

La necesidad de rediscutir el concepto de democracia

En las vísperas de la recuperación de la democracia boliviana tras el breve y cruel período autoritario de Añez, es bueno recordar que comienzos del siglo XXI, cuando se abrieron paso y llegaron al gobierno experiencias populares en el Cono Sur como las de Chávez, Correa, Evo Morales o Néstor Kirchner, las usinas de pensamiento hegemónico encendieron las alarmas de preocupación por la democracia. Se trataba de procesos que efectivamente desplegaron, con muchos más aciertos que errores, importantes innovaciones institucionales y políticas para ampliar los estrechos márgenes de la democracia neoliberal y reponer la legitimidad en el sistema político de sectores históricamente excluidos.

Las impugnaciones a estas experiencias en nombre de la “verdadera” democracia, se canalizaron mayoritariamente a través del quiebre de la institucionalidad y una vez que llegaron al gobierno desplegaron experiencias esencialmente antipopulares y represivas, como se ha visto en Bolivia, Ecuador y Brasil. Más allá de la orientación claramente autoritaria de los liderazgos y sectores sociales que sostuvieron ese repliegue democrático en el Cono Sur, la experiencia norteamericana viene a recordarnos que el modelo mismo está fallado.

La exclusividad del modelo de democracia neoliberal ya no puede sostenerse, y es de esperar que la no aceptación de los resultados por parte del trumpismo la vuelvan imposible en el propio escenario norteamericano. El consenso sobre las reglas de juego de la democracia neoliberal, que también afecta a Europa, se quebró junto con el quiebre en la propia sociedad norteamericana en distintos niveles: no solamente el quiebre entre “los de arriba” y “los de abajo”, acrecentado tras la crisis de 2008, sino el quiebre en el seno del establishment del cual Trump es finalmente un emergente. 

Ante este escenario de crisis, quizás se abra en el mundo una adaptación multipolar al concepto de democracia. China se presenta comienza a delinear una fuerte alternativa ideológica, política y económica. Su modelo de “Socialismo con características chinas” no es exportable porque está adaptado a la sociedad china, pero su éxito económico y su estabilidad política contrastan con el caos interno que presentan los Estados Unidos. En paralelo al cierre de las campañas demócrata y republicana, el Partido Comunista Chino publicó su plan para el 14° Plan Quinquenal, continuando un proceso de planificación económica iniciado en 1953.

Estabilidad política, brillante futuro económico y una democracia de base seguida por un sistema de ascenso meritocrático es, en pocas palabras, lo que el Partido Comunista Chino ofrece.

Rusia, por otro lado, ha hecho grandes avances para mejorar la transparencia de su proceso político. Tras las elecciones parlamentarias de 2011, cuestionadas por la oposición como fraudulentas, a pesar de duplicar sus curules a expensas del partido de gobierno, el gobierno decidió mejorar las condiciones para las presidenciales de 2012. Instaló urnas transparentes y cámaras de video en todos los centros de votación, accesibles a todo ciudadano por internet. Sin embargo, las acusaciones de fraude siguen siendo comunes desde la prensa y los gobiernos exteriores, no así en su justicia electoral.

Desde el punto de vista ideológico, Rusia sostiene un modelo democrático capitalista, pero no basado en la globalización neoliberal, sino en la inviolabilidad de las soberanías nacionales. A pesar de su diferencia con el el modelo chino, ambos coinciden más en cómo organizar el próximo orden mundial multipolar que con lo propuesto por Estados Unidos. Y es aquí donde la última ventaja que tenía Estados Unidos, su carácter democrático, dejó de ser incuestionable.

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Elecciones en Estados Unidos | Perspectivas y escenarios para la región

Elecciones en Estados Unidos | Perspectivas y escenarios para la región

EEUU atraviesa una profunda crisis estructural y de proyecto de la cual el propio Trump es un emergente. En cierta forma, representa la llegada al gobierno de una fracción del poder económico refractario a la expansión sin precedentes de las cadenas globales de valor en el marco de la globalización financiera, que tras los efectos de la crisis de 2008 logró representar a vastos sectores de la clase media y trabajadores.

En el plano internacional Trump representó una ruptura con los espacios del multilateralismo neoliberal propios del estilo demócrata de Obama, pero también con la lógica hegemonista bélica que había caracterizado a George W. Bush tras los atentados a las Torres Gemelas.

En política internacional intentó redefinir los marcos comerciales heredados para revertir parcialmente la extranjerización de algunos eslabones de las cadenas globales de producción de capital norteamericano, buscando repatriarlos. Como nunca antes, señaló a China como el principal enemigo y protagonizó la llamada “guerra comercial” que se expandió a otros campos que van desde la actividad aeroespacial a las telecomunicaciones.

La política refractaria a las cadenas globales de valor y su retórica anti globalista le valió el enfrentamiento hostil de los sectores hegemónicos del capital y la gran prensa norteamericana, que amplificaron la dimensión cultural de las críticas de los sectores progresistas a sus expresiones autoritarias. A ello le sumaron el boicot a cualquier intento de atacar la arquitectura de integración económica internacional construida desde 1991 a la fecha.

Su llegada al gobierno conectó con un ciclo de recuperación económica que favoreció con medidas procíclicas, centralmente de inyección de liquidez a través de la baja de tasas y recorte de impuestos a los ricos. Esta bonanza económica, y su estilo de outsider del establishment de ambos partidos, así como su retórica de polarización, ayudó a disimular su conducción errática de la administración y lo puso en razonables expectativas de reelección.

Todo eso hasta que llegó 2020 y el COVID. En ese marco se produjeron 3 procesos que comprometen seriamente sus posibilidades:

  • un errático y deficiente manejo sanitario de la pandemia, en principio negando la gravedad de la enfermedad aunque después se viera forzado a cambiar de actitud.
  • el desplome de la economía durante el primer semestre, que implicó el desembolso de más del 13,2% del PBI en estímulos económicos
  • la explosión de las tensiones raciales tras el asesinato de Goerge Floyd y la irrupción del movimiento “Black Lives Matter”

Estos tres elementos configuran un escenario altamente impredecible tanto en relación al resultado de las elecciones -aunque las encuestas indican una ventaja de Biden de entre 6 y 8 puntos-, como en relación a las propias condiciones de recepción y aceptación de los mismos.

Las innovaciones en el sistema de votación, como la elevada cantidad de voto por correo producto de la situación de pandemia, en un escenario con denuncias cruzadas de fraude y un clima de fuerte polarización social, pueden significar tensiones e inestabilidad institucional si las diferencias son reducidas tanto en favor de uno o de otro candidato.

De hecho, todo indica que en materia de escrutinio oficial, el martes 3 no habrá resultados concluyentes, sino proyecciones en base a los primeros recuentos y las encuestas de boca de urna.

Escenarios para la región y nuestro país

En primer lugar, cabe subrayar que, más allá de quien gane, la política norteamericana de asegurarse su zona de influencia ante la creciente presencia de China en la región, que hoy es el principal socio comercial de todos los países latinoamericanos, no cambiará. Así las cosas, cualquiera sea el resultado, EEUU protegerá sus presencia militar en la región y los intereses de sus empresas, así como buscará asegurarse el acceso y control de los recursos naturales. En ese camino, buscará horadar cualquier proyecto que intente reflotar una política regional autónoma como la que existió en el período 2003-2015.

Sin embargo, más allá de los intereses permanentes, lo cierto es que tras la caída del ALCA en 2005 que fue el último proyecto integral para la región, la política exterior norteamericana se centró en temas concretos.

Un dato no menor es que Donald Trump hizo una sola visita a la región durante su mandato: viajó a Buenos Aires con motivo de la cumbre del G-20 en 2018. En contraste, Barack Obama hizo 15 viajes a distintos países latinoamericanos, incluido Cuba, y George W. Bush visitó la región 18 veces. Su agenda hacia la región como presidente se centró en la seguridad, con temas como migraciones y narcotráfico, que en realidad inciden en la política interna del país.

Escenario n°1: Victoria de Trump

En un reciente artículo en la revista Foreign Affairs denominado “El orden Post Americano”, Kori Schake sostiene que un triunfo de Trump acelerará la ruptura del orden forjado tras la caída del bloque soviético, impulsando a las potencias que compiten con EEUU a fortalecer esquemas de alianzas que terminarán aislando a la potencia norteamericana.

Este nuevo “orden post americano”  podría significar, entre otros fenómenos, la aceleración del declive de la hegemonía financiera norteamericana y el cuestionamiento del dólar como divisa internacional. Esto podría expresarse, según Schake en la creación de un “petro-yuan”, para la comercialización de petróleo esquivando al dólar o en el desarrollo por parte de India y Rusia de sistemas de pago que eviten la zona del dólar.

Lo cierto es que las tensiones entre las potencias y la recomposición de una multipolaridad potencialmente conflictiva va más allá del resultado electoral y responde a causas estructurales. Por lo tanto, lo que cambiará, de triunfar Biden, es el modo en que estas tensiones se administrarán, en diálogo permanente con un clima de política doméstica pos pandemia, atravesado por tensiones sociales y políticas que difícilmente mejore sustancialmente en los primeros años.  

Trump apoya un modelo que permite que se proteja el comercio e industrias locales al no apoyar la globalización. Argentina tendrá más aire para rechazar el acuerdo con la UE que golpea la industria local.

Avanzará en la ruptura con las organizaciones de la ONU, con distintos efectos. La OMC perdería protagonismo, por lo que se podrían utilizar políticas arancelarias de protección por parte de EEUU hoy cuestionadas. Al EEUU denunciar a la OMC alentaría a que los demás países, entre ellos la Argentina, también hicieran lo mismo.

El diseño global con el que comulga Trump es de regiones, por lo que las políticas regionales, como puede ser el Mercosur, si bien seguramente no sean alentadas exclusivamente, tampoco serían atacadas y pueden ser una respuesta ante el avance chino al fortalecer a los Estados regionales.

De la mano de un segundo mandato de Trump se puede esperar la continuidad de una política de “aprietes”, como en el caso de México con los aranceles, y dura hacia Cuba, y de relativa irrelevancia de América del Sur, salvo en situaciones específicas que afecten sus intereses

Así las cosas, América Latina seguiría siendo zona de influencia política de EEUU, ya que ni China ni Rusia tienen intenciones de disputar políticamente, aunque China ya es el principal socio comercial de todos los países de la región. Aún así, a pesar de las limitaciones a la injerencia china, seguramente se avalará la comercialización de granos y otras commodities con China, siempre y cuando no intenten acceder a cuestiones estratégicas que en Argentina podrían ser el litio, el Atlántico Sur, y el sector militar.

Las prioridades para la política exterior de Trump hacia la región son México, Perú, y Colombia. El primero porque es su frontera sur y sirve de contención a los migrantes de América Central y Caribe, mientras que Perú y Colombia, (y eventualmente Venezuela) porque trazan el límite sur de EEUU, su zona de seguridad es considerada por América Central y Caribe. Perú es un pivote hacia el pacífico y eje del grupo de Lima, mientras que Colombia es trascendente para el control del tráfico de drogas y para el asedio militar y contención de Venezuela.

Argentina y Brasil no son prioridad geopolítica junto al resto del subcontinente suramericano, aunque un triunfo de Trump reforzaría la alianza con el gobierno de Bolsonario y las fuerzas armadas brasileñas como elemento de contrapeso a la reactivación de los procesos populares en marcha en Argentina (gobierno de los Fernández), Bolivia (triunfo del MAS en octubre de 2020), Chile (en camino a una Convención Constituyente tras los contundentes resultados del referéndum de octubre) y probablemente Ecuador (con la recomposición del proyecto correísta de cara a 2021). 

Una cuestión a definir es la actitud que tomaría Trump hacia Venezuela de lograr la reelección. Hay que recordar el apoyo decidido al gobierno paralelo de Guaidó y el bloqueo de las empresas venezolanas en el exterior y confiscación de sus activos. Un triunfo de Trump probablemente significaría el intento de reactivar el aislamiento del gobierno de Maduro y la retórica de “línea dura” alentada por el lobby de Miami, aunque es probable que el apoyo hacia Guaidó se desplace hacia Leopoldo López, recientemente exiliado en Europa.

En cualquier caso, es esperable que se profundice la línea dura hacia Venezuela, Cuba y Nicaragua, aunque esto no signifique necesariamente una injerencia abierta. Puede profundizar el bloqueo y buscar mantener a Venezuela en una crisis crónica y asfixiante.

En relación a la economía global post pandemia, cuyos resultados se esperan sean profundos, más allá del eventual efecto “rebote” tras la brutal caída de 2020, el estilo reactivo de Trump hacia las cadenas globales de valor puede significar un margen mayor de autonomía para la Argentina y los países periféricos en su conjunto.

Sin embargo, la gran incógnita estará en el manejo del flujo financiero, que implica por un lado una mayor laxitud de los organismos financieros internacionales como el FMI producto de dos factores: por un lado el manejo “puramente político” que ha hecho Trump del organismo (recordemos la vulneración total de sus estatutos para garantizar un financiamiento récord a Mauricio Macri por considerarlo un objetivo político), y por otro de la propia necesidad de limitar el margen de maniobra de la ortodoxia clásica monetarista ante la necesidad de políticas expansivas en la pospandemia.

Un tema polémico donde no hay una sola visión es qué sucederá con la burbuja financiera en la propia economía norteamericana. Para algunos analistas, pasadas las elecciones, la brutal inyección de cerca del 13% del PBI en 2020 podría llevar tarde o temprano, a un estallido en función del aceleramiento de la crisis por la pandemia y el impago que podría producirse en hipotecas y quiebras de empresas. Es posible que esto lo veamos con mayor crudeza luego de las elecciones presidenciales, porque Trump ha venido inyectando enormes cantidades de dólares a la economía para sostener el precio alto en la bolsa, algo que se preveía que iba a hacer hasta por lo menos las elecciones.

Escenario n°2: Gana Biden

El proyecto de Biden es retomar la senda hegemónica norteamericana, superando la faceta reactiva de Trump. Habrá que ver si es bajo la forma del progresismo neoliberal de Obama o de la versión neoconservadora de Bush.

En principio, lo que haría sería relanzar la globalización de la mano de los TLC, impulsar nuevamente las políticas de apertura y librecambio, y buscar aumentar el protagonismo de los organismos internacionales bajo su control, como la ONU y las organizaciones que dependen de la misma.

Es de esperarse que Biden impulse el soft power norteamericano a partir de un “copamiento corporativo” de la agenda de nuevas demandas como la cuestión medioambiental, los derechos de las minorías, la agenda de género, las cuestiones étnicas, entre otras, para conformar nuevas barreras para-arancelarias y expandir su prédica anti desarrollo.

Ahora bien, el tradicional objetivo de apertura comercial e “integración al mundo” como proveedores de materias primas propio de la prédica globalista hacia los países periféricos deberá enfrentarse con la nueva realidad de una omnipresencia China en la región y en el mundo. Es de esperar que en ese escenario se relancen estrategias comerciales para “cercar” a China o revertir parcialmente su influencia como el TPP.

Sobre la presencia de China y Rusia, la posición sería parecida a la de Trump, aunque dependerá de cuándo decidan iniciar una ofensiva contra China en la que nos veríamos involucrados porque el modelo capitalista chino no está bajo su control y debe ser readecuado para el modelo globalista financiero. Rusia será el primer damnificado en esta situación ya que es el eslabón más débil.

Biden tiene más conocimiento de la región de su época como vicepresidente. En el segundo gobierno de Obama, le pide al vicepresidente Joe Biden que se haga cargo de América Latina y viajó varias veces a la región. De hecho, Joe Biden conoce a Cristina Kirchner desde la época en que ambos eran senadores y también se reunieron cuando ella era presidenta de la Argentina y el, vicepresidente de Obama.

Un reciente artículo del Financial Times sostiene que un triunfo de Joe Biden podría representar “un desafío mayor” para América Latina. “Diplomáticos y altos exfuncionarios estadounidenses dijeron que las posiciones de los demócratas sobre comercio, derechos humanos, cambio climático y lucha contra la corrupción podrían resultar incómodas para algunos de los líderes latinoamericanos, que se han acostumbrado a que un presidente estadounidense haga la vista gorda”, sostiene el Financial Times. Esto podría significar un menor margen de maniobra para Bolsonaro o salidas autoritarias como las que se vivieron en Bolivia, Chile o Ecuador. Pero también significaría mayor presión sobre Venezuela con la agenda de los derechos humanos.

Por otro lado, según el Financial Times, en un contexto electoral en Chile, Perú y Ecuador que implicaría potenciales cambios de gobierno en 2021, la presencia de un Alberto Fernández estabilizado en la Casa Rosada podría ser un elemento de ventaja, si es que sabe cómo jugar sus cartas. “En el primer año de un nuevo presidente de EE.UU., Fernández, un izquierdista pragmático, se destaca como uno de los líderes latinoamericanos que pueden beneficiarse de un presidente como Biden”, concluye la columna del FT.

Por su parte, Roberto Rusesll ha señalado a DW en Español que “Con Joe Biden podemos pensar en un cambio en el enfoque. Él ha hablado de ayudar económicamente a los países latinoamericanos e idear planes conjuntos de desarrollo para evitar las migraciones masivas. Estuvo muy involucrado en esta temática cuando fue vicepresidente. También tratará de tener una relación más flexible con Cuba, siguiendo los lineamientos que estableció Barack Obama”.

Escenario n° 3: Incertidumbre institucional en los EEUU

El primer punto a considerar en esta situación altamente probable es el no reconocimiento inicial de la victoria por alguno de los bandos en disputa. El antecedente inmediato de esta situación fueron las elecciones de 2000 cuando la corte suprema de EEUU le dio la victoria a George W Bush en una dudosa interpretación del escrutinio en el estado clave de Florida.

Esta debilidad de legitimidad de origen fue revertida por la actitud militarista tras los atentados en las Torres Gemelas, que desviaron la atención norteamericana de la región en el marco de los procesos de avance popular de comienzos del s XXI que configuraron la “década ganada” para América Latina.

Pero eso es uno de los posibles escenarios ante la incertidumbre institucional respecto de los resultados. Lo cierto es que existen hipótesis de que el 3 de noviembre se abra un período en EEUU de desestabilización por una creciente presión de los sectores que controlan los demócratas como Black Lives Matter y Antifa, si es que Trump se declara vencedor, lo cual se intensificaría si Trump mismo sacara a sus partidarios a las calles.

Hay opiniones encontradas sobre la factibilidad de algunos escenarios, pero parecería haber un cierto consenso de que si el resultado es muy ajustado podría entrarse en una zona de incertidumbre institucional hasta la fecha límite de toma de posesión en enero del 2021.

Las consecuencias sobre nuestra región dependerán en buena medida de cómo se desarrolle esta situación. A pesar de que ciertos analistas piensan que el desorden relativo domésticos daría más margen de acción en la región, lo cierto es que el propio escenario regional está lejos de ser estable y podría ser la oportunidad para acciones de gobiernos autoritarios como el de Brasil o Ecuador.

En términos sistémicos, ni China ni Rusia están interesados en que EEUU se desestabilice.

Para profundizar:

http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano_es/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari114-2020-malamud-nunez-elecciones-presidenciales-de-estados-unidos-y-america-latina

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Elecciones en Estados Unidos | En la recta final

Elecciones en Estados Unidos | En la recta final

Son dos días los que faltan para que este largo camino empiece a llegar a su fin, esperemos sin complicaciones, con la elección del 46° presidente de los Estados Unidos.

El pasado 22 de octubre se celebró el último debate presidencial en el estado de Tennesse, con reglas más estrictas que el último. Recordemos que el primer debate se caracterizó por las repetidas interrupciones y por el poco abordaje de los temas acordados a debatir, lo que generó malestar en la audiencia y en la opinión pública norteamericana. Este comportamiento, sumado al posterior COVID-19 positivo del presidente Donald Trump, llevó a diferencias sobre cómo se debería celebrar el segundo debate previsto en Florida, que terminó por suspenderse.

Para el último debate, la Comisión de Debates Presidenciales optó por poner más restricciones a la dinámica del encuentro. Cada candidato tendría dos minutos para brindar su opinión y hablar de sus propuestas en los temas ya prestablecidos: COVID-19, racismo, cambio climático, seguridad nacional, liderazgo y “familias americanas”. Cuando uno de ellos este hablando, al otro se le apagaría el micrófono para asegurar el mejor desempeño que se espera en una última instancia entre ambos candidatos.

Cambios en la Corte Suprema

Pero hay algo aún más relevante que podría entorpecer el desempeño de Biden en caso de asumir como presidente y endurecer las políticas conservadoras de Trump si es reelecto.

Estamos hablando de nada más, ni nada menos, que la designación de Amy Coney Barrette como magistrada de la Corte Suprema de Justicia. Fue electa en el Senado de los Estados Unidos con 52 votos a favor (contra 48 votos negativos) y es conocida por ser del ala conservadora de la política estadounidense.

Aunque en las audiencias para su confirmación como jueza en la cámara alta declaró que nunca pondría sus intereses personales por encima de la ley, sus detractores la cuestionan por su conservadurismo. Siendo ella profundamente católica, suponen que podría llevar a la Corte a a fallar contra derecho al aborto.  También un vuelco en temas referidos a la pena de muerte o a la Ley de Cuidados de Salud Asequibles (Obamacare).

Su desempeño todavía no puede darse por sentado y es una gran incógnita que preocupa a gran parte de la población más progresista mientras que tranquiliza a los partidarios de Trump y del Partido Republicano.

Panorama electoral

Como ya dijimos, intentar predecir el resultado de estas elecciones es algo muy difícil debido al sistema de votación que tiene el país (indirecto mediante un Colegio Electoral) y en una coyuntura tan particular como la actual. Pero algunos datos nos podrían dar un panorama, por lo menos, mínimamente esperable.

Por un lado, Joe Biden recientemente prometió la aprobación de la conocida “Ley de Igualdad” respecto a derechos lgbtq+ como una prioridad máxima, impulsándola en los primeros 100 días de gobierno para intentar convocar al sector más progresista de la sociedad.

Los resultados de las últimas encuestas no dejan clara la situación, aunque apuntan a una ventaja de Biden en el voto popular.

Maris College pone a Biden arriba con un 51% mientras que a Trump debajo con un 47% en los probables votantes en Florida. Definido como un “swing state” este porcentaje es mínimo y no definiría la victoria de Biden por encima de Trump, sabiendo que el último tiene un gran apoyo de los votantes hispanos que son un gran número en este estado. De hecho, Trafalgar Group le otorga 50% a Trump y 47% a Biden.

En otros estados como Texas las encuestas de la University of Massachusetts predicen un 48% (+1) a Trump y un 47% a Biden. Si bien parece poca diferencia para un estado tradicionalmente republicano, la University of Houston le da un 50% a Trump y un 45% a Biden. 

Mientras que votantes a nivel nacional la nueva encuesta de CNBC/Hart Research/Public Opinion Strategies deja a Biden con 51% (+11%) y a Trump con 40%. La de  CNN/SSRS: Biden 54% (+12%) y Trump 42%. Otras dan una menor diferencia: Rasmussen Reports pronostica Biden 49% (+3%) Trump 46% e IBD/TIPP predice Biden 51% (+6%) Trump 45%.

Histórica participación ciudadana

Lo que ha dejado este largo camino que mencionábamos al principio, transitado por la crisis económica y sanitaria del Covid-19 junto a las protestas contra la brutalidad policial, es la gran participación política que está teniendo la sociedad norteamericana.

23 millones de personas han votado a lo largo del país de manera presencial, mientras que otros 47 millones eligieron el voto por ausencia (por correo). En total, esto genera casi 70 millones de votos por anticipado, un 50,4% del total escrutado en 2016.

Este voto por correo es puesto en duda por el mismo gobierno de Donald Trump, sugiriendo que podría ser adulterado. Tras las elecciones, el conteo de este tipo de voto será el terreno de disputa entre los partidos demócrata y republicano.

Se espera que para el martes que viene el número de votantes aumente significativamente a 90 o 100 millones de personas más.

Datos a tener en cuenta

  • Hay en juego 538 miembros del Colegio Electoral, para ganar un candidato necesita un mínimo de 270.
  • En caso de empate, la Cámara de Representantes (cámara baja) definiría la elección.
  • Los estados cuentan con un sistema de mayoría “winner-takes-all”: el candidato que más votos obtiene en un estado se lleva toda la cantidad de electores en juego. Exceptuando Maine y Nebraska que utilizan un sistema de votos proporcional.
  • También se van a renovar los 435 miembros de la Cámara de Representantes y 35 miembros del Senado (1/3).
  • En algunos estados se votan autoridades estatales y locales.
  • Representando un 13,3% del total del electorado, los/as latinos/as son primera vez la minoría más importante del país teniendo aproximadamente 32 millones de personas con derecho a voto según Pew Research Center.

El verdadero significado de la elección estadounidense

El verdadero significado de la elección estadounidense

por Eric Posner para Project Sydicate

La elección del próximo mes en Estados Unidos no es sobre una agenda política, ni siquiera sobre el presidente Donald Trump. Es sobre el sistema constitucional estadounidense. No porque la elección pueda poner fin a ese sistema. Aunque Trump tiene un carácter autoritario y admira a dictadores como el presidente ruso Vladimir Putin, incluso ganando la reelección es improbable que se convierta en un autócrata. Pero lo que está en cuestión en Estados Unidos es el papel del gobierno nacional en la vida del país.

El trumpismo es sólo la última de una serie de oleadas populistas surgidas del malestar contra las élites políticas de Washington, consideradas egoístas y exentas de control. Es una historia que en realidad empezó antes de la fundación de Washington. La revolución de las trece colonias fue contra unas élites londinenses lejanas y egoístas, y poco después se desató una gran controversia respecto del poder del gobierno nacional. Los críticos sostenían que la nueva constitución propuesta iba a crear una élite gobernante nacional, y que eso debilitaría la soberanía por la que habían luchado las excolonias devenidas estados. Los partidarios de la Constitución prevalecieron, pero el tiempo dio la razón a los críticos. No tardaron en surgir movimientos populistas contra lo que se veía como un gobierno elitista. Fue así que en 1800 la democracia jeffersoniana reemplazó a las élites del Partido Federalista, y en 1829 la democracia jacksoniana reemplazó a las élites jeffersonianas. Más allá de las muchas diferencias entre la democracia jeffersoniana y la jacksoniana, ambas se basaban en la idea de que las élites que lideraron la revolución no habían cumplido la promesa de entregar el autogobierno a las masas. Parecía que funcionarios electos, jueces y burócratas eran todos miembros de las grandes familias o de la clase alta, y que así gobernaban, igual que la aristocracia corrupta de la que los estadounidenses acababan de librarse. La solución fue devolver el poder político a las masas mediante la ampliación del derecho al voto, la extensión de la elección democrática a más cargos (por ejemplo, los juzgados de los estados) y la limitación del poder del gobierno nacional. Esta oleada de populismo quedó momentáneamente interrumpida por el debate en torno del esclavismo y por la Guerra Civil, pero volvió con nuevos bríos a fines del siglo XIX, liderada esta vez por agricultores del sur y del medio oeste, que se sentían ignorados por los dos partidos políticos principales y explotados por los bancos y ferrocarriles que esos partidos representaban. Los populistas, que invocaban a Jackson como su héroe, denunciaron que todo el sistema político estaba corrupto y formaron un Partido del Pueblo para promover sus propios intereses. La siguiente gran oleada de populismo se produjo durante la Gran Depresión de los años treinta. Políticos como Huey Long (gobernador de Luisiana y más tarde senador) ascendieron al poder con la promesa de redistribuir la riqueza de los ricos entre los pobres. Long acusó de plutócratas a los políticos establecidos, y procuró debilitar a los centros de poder que pudieran hacerle competencia (desde la legislatura del estado hasta el sistema universitario). Al momento de su muerte en 1935, había conseguido un buen número de seguidores en todo el país.

El último resurgimiento populista antes de ahora fue en los años sesenta, cuando el político sureño y demagogo racista George Wallace intentó obtener el apoyo del electorado del norte a su candidatura a la presidencia afirmando que la burocracia federal (el «big government») era la causa de todos los problemas de Estados Unidos. Esta clase de antielitismo también era común en la izquierda, que achacaba la Guerra Fría y la intervención en Vietnam a un establishment racista e imperialista.

La lógica del populismo es sencilla y efectiva: si algo anda mal, la culpa es del gobierno y de las élites que lo dirigen. Y aunque los populistas estadounidenses también atacaron a los gobiernos de los estados, su blanco principal siempre ha sido el gobierno federal (por su lejanía). Los políticos de nivel local, lo mismo que los congresistas nacionales de la jurisdicción, pueden tener la confianza de la gente. Pero quitando al presidente y a las máximas autoridades del congreso, casi todos los funcionarios federales son anónimos.Todos los movimientos populistas se agotan cuando sus contradicciones internas pueden más que el entusiasmo popular. Los populistas odian a las élites, pero para gobernar tienen que poner élites propias en las posiciones de poder. De la democracia jeffersoniana salió un estado unipartidista gobernado por agricultores de Virginia; la democracia jacksoniana produjo un sistema partidario corrupto controlado por mandamases y políticos profesionales; el movimiento populista perdió impulso cuando en pos de una ventaja política ató su suerte a la del Partido Demócrata. Y a veces los populistas no consiguen eludir maniobras de los políticos del establishment, o pierden poder porque mejoran las condiciones. En los años treinta Roosevelt se corrió a la izquierda para contrarrestar al populismo de Long, y el populismo de los sesenta colapsó con el fin de la segregación racial y la Guerra de Vietnam. Hay que separar el populismo trumpista de Trump; este sólo se subió a una ola política que ni inició ni controla. El motor principal de esa ola es el malestar por el avance del liberalismo cultural, el estancamiento económico y la desigualdad, todo lo cual se atribuyó (con mayor o menor razón) a las élites nacionales y a las instituciones que estas controlan. Esa misma ola ayudó en 2008 a Barack Obama (un relativo outsider) a derrotar a Hillary Clinton y John McCain, candidatos del establishment; sólo que Obama era en esencia un tecnócrata, y como tal gobernó. El populismo es peligroso porque se basa en una hostilidad intransigente hacia las instituciones políticas establecidas y hacia los políticos profesionales en quienes en última instancia tenemos que confiar, cualesquiera sean sus imperfecciones. Es por eso que, en retrospectiva, el populismo puede parecer irracional incluso cuando sirvió para poner un malestar legítimo a consideración del gobierno y de la atención pública. Los ataques de Trump a las instituciones y a las normas (el colmo de los cuales ha sido su negativa a prometer una entrega pacífica del poder) ya están virando hacia el nihilismo. Lo que nos trae a la elección del mes próximo. Todavía no es seguro que la oleada populista del siglo XXI que puso a Trump en el poder se haya agotado. Puede que la pandemia sea para la gente un recordatorio de las virtudes del saber experto y del profesionalismo en el gobierno. Pero con tantos estadounidenses totalmente entregados a oponerse a los burócratas de carrera del «Estado profundo», no es imposible que el trumpismo sobreviva sin la persona que le dio su nombre, liderado tal vez por algún nuevo tribuno, con riesgo de que sigan varios años más de caos y división. Lo único que puede impedirlo es una derrota realmente decisiva de Trump y de los republicanos.

Traducción: Esteban Flamini