Acariciar los conflictos y disipar los fantasmas para una efectiva fraternidad humana

Por Santiago Barassi

El primer viaje pontificio luego de meses marcados por la pandemia global y las restricciones de su contacto con el afuera del Estado Vaticano, es al nudo de la tensión geopolítica y civilizatoria contemporánea. Francisco es un hombre de los signos y los gestos. “Acariciar los conflictos” es uno de las indicaciones que suele recomendar a los diplomáticos y hombres de estado. O sea, no negar el conflicto sino acercarse a ellos para poder palpar lo que está en juego y las consecuencias que las disputas globales tienen en los hombres y mujeres de cada pueblo. En este viaje a Irak, Francisco pone en práctica ese consejo y tiende puentes buscando disipar la bruma fantasmagórica y estigmatizante de occidente con el mundo musulmán. Esa que legitimó la destrucción, la muerte y expulsión de millones de personas en medio oriente.

Es una vista que desafía también al fundamentalismo religioso y sus derivaciones extremistas. En el mismo lugar desde donde el Estado Islámico juró decapitarlo, allí convocó a un encuentro político, religioso y social para condenar la utilización de lo religioso para la legitimación de la violencia, la guerra y la persecución. Su presencia en la Mosul en ruinas, marca no solo el punto de recomienzo para un país y una ciudad que busca paz y prosperidad luego de años de terror, sino también una demostración del modo en que Francisco responde a las amenazas y aprietes que recibe por su determinación a defender la soberanía de los pueblos.

Profundizando en esta reflexión, puede decirse también que este viaje de Francisco es otra vuelta de rosca en su planteo general. No solo porque el encuentro con el ayatolá Al Sistani, máxima autoridad del islamismo chiita, completa lo iniciado en Egipto en lo que se refiere al diálogo y entendimiento con el mundo musulmán, sino porque va a fondo con su invitación a pensar un mundo más allá de las antinomias y las enemistades. Y no como discurso que promueve la mera pacificación luego de la derrota y la destrucción, sino abrazando aquello que el centro presenta como la amenaza.

Iraq, y la región mesopotámica en general, o el mundo árabe, es una tierra habitada por un pueblo que se resiste a ser mera periferia o copia. Esa memoria de centro, centrada, que se revela en la entereza espiritual y nacional de estos pueblos es expresión constitutiva de la multipolaridad propuesta por Francisco. Lo que tienen de arista, de aspereza, pero también de contundencia, es lo que hace al poliedro. La esfera uniforme y su afán de estandarización de la vida, solo puede ser limitada y reformulada si existen pueblos capaces de discutir y disputar la globalización. Irak no se resigna a esto y por eso disputa la política de los grandes temas, principalmente el energético, con toda su riqueza y potencia detrás.

Esta persistencia en resistir ante la vehemencia y tentación de occidente, tiene en la raíz una discusión con la modernidad misma. Hay una narrativa construida respecto al mundo islámico que la ubica como un territorio de atraso y oscurantista. Sin embargo, parecería ser que en verdad se trata de otra modernidad y, más ampliamente, otra forma de ser contemporáneos. Hay un modo de conjugar desarrollo científico tecnológico con lo religioso y espiritual, que resulta indigerible para las categorías occidentales. Vale preguntarse entonces ¿Es posible pensar más allá del paradigma tecno burocrático que presenta a la laicidad como la única vía para la modernización de una sociedad, su desarrollo y el desenvolvimiento de las capacidades científicas? Sociedades como Irak y su potencia son una oportunidad para desbordar esos límites.

La invitación a pensar más allá no implica desconocer el impacto democratizador de la laicidad, sino justamente posar la mirada en los límites que actualmente proyecta ese mismo proceso para los pueblos y su futuro. La pandemia ha puesto en evidencia los contornos del paradigma progresista heredado del iluminismo. Hay una crisis de sentido y de perspectivas para encarar lo que viene. En el encuentro de Francisco y el Ayatolá Sistani, pero sobre todo en el encuentro con los pueblos de la región, hay un gesto, una indicación y un signo, de este más allá, que es lo que viene.

Esto mismo se escenificó en las llanuras de Ur, en el encuentro interreligioso presidido por el Papa Francisco que contó con representantes de las tres grandes religiones monoteístas. Las sagradas escrituras que judíos, cristianos y musulmanes comparten, señalan que fue justamente allí donde se selló la primera alianza entre Dios y Abraham, patriarca de los pueblos semitas.

“Este lugar bendito nos remite a los orígenes, a las fuentes de la obra de Dios, al nacimiento de nuestras religiones. Aquí, donde vivió nuestro padre Abraham, nos parece que volvemos a casa. Él escuchó aquí la llamada de Dios, desde aquí partió para un viaje que iba a cambiar la historia. Nosotros somos el fruto de esa llamada y de ese viaje. Dios le pidió a Abraham que mirara el cielo y contara las estrellas (cf. Gen 15,5). En esas estrellas vio la promesa de su descendencia, nos vio a nosotros. Y hoy nosotros, judíos, cristianos y musulmanes, junto con los hermanos y las hermanas de otras religiones, honramos al padre Abraham del mismo modo que él: miramos al cielo y caminamos en la tierra”.

Así comienza el discurso pronunciado por Francisco en ese mítico lugar, intervención que se centró en una reflexión respecto al rol fundamental de las religiones en la pacificación del mundo. Como en Fratelli Tutti, su última encíclica publicada el pasado octubre, la apuesta es por relanzar una fraternidad humana que sea la respuesta concreta a la exclusión sistemática de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. La pandemia ha evidenciado la imposibilidad de ensayar parches o respuestas segmentadas a cuestiones globales y estructurales. Francisco insiste desde Irak: Nadie se salva solo y estamos todos en la misma barca.

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