Observatorio del Sur Global

La integración regional. Parte de la solución

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Por Mariana Vazquez (Profesora UBA – Observatorio del Sur Global). Publicado originalmente en “Dos Orillas para la Integración Regional”, n°28, enero 2023.

En estos tiempos de grandes cambios a nivel mundial, cambios que tienen impactos profundos y de largo plazo urbi et orbi, tal vez vuelva a ser pertinente preguntarse acerca de la relevancia estratégica del proyecto histórico de integración regional en América Latina y el Caribe.

Este proyecto, contrariamente a lo que suele creerse, ha tenido fundamentos sumamente pragmáticos, buscando dar respuesta a problemas concretos en cada etapa que ha atravesado nuestra geografía, desde las luchas independentistas. En la perspectiva de un plazo más largo, ha estado vinculado con los objetivos de la independencia, el desarrollo y la autonomía. Más allá de que el momento actual no carece de particularidades, dichos objetivos permanecen vigentes, puesto que no han sido alcanzados de manera acabada. En ese sentido, el interrogante inmediato que se plantea es acerca del instrumento, la integración regional, para contribuir a alcanzarlos. Unas breves pinceladas del contexto actual, que no pretenden de ninguna manera abarcar la totalidad, pueden ser un buen comienzo para esta reflexión.

Un MERCOSUR fortalecido y ampliado, que retome proyectos clave de integración productiva, financiamiento, enfrentamiento a las históricas e irresueltas asimetrías, un relacionamiento externo acordado que dé lugar a las diversas sensibilidades sin poner en juego el proyecto común.”

Mariana Vazquez, docente UBA e integrante del Observatorio del Sur Global.

Nos encontramos, en primer lugar, en un momento de crisis relativa de la hegemonía estadounidense-británica, con la consecuente transición hegemónica, más allá de cuál sea su desenlace, formas y plazos.

El escenario es el de una multipolaridad parcial en aumento, de tal manera que, más allá de los protagonistas principales (EEUU y China) hay otros actores que no carecen de relevancia sistémica (Rusia, India, la Unión Europea, a modo de ejemplo). Este desplazamiento de la centralidad de Occidente abre un escenario nuevo para nuestra región, a la vez que presenta desafíos ausentes en el pasado reciente.

En segundo lugar, son destacables las tendencias a la regionalización, no solo por razones económico-comerciales sino también de seguridad. Este dato no puede ser soslayado. América Latina y el Caribe es una región hoy sumamente desintegrada. La forma en la cual se buscó enfrentar la pandemia de la COVID-19, más allá de los esfuerzos destacables de algunos gobiernos, incluido el gobierno argentino, constituyó una triste muestra de ello.

En tercer lugar, el evidente colapso de las instituciones multilaterales nacidas en la etapa que está finalizando, a partir de su incapacidad relativa para generar consensos mínimos necesarios para regular aspectos clave de la economía, el comercio y las definiciones políticas y de seguridad globales.

Mientras esto sucede, instituciones, acuerdos, instrumentos simultáneos y paralelos van cobrando fuerza, de los BRICS a los nuevos mega acuerdos regionales o bancos de inversión, tensionando “de facto” a todo el sistema.

Un espacio de diálogo y concertación sudamericano que retome lo mejor de lo logrado por la UNASUR, y el fortalecimiento institucional, de identidad internacional y de acciones conjuntas en la CELAC, son pasos más que necesarios para que la región tenga una voz más potente y pueda aspirar a cerrar las brechas de desarrollo con otras regiones del mundo. La integración, como siempre, es parte de la solución.”

Mariana Vazquez, docente UBA e integrante del Observatorio del Sur Global.

En este contexto, no caben dudas, desde nuestra perspectiva, acerca del carácter urgente de avanzar con más ambición en el fortalecimiento de la integración regional en América Latina y el Caribe. El dilema principal es entre avanzar en un sendero de desarrollo con inclusión y mayor soberanía y autonomía, o una profundización del carácter periférico y dependiente. La disputa global y el posicionamiento que exige a los países de la región en aras de una mayor autonomía, no dan lugar al aislamiento o a opciones unilaterales. Esta geografía tiene un acervo profundo y rico en cuanto a pensamiento, proyectos y experiencias de integración regional, algunas recientes. Debemos retomar sus conquistas y corregir sus insuficiencias o aquellos caminos que no permitan dar respuesta a los desafíos del presente.

Para ello, el punto de partida ha de ser reconocer que, independientemente de su pérdida relativa de peso económico, comercial y en determinados ámbitos decisorios, América Latina y el Caribe no deja de ser relevante a nivel mundial en términos económicos y geopolíticos. La disputa evidente por acceder a sus recursos es solo un ejemplo de ello.

En ese sentido, un MERCOSUR fortalecido y ampliado, que retome proyectos clave de integración productiva, financiamiento, enfrentamiento a las históricas e irresueltas asimetrías, un relacionamiento externo acordado que dé lugar a las diversas sensibilidades sin poner en juego el proyecto común; un espacio de diálogo y concertación sudamericano que retome lo mejor de lo logrado por la UNASUR, y el fortalecimiento institucional, de identidad internacional y de acciones conjuntas en la CELAC, son pasos más que necesarios para que la región tenga una voz más potente y pueda aspirar a cerrar las brechas de desarrollo con otras regiones del mundo. La integración, como siempre, es parte de la solución.

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