El mayor logro de Angela Merkel

El mayor logro de Angela Merkel

por Pablo Bustinduy para Público

Para quienes se resisten a participar del festival de elogios que acompaña el adiós de Angela Merkel, su despedida tiene algo profundamente incómodo. Hace apenas unos años Merkel personificó la imposición sobre el sur de Europa de un orden de austeridad -implacable, inútil, cruel- cuyos efectos seguimos pagando casi una década después. Fue ella quien articuló aquella fábula moral que distinguía entre santos y pecadores, frugales y derrochadores, austeros e irresponsables, con la que se camufló una gigantesca operación de rescate para los capitales del norte de Europa que habían quedado entrampados en la burbuja especulativa que acababa de estallar. El reverso de aquella falsa caricatura era la asfixia planificada de los países del sur, que terminaron pagando la factura de la crisis con un extraordinario ajuste económico y social y el desbaratamiento de los horizontes de vida de una generación entera. Por encima de la frialdad anónima de la Troika, nadie dudaba quién llevaba los mandos de aquella operación: era Merkel quien llamaba por teléfono para dictar nuestras reformas de la Constitución.

Apenas unos años después, sin embargo, sucede algo extraño. Desde el sur miramos a Merkel con un cierto aturdimiento, como si aquello que ha llegado a representar después difuminara el recuerdo de aquellos días. Seguro que en esa percepción influye una maquinaria hagiográfica que la ha encumbrado mil veces como líder de Occidente. Merkel tiene 17 doctorados honoríficos. “Madre de la patria“, la llamaban en una reciente campaña publicitaria para despedirla que firmaba, en un sublime ejercicio metafórico, una empresa de trabajo temporal. Otra compañía alemana ha fabricado un osito de peluche con su aspecto para homenajearla en la hora de su salida. Pero por poderosa que sea esta campaña de idealización, no creo que se trate solo una cuestión de imagen pública. En estos años hemos cambiado también nuestra mirada, y ha cambiado la forma en que la percibimos.

Claro que hay razones para ese cambio, y a menudo se citan tres. La primera tiene que ver con los valores, y es de orden humanitario: mientras Europa se llenaba de alambradas, Merkel abrió las fronteras de Alemania para acoger un millón de refugiados en 2015 (Wir schaffen das! dijo al país, algo así como podemos hacerlo). La segunda es de orden republicano y democrático: mientras los conservadores del continente flirteaban de forma suicida con la extrema derecha, Merkel impuso un aislamiento férreo de AfD, y disciplinó severamente a su partido para evitar cualquier deriva nacionalista o la patrimonialización partidista de los símbolos del país. La tercera razón obedece precisamente a la política europea: en respuesta a la crisis de la pandemia, Merkel se desmarcó nítidamente de, ejem, la Merkel de 2015, para romper el tabú de la mutualización (“no habrá eurobonos mientras yo viva“, declaró entonces) y apoyar el plan de recuperación y la emisión de deuda europea.

Cada uno de estos hechos es relevante. También lo es que ninguno sea tan nítido como parece. Merkel acogió a un millón de refugiados en 2015, pero inmediatamente después impulsó un acuerdo con Turquía para transferirle a Erdogan 3.000 millones de euros a cambio de que retuviera a los refugiados en su país, a menudo en condiciones invivibles (es lo mismo que hace la UE con Marruecos, o con Libia, o con tantos otros países: es la política de migraciones europea).  El cierre de la ruta de los Balcanes, además, hizo que el Mediterráneo se convirtiera en la única vía de acceso al continente, lo que ha costado más de 15.000 muertes y la consolidación de la mafia como principal mecanismo de gestión de flujos migratorios en nuestra periferia sur. Recientemente, en unas declaraciones que no sorprenderían en boca de Le Pen, Merkel avisó de que no hay lugar en Alemania para quienes no compartan los valores cristianos. Hay muchos más datos, pero estos bastan como matiz.

Es igualmente loable que Merkel, a diferencia de tantos otros líderes conservadores en Europa, decidiera aislar a las fuerzas de extrema derecha de la política nacional. Se ha revelado además una táctica tremendamente efectiva, que le ha permitido atraerse apoyos parlamentarios y contener primero, y reducir después, el ascenso que parecía meteórico de Afd. Pero nos equivocaríamos si, proyectando nuestro infortunio de aquí en la política de Berlín, concluyéramos que se trata de una posición sin matices. Al tiempo que aislaba a AfD, Merkel ha sido en estos años el principal apoyo de Viktor Orban en la política continental; fue ella quien le mantuvo en el seno del Partido Popular Europeo y de su grupo parlamentario en Estrasburgo, y quien una y otra vez descafeinó o dificultó los intentos de censura o control del gobierno húngaro, hasta que ha sido demasiado tarde. ¿Por qué haría Merkel algo así? Por una razón sencilla: Hungría es una zona productiva a bajo coste de interés esencial para las grandes industrias alemanas, en especial la automotriz. El papel de Orban en la política europea no se explica sin ello.

Esta ambivalencia se extiende también al resto de su política europea. Merkel inclinó la balanza del lado del plan de recuperación, disciplinando al grupo de países ahora llamados “frugales” (sería más preciso llamarlos rentistas, y a alguno de ellos, defraudadores fiscales) para que aceptaran cosas que hace unos años parecían imposibles: la emisión de deuda conjunta, una política de transferencias fiscales a los países del sur, la suspensión de las reglas de estabilidad y del cepo presupuestario heredado de Maastricht. Merkel ha prometido una y mil veces que se trata de una iniciativa excepcional, debida exclusivamente a la crisis de la pandemia, que no perdurará en el tiempo ni dará lugar a una unión fiscal permanente (algo que dependerá de lo que suceda en estas elecciones, y de los equilibrios políticos futuros en Bruselas). A pesar de todas sus limitaciones, de todos los problemas y la incertidumbre que acarrea un plan a todas luces insuficiente, su mera existencia ha sido celebrada como una demostración del pragmatismo y la flexibilidad de la Merkel. Claro que el reverso de esas celebraciones es un diagnóstico ineludible sobre la política macroeconómica impuesta por la canciller en la última década. La austeridad fue un proyecto miope, erróneo e inhumano desde todas las perspectivas salvo una: la del interés económico y político de Alemania. Hoy, incluso desde esa perspectiva es un proyecto fallido.

La austeridad no solo fue un paradigma económico. También fue un proyecto de reforma política de Europa. Detrás de la retórica tecnocrática, detrás del aleccionamiento moral, detrás de la soberbia y los golpes palaciegos para deponer gobiernos democráticamente elegidos, había una visión política de conjunto. Se trataba de utilizar el colapso del sistema financiero primero, y de la unión monetaria después, no para democratizar el proyecto europeo, ni siquiera para corregir los evidentes fallos en el diseño monetario y fiscal de la Unión, sino para disciplinar a las periferias europeas y convertirlas en meros satélites productivos del gran centro financiero e industrial alemán. Desprovistos de soberanía económica, obligados a reformar sus constituciones, los países del sur debían convertirse en market-conforming democracies, una frase repetida hasta la saciedad por Merkel. Como vimos en el caso griego, esto quería decir literalmente: podéis seguir votando y jugando a ser soberanos, pero la economía ya no os pertenece a vosotros.

Este sistema de mando, por supuesto, otorgaba a Alemania una posición hegemónica indiscutible. El problema es que, contra lo que llegamos a interiorizar incluso desde el sur, esa primacía no se debía a las virtudes alemanas, ni a su ética del trabajo, ni a su capacidad de gestión (es exactamente al revés: los bancos alemanes estuvieron entre los máximos responsables de la crisis financiera europea; la principal diferencia con los nuestros es que a los alemanes también los rescatamos nosotros). Alemania se financia casi gratis gracias a la unión monetaria, y se beneficia de un euro barato para abastecer sus exportaciones; las políticas del BCE, la lógica de las reglas de estabilidad y del pacto fiscal, están orientadas a mantener y consolidar un statu quo que ha sido artificialmente sostenido en perjuicio de nuestros intereses. Cuando Merkel impuso a las periferias destrozadas por la crisis un proceso interminable de devaluación interna —sin restructurar deudas, sin transferencias fiscales, sin margen para cualquier tipo de política contracíclica— estaba imponiendo conscientemente el desmantelamiento de sus sistemas sociales para reforzar esa posición de mando. Políticamente, la austeridad era eso.

¿Qué ha pasado para que Merkel haya girado el volante? Ha sucedido que ese proyecto ha fracasado por razones internas y externas. El proyecto del nuevo mercantilismo alemán se reveló desde el principio como una ensoñación: la idea de un mercado sin ciudadanía, de una globalización desprovista de política, crujió bajo el peso de una sucesión de crisis existenciales —el euro, los refugiados, el Brexit, el trumpismo, la pandemia— y ya no existe siquiera en la cabeza de los halcones alemanes (lo intentarán de nuevo, pero tendrán que inventarse otra forma). Como consecuencia de ello, Merkel ha llevado a Alemania a un callejón geopolítico sin salida. Su idea de una Europa tecnocrática gobernada desde Frankfurt y Berlín, férreamente asociada a los Estados Unidos, pero con margen para distribuir juego en las relaciones con Rusia y con Pekín (de nuevo: para mantener la primacía exportadora de Alemania), se ha visto entrampada en esta fase de desorden de la globalización, que le ha reducido los espacios y le ha hecho pagar la poca estatura geopolítica que la UE debía mantener según el propio diseño alemán.

Merkel deja su país en una posición paradójica: doblemente dependiente de China, a la que sus exportaciones de tecnología y bienes de producción han reforzado hasta convertirla en un competidor, y de Rusia, cuyo gas es —por obstinada voluntad de Merkel— esencial para su abastecimiento energético futuro. Desnortada por el repliegue táctico de los EEUU, decididos a abdicar de su mando imperial para reforzar la competición con China, Berlín es hoy líder hegemónico regional pero sin visión geopolítica ni medios para realizarla. Sus múltiples déficits internos —con graves carencias en infraestructuras, digitalización, o transición energética— hacen que su apuesta por el proyecto austeritario se haya revelado, finalmente también para ellos, como una apuesta cortoplacista, contraproducente y fallida.

A la vista de su legado, cabe preguntarse por qué miramos a Merkel así. ¿Por qué tanta gente proyecta ahora en ella una mirada casi melancólica? Sin duda, Merkel aparece en su despedida como representante de unos valores —prudencia, sentido común, orden, normalidad— que se corresponden exactamente con lo que nos falta. Merkel en cierto modo expresa el anhelo de lo que a mucha gente le gustaría tener y no tiene: certidumbre, sosiego, esa especie de previsibilidad que viene de la mano del pragmatismo y de la razón. Es el mismo instinto que hoy lleva a buscar certezas en la nostalgia o en el pasado, aunque ese pasado esté lleno de fantasmas de los que, precisamente, nos queríamos librar. Ese instinto expresa el final de algo, de un futuro imaginable que no se hizo realidad, pero nos vuelve miopes ante lo más importante: un ciclo geopolítico desordenado, que se nos viene encima tan removido como carente de épica. Quizá ese sea el mayor logro del legado político de Merkel: haber asfixiado el anhelo democrático que bajo su mando sacudió Europa.

Relaciones internacionales en la era del declive estadounidense: ortodoxia del conocimiento y política exterior obstructiva

Relaciones internacionales en la era del declive estadounidense: ortodoxia del conocimiento y política exterior obstructiva

por Greg Simmons para Russia in Global Affairs

Desde la creación del orden global unipolar liderado por Estados Unidos, este país ha disfrutado de los beneficios de la hegemonía. Sin embargo, el surgimiento de potencias no occidentales, dentro de un orden global multipolar que aún se está formando, ha provocado intentos por parte de Estados Unidos de limitar las fortalezas y oportunidades de esas potencias emergentes y, por lo tanto, retener un poder relativo y una ventaja de influencia.

Evolución del orden global

Estados Unidos y muchos países europeos se enfrentan a diversas crisis: declive económico, malestar social y desigualdad, legitimidad política, etc. Estos son a menudo el resultado de su propia creación, los estragos de décadas de “reformas” neoliberales y las “guerras sin fin” que se engendraron en el marco de la Guerra global contra el terrorismo. Un resultado obvio ha sido el declive del poder e influencia políticos, militares y económicos de Estados Unidos y Europa, que ha dado forma al orden mundial durante siglos.

Hay una transformación gradualmente más evidente y perceptible de la hegemonía del orden geopolítico global, desde un orden unipolar, centrado en Occidente y liderado por Estados Unidos, hacia una configuración multipolar no centrada en Occidente. Existe un acuerdo general de que el orden global se está transformando, pero existe un desacuerdo sobre si esto es reversible o irreversible, incluso entre los académicos liberales estadounidenses que ven favorablemente la hegemonía global estadounidense.

El ex asesor de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski en 1997 habló de los imperativos estratégicos para Estados Unidos y su hegemonía global en el apogeo de su poder unipolar. Señaló que para consolidar y expandir su influencia y poder global, Estados Unidos necesitaba mantener el cumplimiento de sus estados “vasallos” y “clientes”, evitar la creación de coaliciones que puedan desafiar la supremacía estadounidense y evitar el surgimiento de poderosos estados desafiantes.

Ortodoxia del conocimiento

Para influir en la percepción de la audiencia objetivo del ámbito físico (en este caso, las relaciones internacionales y los actores), el uso de información simbólica e interpretativa selectiva se comunica a través del ámbito de la información para dar forma al ámbito cognitivo de las diversas audiencias. Esto es particularmente importante cuando la calidad de la información afecta la calidad de la toma de decisiones, tanto para bien como para mal.

En política exterior y relaciones internacionales, el uso de la lógica (logos), la ética (ethos) y la emoción (pathos) se puede lograr utilizando “apilamiento de cartas” (card stacking), “generalidades brillantes” (glittering generalities), “formación de caravanas” (band wagoning) y “afirmaciónes” (assertions). Se hace con la intención de ganar el dominio de la información, que es un medio de convertir el reino de la información en un arma para controlar los flujos de información sobre eventos, personas y procesos en el reino físico. El resultado deseado es controlar mejor las percepciones y opiniones de la audiencia sobre las “realidades” comunicadas que se pueden poner en práctica para crear mayores fortalezas y oportunidades, al tiempo que imponen debilidades y amenazas a las opciones operativas del oponente.

Estas consideraciones anteriores son el camino hacia lo que yo llamo la creación de una ortodoxia del conocimiento. Esto plantea las preguntas, ¿qué es la ortodoxia del conocimiento y por qué es importante en las relaciones internacionales y la política exterior? La ortodoxia del conocimiento ocurre cuando se da una interpretación particular del ámbito físico a través del ámbito de la información, lo que significa que esta información se vuelve “pegajosa” y domina otras interpretaciones y explicaciones del objeto o sujeto específico bajo escrutinio. En efecto, el resultado es reducir el discurso “permisible” porque el aspecto de la ortodoxia infiere y refuerza una interpretación bastante monolítica que limita las opciones operativas de algunos actores internacionales y amplía esas opciones para otros. Por ejemplo, la teoría de la paz democrática, que promovió la idea de que las democracias no luchan entre sí y estableció el contexto para una expansión mesiánica de la “democracia” a través de varias tipologías de guerra. Este proceso se refiere a la ingeniería de la percepción y la política basadas en el conocimiento mediante el dominio de la narrativa pública sobre la caracterización de un tema o actor.

Política exterior obstructiva

Una ortodoxia establecida del conocimiento puede operacionalizarse para servir a la base de una política exterior obstructiva. El objetivo de la política exterior obstructiva (de palabra y de hecho) es utilizar el ámbito de la información como un medio para politizar e influir en el ámbito cognitivo donde el iniciador de la comunicación busca crear un entorno diplomático hostil (incluida la diplomacia pública) que impone condiciones y restricciones en la toma de decisiones y la capacidad del país de destino para seleccionar o promulgar opciones apropiadas de política exterior que puedan atender efectivamente a los objetivos y metas de ese país. Al hacerlo, el país objetivo no es tan eficaz en la ejecución de su programa de política exterior y, por lo tanto, en la creación de un entorno de relaciones internacionales en el que Estados Unidos se las arregla para mantener una superioridad relativa sobre cualquier competidor individual.

Por ejemplo, crear la ortodoxia del conocimiento sobre la atribución de ciberataques, que crea la impresión de un Estados Unidos defensivo y unas China y Rusia ofensivas. Sin embargo, esto ignora una larga historia de operaciones de ataques a redes informáticas desde EE. UU., como la del Stuxnet. Esto también se aplica a las afirmaciones sobre la supuesta “invasión inminente” de China a Taiwán. La intención, junto con demandas y atención desproporcionadas (en nombre de ‘democracia’ o ‘seguridad’ o ‘paz’) es poner a China y Rusia a la defensiva para responder a las afirmaciones sin limitarse operacionalmente, ya que la atención se desvía de la mala conducta de Estados Unidos en asuntos internacionales.

Al intentar quemar puentes y evitar que se establezcan o mantengan dinámicas de relaciones positivas, EE. UU. espera crear la impresión de una falta de opciones de política exterior para Rusia y China y, por lo tanto, lógicamente se ven obligados a comprometerse con EE. UU. Esto se hace a menudo mediante el uso de “formación de caravanas” selectivas, generalidades brillantes y propaganda de apilamiento de cartas sobre las opciones de política exterior soberana de Rusia, y la aplicación de falsas lógicas y valores éticos a los programas geoeconómicos estratégicos de China, como la iniciativa de La Franja y la Ruta. Estos están destinados a actuar como grilletes cognitivos y restricciones sobre las fortalezas y oportunidades potenciales para la agenda de política exterior de los desafiantes en el orden multipolar emergente.

¿A donde nos dirigimos?

Dado el declive de la influencia global, el poder y el prestigio de Estados Unidos y el regreso de la política liberal del establishment dominante, es probable que haya un mayor nivel de tensiones y conflictos en todo el mundo a nivel local, regional y global. Joe Biden anunció abiertamente antes de las elecciones presidenciales el deseo de Estados Unidos de volver a liderar la agenda global. Sin embargo, esto se está haciendo en un momento de fragmentación política y social, declive económico y un ejército que se ha visto debilitado por décadas de Guerras Sin Fin. El declive de Estados Unidos es evidente para muchos observadores de todo el mundo, lo que limita la credibilidad y la viabilidad del intento de insertarse como líder del ‘mundo libre democrático’. El resultado es que hay una gran vacilación y cautela en las potencias emergentes que son cortejadas por Estados Unidos para que las sigan ciegamente al abismo con el fin de preservar un imperio que se desmorona.

La Constitución Federal de 1988 y la política exterior brasileña: paradojas e incoherencias

La Constitución Federal de 1988 y la política exterior brasileña: paradojas e incoherencias

por Sérgio Luiz Pinheiro Sant’Anna¹

Con el fin de la dictadura militar en 1985, luego de 21 años, el gran hecho político en Brasil tuvo que ver con los trabajos de la Asamblea Nacional Constituyente, a lo largo de los años 1987 y 1988, con la promulgación de la Constitución Federal el 5 de octubre de 1988.

La Carta Política fue aprobada con un claro compromiso con la democracia, los derechos sociales, los derechos humanos y el Estado de Bienestar Social, y fue celebrada como una Constitución Ciudadana que delimitó la ruptura jurídica con el autoritarismo del sistema anterior.

El punto que nos interesa es la aprobación, en el Título 1: De los Principios Fundamentales, del art. 4 que dispone que la República Federativa del Brasil se rige en sus relaciones internacionales por los siguientes principios: I – independencia nacional; II – Prevalencia de los derechos humanos; III – autodeterminación de los pueblos; IV – No intervención; V- Igualdad entre los Estados; VI – defensa de la paz; VII – solución pacífica de los conflictos; VIII – repudio al terrorismo y al racismo; IX – cooperación entre los pueblos para el progreso de la humanidad; X – concesión de asilo político, además de un párrafo único que prevé que la República Federativa del Brasil buscará la integración económica, política, social y cultural de los pueblos de América Latina, tendiendo a la formación de una comunidad latinoamericana de naciones.

La Constitución, de esta forma, se preocupó por dar la directriz de cualquier política exterior que fuera adoptada, independientemente de la línea política gubernamental

Desde la redemocratización hasta día atrás, la política exterior de los presidentes José Sarney, Fernando Collor, Itamar Franco, Fernando Henrique Cardoso, Luis Inácio Lula da Silva, Dilma Rousseff y Michel Temer procuraron pautarse desde esta perspectiva, con naturales estrategias diferentes, inclusive con el Ministerio de Relaciones Exteriores, también conocido como Itamaraty, manteniendo su línea histórica tradicional y de no alineamiento automático y de pragmatismo, siempre defendiendo una autonomía con respecto a las cuestiones políticas internas de cada país.

Desde el 1 de enero de 2019, había una enorme expectativa en relación al gobierno del Presidente Jair Bolsonaro, con una posición política e ideológica en el campo de la extrema-derecha.

La política exterior de un gobierno de extrema-derecha era algo inédito y suscitaba dudas en relación con una postura ideológica que se escaparía de la tradición de diplomacia universalista y pragmática del Ministerio de Relaciones Exteriores y de sus grandes Cancilleres, en especial el Barón de Rio Branco, Osvaldo Aranha, San Tiago Dantas y masa recientemente Celso Amorim.

El saldo de estos poco más de dos años fue el de un Brasil que ha contribuido de alguna forma con la parálisis del MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC, que se ha alejado en la práctica de los BRICS y de la estrategia Sur-Sur de los gobiernos de Lula y Dilma. En el ámbito de América del Sur, además de las críticas a los países vecinos, se priorizó la creación de PROSUR, sin ninguna efectividad y direccionamiento político y económico, pero con una estrategia de parálisis de los demás procesos de integración regional.

En un primer momento, se imaginó que se optaba por un alineamiento incondicional con respecto a los Estados Unidos, pero con el paso del tiempo quedó claro que la sumisión era hacia Donald Trump, por la afinidad política.

El saldo de la política exterior fueron diversos conflictos con China, Venezuela, Francia, Alemania, Argentina, Chile, Bolivia, Cuba, Uruguay, Rusia, Países Árabes y hasta los EEUU de Joe Biden, inclusive con pronunciamientos sobre los procesos electorales y otras cuestiones de naturaleza interna de algunos países.

La política interna brasileña, en especial en relación al medio ambiente y a los incendios en la Amazonia, han provocado varias decisiones de parlamentos europeos en lo que concierne a la firma del Acuerdo MERCOSUR – Unión Europea, justamente por la falta de compromiso de Brasil con políticas públicas en estas áreas.

Brasil optó por cambiar posicionamientos tradicionales en la ONU como la posición en relación a Cuba y pasando a votar incondicionalmente con EEUU e Israel contra la nación caribeña.

Creó conflicto con los países árabes en ocasión de la amenaza de mudar la Embajada brasileña en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, no obstante los árabes son importantes en la pauta brasileña de exportaciones de productos brasileños.

Incluso con la situación de la pandemia ocasionada por el COVID-19, Brasil creó conflictos y presentó críticas sistemáticas a China, Rusia y hasta a la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En este contexto, al contrario de los principios de la Constitución brasileña, el gobierno brasileño ha actuado en los organismos internacionales de un modo que implica un retroceso y el debilitamiento de Brasil em los foros multilaterales internacionales.

Merece uma reflexión permanente de todos los ciudadanos brasileños si esta política exterior que contraría a la Constitución brasileña y a la tradición de Itamaraty, tuvo algún efecto práctico de ventaja para Brasil en la comunidad internacional desde el 1 de enero de 2019 hasta marzo de 2021, cuando hubo un cambio de Canciller.


¹ Presidente de la Comisión de Derecho Constitucional del Instituto de Abogados Brasileños, Doctor en Ciencia Política por la UFF, Profesor de la UCAM, Procurador Federal, Consejero de la OAB-RJ y Miembro de la ABJD, APD, IBAP e ADJC.

Mirada Multipolar | El orden post-pandemia se discute en San Petersburgo

Mirada Multipolar | El orden post-pandemia se discute en San Petersburgo

por Sebastián Tapia

El Foro Económico Internacional de San Petersburgo dejó unas cuantas novedades sobre el futuro de la política exterior y la economía rusa. Las decisiones anunciadas allí marcan la posición tomada por Rusia con respecto a qué mundo se busca organizar tras la pandemia, un par de semanas antes del encuentro entre Biden y Putin. Además, en esta edición, la Argentina fue invitada especial en dos ocasiones, en la sesión plenaria y en un panel entre inversores y productores de la vacuna Sputnik. El foro sirvió para mostrar el avance en la alianza estratégica integral firmada entre ambos países en 2015.

El foro de San Petersburgo

Todos los veranos rusos, desde 1997, se realiza el Foro Económico Internacional en la ciudad de San Petersburgo. Sirve como vitrina de los avances tecnológicos y productivos rusos, así como un punto de encuentro para los inversores interesados en su economía. Con el paso del tiempo se convirtió en una reunión obligada para discutir hacia dónde va la economía de los países emergentes, especialmente los euroasiáticos. Fue creado originalmente por privados, pero en 2006 pasó a estar auspiciado por la Presidencia de la Federación Rusa. Desde entonces, la visita y discurso presidencial es una constante.

El éxito del foro sirvió de ejemplo para la creación de otro similar, pero enfocado en el desarrollo del Lejano Oriente. El Foro Económico Oriental se creó en 2015 por decreto presidencial y se realiza en Septiembre en la ciudad de Vladivostok, del otro lado de Rusia. Ambos foros forman parte de una misma política de promoción de la inversión y desarrollo regional, como el águila bicéfala que mira al Este y al Oeste al mismo tiempo.

Anuncios importantes

En las reuniones paralelas al foro principal, se dieron importantes anuncios sobre la economía rusa. Una declaración interesante llegó en una reunión entre los movimientos juveniles y el primer vice-primer ministro, Andrei Belousov quien comentó:

“La deuda externa nacional es menos de $ 80 mil millones ahora, que es alrededor del 5% del PBI y eso es muy pequeño. Por lo general, nos dicen que pidamos prestado más. No lo haremos. Sin embargo, la deuda corporativa totaliza alrededor de $ 380 mil millones”

Lo que es un buen indicador de la sanidad de la economía pública rusa, no tan así de la privada. De todas maneras, es una relación de deuda/PBI bastante bajo.

Por otro lado, un anuncio económico que refleja el estado de las relaciones exteriores de Rusia llegó por parte del ministro de finanzas, Anton Siluanov, con respecto al Fondo Nacional de Bienestar. Este fondo sirve para complementar el presupuesto de la seguridad social de Rusia y ayuda a financiar tanto el sistema público de pensiones como el de ahorro voluntario de pensiones privado. El ministro se refirió a la nueva composición del fondo:

“Nosotros, al igual que el Banco Central, hemos decidido reducir los fondos del FNB invertidos en activos en dólares. La estructura actual tiene alrededor del 35% de los fondos del FNB invertidos en dólares. Hemos decidido retirarnos completamente de los activos en dólares, reemplazando las inversiones en dólares por un aumento en el euro, en oro, (…) [Las inversiones] en dólares equivaldrán al 0%; en euros llegarán al 40%; en yuanes ascenderán al 30%; en oro al 20%; y en libras y yenes  5% cada uno. Hemos sustituido dólares con un aumento del 5% en euros, oro y yuanes “

Era de esperar este tipo de desinversión en dólares por parte de Rusia. Ya hace un par de años que viene desechando sus inversiones en dólares por parte del Banco Central y la posibilidad de sufrir nuevas sanciones que dificulten el ingreso de dólares, o incluso de ser suspendida del sistema SWIFT, es continuamente contemplada por las autoridades.

Sobre la relación con Estados Unidos, Putin la describió de manera sincera:

“Rusia no tiene ningún desacuerdo con EE.UU. Ellos sí tienen uno: quieren frenar nuestro desarrollo, y lo dicen públicamente. Todo lo demás deriva de esta posición, tanto las restricciones económicas como los intentos de injerir en los procesos políticos internos de nuestro país (…) las relaciones entre los dos países se han convertido en gran medida en rehenes de la política interna de EE.UU. Esperemos que esto llegue a su fin en algún momento”

Sin embargo, se mostró optimista en cuanto al futuro encuentro con Biden:

“Espero un resultado positivo. Espero que se establezcan las condiciones para dar los siguientes pasos para normalizar las relaciones ruso-estadounidenses y resolver tales cuestiones que afrontan nuestros países”

Al día siguiente, Biden publicó una nota de opinión en el Washington Post donde muestra su posición ideológica irreductible con respecto a la relación bilateral:

“Estamos unidos para abordar los desafíos de Rusia a la seguridad europea, comenzando por su agresión en Ucrania, y no habrá dudas sobre la determinación de los Estados Unidos de defender nuestros valores democráticos, que no podemos separar de nuestros intereses (…) Estados Unidos no busca el conflicto. Queremos una relación estable y predecible en la que podamos trabajar con Rusia en cuestiones como la estabilidad estratégica y el control de armamentos. (…) Al mismo tiempo, también he impuesto consecuencias significativas por comportamientos que violan la soberanía de Estados Unidos, incluida la interferencia en nuestras elecciones democráticas.”

Tal vez tras leer esta nota de opinión, el canciller chino, Wang Yi, se comunicó telefónicamente con el canciller ruso, Sergei Lavrov y le dejó una recomendación para la reunión con Biden. Según el comunicado de la cancillería china:

“Wang Yi dijo que Estados Unidos se ha buscado una camarilla bajo el disfraz de la democracia, se ha entrometido en los asuntos internos de otros países con el pretexto de los derechos humanos y ha seguido un camino de unilateralismo en nombre del multilateralismo. Como países importantes responsables y miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), China y Rusia deben trabajar juntos para exponer y oponerse a estas prácticas perversas.”

Reflexiones económicas sobre la pandemia

En esta ocasión el evento principal del Foro Económico Internacional de San Petersburgo, la sesión plenaria, contó con el discurso del presidente Vladimir Putin y con cuatro mandatarios invitados: el presidente de Austria, Sebastian Kurz, y el Emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, asistieron personalmente, mientras que los presidentes Jair Bolsonaro, de Brasil, y Alberto Fernández, de Argentina, enviaron su participación mediante un video pregrabado.

En su discurso, Vladimir Putin se mostró optimista en cuanto a la recuperación económica mundial tras la pandemia, gracias a la implementación de políticas económicas heterodoxas:

“También estamos presenciando las mismas tendencias económicas globales positivas. A pesar de la caída total de 2020 que, según los expertos, fue la mayor desde la Segunda Guerra Mundial, ya se puede decir con seguridad que la economía global está volviendo a la normalidad. Se espera que el PIB mundial registre tasas de crecimiento inusualmente altas este año, el mayor aumento desde la década de 1970. Como saben, los expertos hablan de un crecimiento del seis por ciento.

Por cierto, la práctica mostró que las medidas tradicionales de política monetaria no serían suficientes para superar la crisis actual. La política presupuestaria que fue apoyada activamente por los bancos centrales de los países en desarrollo por primera vez ha jugado un papel clave en la rápida recuperación económica.

En 2020, los déficits presupuestarios de los países industriales aumentaron en un promedio del diez por ciento de su PIB, mientras que en los países en desarrollo, el crecimiento fue de alrededor del cinco por ciento. Y sabemos que estos déficits presupuestarios financian en gran medida medidas anticrisis.”

Como motor de este desarrollo económico post-pandemia, Putin promovió los proyectos que se implementarán en Rusia: promoción de la inversión en diferentes regiones del país, créditos para la construcción y el desarrollo de infraestructura, la transición hacia tecnologías que reduzcan el impacto ecológico y el desarrollo de proyectos de infraestructura multinacionales.

Destacó principalmente la función de estos últimos al anunciar que se terminó de colocar el primero de las dos líneas que conforman el gasoducto Nordstream 2, proyecto que fue resistido ampliamente por Estados Unidos, Polonia y Ucrania, pero que conecta directamente a Rusia con Alemania.

Los proyectos multilaterales son principalmente capaces de reactivar y desarrollar la economía global y estamos agradecidos a nuestros socios por la cooperación que continúa durante la epidemia y a pesar de la difícil situación en las relaciones internacionales.

Me gustaría decirles a este respecto que el tendido de la primera línea del gasoducto Nord Stream 2 se completó hoy, hace dos horas y media. Continúa el trabajo en su segunda línea.

Estamos dispuestos a implementar proyectos similares de alta tecnología con nuestros socios europeos y otros en el futuro, y esperamos que la lógica del beneficio mutuo y el beneficio mutuo prevalezca inevitablemente sobre todo tipo de barreras artificiales en el entorno político actual.”

También destacó a la cooperación internacional en la lucha contra la pandemia y la construcción del orden internacional tras ella:

“Como dije anteriormente, la cooperación internacional debe ser fundamental para superar las consecuencias socioeconómicas de la pandemia. Es de suma importancia para nosotros aunar nuestros esfuerzos frente a desafíos comunes, sistémicos y de largo plazo que no dependen de la situación del mercado o de las disputas y configuraciones políticas, sino que determinan el futuro de sociedades enteras de manera decisiva.”

Aquí se puede ver una plena coincidencia con el discurso de Alberto Fernández en esa misma sesión plenaria:

“Yo diría que ya tenemos respuestas: el mundo se había organizado sobre bases, definitivamente débiles, tan débiles, que un ser imperceptible a la vista humana como es el virus del COVID-19, fue capaz, no solamente de arrastrar vidas y la salud de millones de habitantes del mundo, sino también a las economías centrales del mundo. (…) En la pandemia hemos aprendido que nadie se salva solo, que todos necesitamos del otro y que si juntos encaramos el esfuerzo de un mejor futuro es más fácil y más posible alcanzarlo. (…) Es hora de entender que el capitalismo, tal como lo conocimos hasta la pandemia, no ha dado buenos resultados: ha generado desigualdad e injusticia. Y que si vamos a construir otro capitalismo, tiene que ser un capitalismo que no olvide el concepto de solidaridad.”

Putin también remarcó que el Estado es el principal precursor de la recuperación económica en la crisis, y que esa es su función natural:

“La participación del Estado está creciendo en todo el mundo, en todos los países, durante una época de crisis. Sucede en todas partes, solo mira y observa. Tan pronto como la situación se estabiliza, crece el número de empresas privadas, tanto el número de empresas como su facturación. Aquí no hay nada nuevo para Rusia.”

La diplomacia de las vacunas

Un apartado especial tuvo el esfuerzo que está llevando Rusia adelante para facilitar el acceso a las vacunas desarrolladas en su país al resto del mundo. El Foro tuvo una mesa de discusión en la cual se reunieron inversores de 16 países con la red de 14 países que acordaron la producción local de la vacuna Sputnik V. Dentro de estos países que fabricarán la vacuna rusa se encuentra Brasil, que esa misma tarde la agencia reguladora nacional (ANVISA) autorizaría la utilización y producción local, a pesar de haberla negado hace un mes.

Dos presidentes, además de Vladimir Putin, fueron invitados a participar de la mesa: Aleksandar Vucic, de Serbia y Alberto Fernández, de Argentina. Estos países ya contaban con la autorización para el uso de la vacuna  y los centros de producción ya fueron revisados y aprobados por el Instituto Gamaleya, quien desarrolló originariamente la vacuna.

En el discurso, Vladimir Putin llamó a aunar esfuerzos internacionales en la lucha contra la COVID-19, evitando las interferencias políticas en el proceso:

“Lo que quiero resaltar aquí es que los desacuerdos políticos y de otro tipo deben dejarse de lado cuando se trata de preservar la salud y la vida de las personas. Es por eso que las acciones de algunos de nuestros socios parecen extrañas y contraproducentes, por decirlo suavemente, ya que están tratando abiertamente de todas las formas posibles de prevenir y restringir el uso de la vacuna rusa. Permítanme reiterar, la experiencia ha demostrado que su eficacia del 97,6 por ciento se encuentra entre las mejores del mundo.

Todos debemos darnos cuenta de que una respuesta eficaz al coronavirus solo es posible mediante esfuerzos globales conjuntos. Este es el enfoque de principios de Rusia y estamos abiertos a la cooperación en seguridad epidemiológica con todas las naciones.”

Como parte de aumentar ese esfuerzo internacional, en el discurso de la sesión plenaria, Putin ordenó a su gobierno para que trabaje en permitir la vacunación de los trabajadores migrantes y de los turistas que visiten Rusia y así lo quieran hacer.

Por su parte, Alberto Fernández destacó la oportunidad que brindó la pandemia para el avance de la relación estratégica bilateral:

“Argentina y Rusia tienen una historia común, que ya cuenta con 136 años de amistad, pero hace 6 años Rusia y Argentina tienen un vínculo estratégico para poder desarrollarse mejor y combinar el esfuerzo de ambos países en la búsqueda del desarrollo de nuestros pueblos. Y en eso – la verdad – la pandemia nos ha dado una gran oportunidad para que ese encuentro de la comunidad rusa y de la comunidad argentina, del Gobierno ruso y del Gobierno argentino se profundice y se afiance mejor que nunca.”

También remarcó cómo se sintió la ayuda rusa para conseguir las vacunas, en un momento en que Estados Unidos se cerró en sí mismo para salvarse antes que colaborar con el resto, o que la Unión Europea colaborara con las vacunas que no deseaba:

“Decimos, en la Argentina, que los amigos se conocen en los momentos difíciles y cuando pasamos un momento difícil, el Gobierno de Rusia, el Fondo Soberano de Rusia, y el Instituto Gamaleya estuvo al lado de los argentinos ayudándonos a conseguir las vacunas, que el mundo no nos estaba dando.”

Alberto también señaló el rol fundamental que cumple la Argentina como parte de la relación entre Rusia y América Latina. No sólo somos un socio importante, sino que funcionamos como enlace con el resto de los países de la región:

“El día domingo – si Dios quiere – un avión estará partiendo de Moscú, trayendo el principio activo para que empiece, de inmediato, la producción, en la Argentina, principio activo que el Instituto Gamaleya nos proveerá, y junto con ese principio activo vendrán vacunas para Argentina y también traeremos vacunas para el Paraguay, del mismo modo, que – en su momento – trajimos vacunas para Bolivia, y del mismo modo que tratamos de acercar a México y a Rusia para que encuentren un acuerdo para que la vacuna de Gamaleya, la vacuna Sputnik V termine llegando también al pueblo mexicano.”

Esta edición del Foro Económico Internacional de San Petersburgo se ha presentado como un momento en el cual comienza a discutirse el orden mundial post-pandemia. La Argentina está decidida a jugar una parte fundamental en la recuperación, a través de una función de puente entre Rusia y América Latina. Pero este orden post-pandémico no se define sólo en la en esa ciudad, sino que habrá que estar pendiente de las próximas reuniones del G7, la OTAN y la reunión entre Biden y Putin en Ginebra.

Es hora de poner fin a la “relación especial” con Israel

Es hora de poner fin a la “relación especial” con Israel

por Stephen Walt¹ para Foreign Policy

La última ronda de combates entre israelíes y palestinos terminó de la manera habitual: con un alto el fuego que dejó a los palestinos en una situación peor y los problemas de fondo sin abordar. También proporcionó más evidencia de que Estados Unidos ya no debería brindar a Israel apoyo económico, militar y diplomático incondicional. Los beneficios de esta póliza son cero y los costos son altos y en aumento. En lugar de una relación especial, Estados Unidos e Israel necesitan una relación normal.

Érase una vez, una relación especial entre Estados Unidos e Israel podría haberse justificado por motivos morales. La creación de un estado judío se consideró una respuesta adecuada a siglos de antisemitismo violento en el Occidente cristiano, incluido, entre otros, el Holocausto. Sin embargo, el argumento moral era convincente solo si se ignoraban las consecuencias para los árabes que habían vivido en Palestina durante muchos siglos y si se creía que Israel era un país que compartía los valores básicos de Estados Unidos. También aquí el panorama era complicado. Israel pudo haber sido “la única democracia en el Medio Oriente”, pero no era una democracia liberal como Estados Unidos, donde se supone que todas las religiones y razas tienen los mismos derechos (por muy imperfectamente que se haya cumplido ese objetivo). De acuerdo con los objetivos centrales del sionismo, Israel privilegió a los judíos sobre los demás mediante un diseño consciente.

Hoy, sin embargo, décadas de brutal control israelí han demolido el argumento moral del apoyo incondicional de Estados Unidos. Los gobiernos israelíes de todo tipo han expandido los asentamientos, han negado a los palestinos derechos políticos legítimos, los han tratado como ciudadanos de segunda clase dentro del propio Israel y han utilizado el poder militar superior de Israel para matar y aterrorizar a los residentes de Gaza, Cisjordania y Líbano con casi impunidad. Dado todo esto, no es sorprendente que Human Rights Watch y la organización israelí de derechos humanos B’Tselem hayan publicado recientemente informes bien documentados y convincentes que describen estas diversas políticas como un sistema de apartheid. La deriva hacia la derecha de la política interna de Israel y el creciente papel de los partidos extremistas en la política israelí han dañado aún más la imagen de Israel, incluso entre muchos judíos estadounidenses.

En el pasado, también era posible argumentar que Israel era un activo estratégico valioso para Estados Unidos, aunque su valor a menudo se exageraba. Durante la Guerra Fría, por ejemplo, respaldar a Israel fue una forma eficaz de controlar la influencia soviética en el Medio Oriente porque el ejército de Israel era una fuerza de combate muy superior a las fuerzas armadas de clientes soviéticos como Egipto o Siria. Israel también proporcionó inteligencia útil en ocasiones.

Sin embargo, la Guerra Fría ha terminado hace 30 años, y el apoyo incondicional a Israel hoy crea más problemas para Washington de los que resuelve. Israel no pudo hacer nada para ayudar a Estados Unidos en sus dos guerras contra Irak; de hecho, Estados Unidos tuvo que enviar misiles Patriot a Israel durante la primera Guerra del Golfo para protegerlo de los ataques Scud iraquíes. Incluso si Israel merece crédito por destruir un reactor nuclear sirio naciente en 2007 o ayudar a desarrollar el virus Stuxnet que dañó temporalmente algunas centrifugadoras iraníes, su valor estratégico es mucho menor que durante la Guerra Fría. Además, Estados Unidos no tiene que proporcionar a Israel un apoyo incondicional para cosechar beneficios como estos.

Mientras tanto, los costos de la relación especial siguen aumentando. Los críticos del apoyo de Estados Unidos a Israel a menudo comienzan con los más de $ 3 mil millones de dólares de ayuda militar y económica que Washington proporciona a Israel cada año, a pesar de que Israel es ahora un país rico cuyo ingreso per cápita ocupa el puesto 19 en el mundo. Sin duda, hay mejores formas de gastar ese dinero, pero es una gota en el balde para Estados Unidos, un país con una economía de 21 billones de dólares. Los costos reales de la relación especial son políticos.

Como hemos visto durante la semana pasada, el apoyo incondicional a Israel hace que sea mucho más difícil para Estados Unidos reclamar la autoridad moral en el escenario mundial. La administración Biden está ansiosa por restaurar la reputación y la imagen de Estados Unidos después de cuatro años bajo el mandato del expresidente Donald Trump. Quiere establecer una distinción clara entre la conducta y los valores de Estados Unidos y los de sus oponentes como China y Rusia y, en el proceso, restablecerse como el eje principal de un orden basado en reglas. Por esta razón, el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, le dijo al Consejo de Derechos Humanos de la ONU que la administración colocaría “la democracia y los derechos humanos en el centro de nuestra política exterior”. Pero cuando Estados Unidos se queda solo y veta tres resoluciones separadas de alto el fuego del Consejo de Seguridad de la ONU, reafirma repetidamente el “derecho de Israel a defenderse”, autoriza el envío de armas a Israel por un valor adicional de $ 735 millones y ofrece a los palestinos solo una retórica vacía sobre su derecho a vivir con libertad y seguridad mientras se apoya una solución de dos estados (esta última es una posibilidad que pocas personas conocedoras todavía toman en serio), su pretensión de superioridad moral queda expuesta como hueca e hipócrita. Como era de esperar, China se apresuró a criticar la posición de Estados Unidos, y el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, destacó la incapacidad de Estados Unidos para actuar como un intermediario imparcial al ofrecer en su lugar albergar conversaciones de paz entre israelíes y palestinos. Probablemente no fue una oferta seria, pero Pekín difícilmente podría hacerlo peor que Washington en las últimas décadas.

Otro costo duradero de la “relación especial” es el desproporcionado ancho de banda de política exterior que consumen las relaciones con Israel. Biden, Blinken y el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan tienen mayores problemas de los que preocuparse que las acciones de un pequeño país del Medio Oriente. Sin embargo, aquí Estados Unidos se encuentra nuevamente envuelto en una crisis en gran parte de su propia creación que exige su atención y le quita un tiempo valioso para lidiar con el cambio climático, China, la pandemia, la desconexión de Afganistán, la recuperación económica y una serie de problemas más graves. Si Estados Unidos tuviera una relación normal con Israel, recibiría la atención que se merece, pero no más.

En tercer lugar, el apoyo incondicional a Israel complica otros aspectos de la diplomacia estadounidense en Oriente Medio. Negociar un nuevo acuerdo para revertir y limitar el potencial de armas nucleares de Irán sería mucho más fácil si la administración no enfrentara la constante oposición del gobierno de Netanyahu, sin mencionar la implacable oposición de los elementos de línea dura del lobby de Israel aquí en los Estados Unidos. Una vez más, una relación más normal con el único país del Medio Oriente que realmente tiene armas nucleares ayudaría a los esfuerzos de Washington de larga data para limitar la proliferación en otros lugares.

El deseo de proteger a Israel también obliga a Estados Unidos a entablar relaciones con otros gobiernos de Oriente Medio que tienen poco sentido estratégico o moral. El apoyo de Estados Unidos a la desagradable dictadura de Egipto (que incluye ignorar el golpe militar que destruyó la democracia incipiente del país en 2011) tiene en parte la intención de mantener a Egipto en buenos términos con Israel y en oposición a Hamas. Estados Unidos también ha estado más dispuesto a tolerar los abusos de Arabia Saudita (incluida su guerra aérea en Yemen y el asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi) a medida que se profundiza la alineación tácita de Riad con Israel.

Cuarto, décadas de apoyo incondicional a Israel ayudaron a crear el peligro que Estados Unidos ha enfrentado por el terrorismo. Osama bin Laden y otras figuras clave de Al Qaeda fueron muy claros en este punto: la combinación del firme apoyo de Estados Unidos a Israel y el duro trato de Israel a los palestinos fue una de las principales razones por las que decidieron atacar al “enemigo lejano”. No era la única razón, pero tampoco era una preocupación trivial. Como escribió el Informe oficial de la Comisión del 11-S sobre Khalid Sheikh Mohammed (KSM), a quien describió como el “arquitecto principal” del ataque: “por su propia cuenta, la animadversión de KSM hacia los Estados Unidos no se debió a sus experiencias allí como un estudiante, sino más bien de su violento desacuerdo con la política exterior de Estados Unidos que favorece a Israel ”. Los riesgos del terrorismo no desaparecerían si Estados Unidos tuviera una relación normal con Israel, pero una posición más imparcial y moralmente defendible ayudaría a disminuir las actitudes anti-Estados Unidos, que han contribuido al extremismo violento en las últimas décadas.

La relación especial también está relacionada con las desventuras más grandes de Estados Unidos en el Medio Oriente, incluida la decisión de invadir Irak en 2003. Israel no imaginó esta idea descabellada —los neoconservadores pro-israelíes en Estados Unidos merecen ese dudoso honor— y algunos líderes israelíes se opusieron a la idea al principio y querían que la administración de George W. Bush se concentrara en Irán en su lugar. Pero una vez que el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, decidió que derrocar al entonces líder iraquí Saddam Hussein sería el primer paso en un programa más amplio de “transformación regional”, altos funcionarios israelíes, incluidos Netanyahu y los ex primeros ministros israelíes Ehud Barak y Shimon Peres, se metieron en el acto y ayudaron a vender la guerra al pueblo estadounidense. Barak y Peres escribieron justificaciones o aparecieron en los medios estadounidenses para conseguir apoyo para la guerra, y Netanyahu fue al Capitolio para dar un mensaje similar al Congreso. Aunque las encuestas mostraron que los judíos estadounidenses tendían a apoyar menos la guerra que el público en general, el Comité de Asuntos Públicos de Israel y Estados Unidos (AIPAC) y otras organizaciones del lobby israelí también apoyaron al partido de la guerra. La relación especial no causó la guerra, pero las estrechas conexiones entre los dos países ayudaron a allanar el camino.

La relación especial, y el conocido mantra de que el compromiso de Estados Unidos con Israel es “inquebrantable”, también ha hecho que ser pro-Israel sea una prueba de fuego para servir en el gobierno y ha impedido que muchos estadounidenses capaces contribuyan con su talento y dedicación a la vida pública. Apoyar fervientemente a Israel no es una barrera para una posición alta en el gobierno; en todo caso, es una ventaja, pero ser incluso levemente crítico significa problemas instantáneos para cualquier persona designada. Ser percibido como insuficientemente “pro-Israel” puede descarrilar un nombramiento, como sucedió cuando el veterano diplomático y exsecretario adjunto de Defensa de EE. UU., Chas W. Freeman, fue elegido inicialmente para encabezar el Consejo de Inteligencia Nacional en 2009, o puede obligar a los nominados a denigrar actos de contrición y abnegación. El caso reciente de Colin Kahl, cuya nominación como subsecretario de Defensa para Políticas apenas obtuvo la confirmación del Senado a pesar de sus impecables credenciales, es otro ejemplo de este problema, por no hablar de las muchas personas bien calificadas que ni siquiera son consideradas para su nombramiento debido a los equipos de transición no desean crear controversia. Permítanme enfatizar que la preocupación no es que tales personas no fueran lo suficientemente dedicadas a Estados Unidos; el temor era que pudieran no estar inequívocamente comprometidos a ayudar a un país extranjero.

Esta situación malsana impide que las administraciones demócrata y republicana busquen los mejores talentos y se suma a la creciente deshonestidad del discurso público estadounidense. Los ambiciosos expertos en política aprenden rápidamente a no decir lo que realmente piensan sobre los problemas relacionados con Israel y, en cambio, sí a vociferar platitudes familiares incluso cuando están en desacuerdo con la verdad. Cuando estalla un conflicto como el más reciente de violencia en Gaza, los funcionarios públicos y los secretarios de prensa se retuercen en sus podios, tratando de no decir nada que pueda causarles problemas a ellos o a sus jefes. El peligro no es que queden atrapados en una mentira; el riesgo real es que, sin saberlo, digan la verdad. ¿Cómo se puede tener una discusión honesta sobre los repetidos fracasos de la política estadounidense en Oriente Medio cuando las consecuencias profesionales de desafiar la visión ortodoxa son potencialmente desalentadoras?

Sin duda, comienzan a aparecer grietas en la relación especial. Es más fácil hablar sobre este tema de lo que solía ser (asumiendo que no esperas un trabajo en el Departamento de Estado o de Defensa), y personas valientes como Peter Beinart y Nathan Thrall han ayudado a traspasar el velo de la ignorancia que hace mucho tiempo está rodeando estos temas. Algunos partidarios de Israel han cambiado sus posiciones de manera que les dan un gran crédito. La semana pasada, el New York Times publicó un artículo que detallaba las realidades del conflicto de una manera que rara vez, o nunca, lo había hecho antes. Los viejos clichés sobre la “solución de dos Estados” y el “derecho de Israel a defenderse” están perdiendo su poder de maleficio, e incluso algunos senadores y representantes han moderado su apoyo a Israel últimamente, al menos retóricamente. Pero la pregunta clave es si este cambio en el discurso conducirá a un cambio real en la política estadounidense y cuándo lo hará.

Pedir el fin de la relación especial no es abogar por boicots, desinversiones y sanciones o el fin de todo el apoyo de Estados Unidos. Más bien, es pedir a Estados Unidos que tenga una relación normal con Israel similar a las relaciones de Washington con la mayoría de los demás países. Con una relación normal, Estados Unidos respaldaría a Israel cuando hiciera cosas que sean consistentes con los intereses y valores de Estados Unidos y se distanciaría cuando Israel actuó de otra manera. Estados Unidos ya no protegería a Israel de la condena del Consejo de Seguridad de la ONU, excepto cuando Israel claramente mereciera tal protección. Los funcionarios estadounidenses ya no se abstendrían de criticar directamente y sin rodeos el sistema de apartheid de Israel. Los políticos, expertos y legisladores estadounidenses serían libres de elogiar o criticar las acciones de Israel, como lo hacen habitualmente con otros países, sin temor a perder sus trabajos o ser enterrados en un coro de difamaciones por motivos políticos.

Una relación normal no es un divorcio: Estados Unidos continuaría comerciando con Israel y las empresas estadounidenses seguirían colaborando con sus homólogos israelíes en cualquier número de empresas. Los estadounidenses seguirían visitando Tierra Santa, y los estudiantes y académicos de los dos países continuarían estudiando y trabajando en las universidades de cada uno. Los dos gobiernos podrían continuar compartiendo inteligencia sobre algunos temas y consultar con frecuencia sobre una serie de temas de política exterior. Estados Unidos aún podría estar listo para acudir en ayuda de Israel si su supervivencia estuviera en peligro, como podría estarlo para otros estados. Washington también se opondría firmemente al antisemitismo genuino en el mundo árabe, en otros países extranjeros y en su propio patio trasero.

Una relación más normal también podría beneficiar a Israel. Desde hace mucho tiempo, el cheque en blanco de apoyo de los Estados Unidos ha permitido a Israel seguir políticas que han fracasado repetidamente y han puesto en mayor duda su futuro a largo plazo. La principal de ellas es la política de asentamientos en sí misma y el deseo no tan oculto de crear un “Gran Israel” que incorpore Cisjordania y confine a los palestinos en un archipiélago de enclaves aislados. Pero se podría agregar a la lista la invasión de Líbano de 1982 que produjo a Hezbollah, los esfuerzos israelíes pasados ??para reforzar a Hamas para debilitar a Fatah, el asalto letal al buque de ayuda de Gaza Mavi Marmara en mayo de 2010, la brutal guerra aérea contra el Líbano en 2006 que hizo Hezbollah más popular, y los asaltos anteriores a Gaza en 2008, 2009, 2012 y 2014. La falta de voluntad de Estados Unidos para condicionar la ayuda a que Israel otorgue a los palestinos un estado viable también ayudó a condenar el proceso de paz de Oslo, desperdiciando la mejor oportunidad para una auténtica solución de dos estados.

Una relación más normal, una en la que el apoyo de Estados Unidos fuera condicional en lugar de automático, obligaría a los israelíes a reconsiderar su curso actual y hacer más para lograr una paz genuina y duradera. En particular, tendrían que repensar la creencia de que los palestinos simplemente desaparecerán y comenzarán a considerar soluciones que aseguren los derechos políticos de judíos y árabes por igual. Un enfoque basado en los derechos no es una panacea y enfrentaría muchos obstáculos, pero sería consistente con los valores declarados de los Estados Unidos y ofrecería más esperanza para el futuro que lo que Israel y los Estados Unidos están haciendo hoy. Lo más importante de todo es que Israel tendría que comenzar a desmantelar el sistema de apartheid que ha creado durante las últimas décadas porque incluso a los Estados Unidos le resultará cada vez más difícil mantener una relación normal si ese sistema permanece intacto. Y ninguna de estas posiciones implica la más mínima aprobación o apoyo a Hamas, que es igualmente culpable de crímenes de guerra en los combates recientes.

¿Espero que los cambios descritos aquí tengan lugar pronto? No. Aunque una relación normal con Israel, similar a las que tiene Estados Unidos con casi todos los demás países del mundo, no debería ser una idea especialmente controvertida, todavía hay poderosos grupos de interés que defienden la relación especial y muchos políticos estancados con una visión anticuada del problema. Sin embargo, el cambio puede ser más probable e inminente de lo que uno podría pensar, razón por la cual los defensores del status quo se apresuran a difamar y marginar a cualquiera que sugiera alternativas. Puedo recordar cuando se podía fumar en los aviones, cuando el matrimonio entre homosexuales era inconcebible, cuando Moscú gobernaba Europa del Este con mano de hierro, y cuando pocas personas pensaban que era extraño que las mujeres o personas de color rara vez se vieran en las salas de juntas, en las facultades universitarias o en las oficinas públicas. Sin embargo, una vez que la discusión pública sobre un tema se vuelve más abierta y honesta, las actitudes pasadas de moda pueden cambiar con sorprendente rapidez y lo que antes era impensable puede volverse posible, incluso normal.


¹ Es profesor de relaciones internacionales de la cátedra Robert y Renée Belfer en la Universidad de Harvard. 

Realismo basado en principios: un equilibrio de política exterior

Realismo basado en principios: un equilibrio de política exterior

por Tar?k O?uzlu¹ para Daily Sabah

Aunque tiene sentido separar los valores de los intereses en los estudios teóricos sobre política exterior, esta es una lucha cuesta arriba en la vida real. ¿Dónde podemos trazar la línea, separando los dos, en la formación e implementación de las preferencias de política exterior?

Si bien los realistas tienden a creer que la política exterior libre de valores es la única alternativa a elegir en el ámbito de la política internacional, los liberales y constructivistas argumentan que la forma en que los actores se definen a sí mismos tiene un impacto decisivo en cómo definen sus intereses nacionales y los implementan en consecuencia.

Mientras que los realistas creen que los intereses nacionales definidos en términos de poder deben dictar los compromisos internacionales de los estados, los liberales y constructivistas tienden a argumentar que las conceptualizaciones de valores domésticos y las imaginaciones de identidad deben permanecer en el centro de sus relaciones internacionales.

Esta discusión también puede reducirse a la cuestión más amplia de qué lógica debería impulsar las acciones humanas. Mientras que los realistas parecen estar más predispuestos a simpatizar con la lógica de las consecuencias, los liberales y constructivistas parecen estar más en línea con la lógica de lo apropiado.

La primera sostiene que el valor de una acción se deriva de su utilidad esperada, mientras que la segunda sostiene que si la acción adoptada no se corresponde con los reclamos de identidad y la disposición de valor del actor mismo, nunca podrá ser vista como legítima o apropiada sin importar cuán beneficiosa podría ser.

Cuál de estas lógicas de acción debería dar forma a las políticas exteriores de los estados es una cuestión importante, pero que desafía las respuestas fáciles y las generalizaciones amplias.

Dos hechos en política

Creo que podemos ofrecer una solución a este dilema admitiendo dos hechos de la política internacional. En primer lugar, a todos los Estados, independientemente de sus capacidades de poder material, les gustaría operar en un entorno internacional en el que otros consideran legítimos sus valores políticos y sus reivindicaciones de identidad.

Desde esta perspectiva, no hay nada de malo si los estados intentan dar forma a su entorno externo basándose en sus valores y normas internas. Esto es bastante normal. Si cree que la democracia liberal es la forma de gobierno más legítima, se sentiría muy feliz si aumentara el número de estos regímenes en la política global.

Asimismo, si eres un ferviente creyente del autoritarismo en casa, puedes lanzar iniciativas en el extranjero para hacer que el mundo sea más seguro para el autoritarismo. Si es así, seguir una política exterior normativa cargada de valores que apunte a la transformación de otros actores del sistema es un reflejo de sus valores y es un ejemplo de realismo. Es probable que esto suceda a pesar de que el realismo canónico sugiere que los estados deberían aceptar a otros actores del sistema tal como son y evitar la predicación de valores y los ejercicios de construcción nacional en el extranjero.

Sin embargo, ¿qué tan realista sería que los estados renunciaran a la posibilidad de transformar el entorno externo para reflejar el suyo? Un entorno externo favorable sin duda aumentaría la posibilidad de lograr intereses nacionales de diferente índole.

En segundo lugar, los esfuerzos de los estados para ayudar a crear un ambiente amigable en el extranjero deben estar impulsados ??por dos principios. En primer lugar, las políticas de transformación en el extranjero deben utilizarse en la medida en que lo permitan las capacidades de poder material.

Las limitaciones de poder deberían dictar hasta dónde deberían llegar los ejercicios normativos en el extranjero. Si las capacidades de poder material no permiten emprender ambiciones normativas en el exterior, estas últimas deben descartarse y debe prevalecer un enfoque sereno en la política exterior.

Si las capacidades no permiten que los compromisos normativos se logren con facilidad, el mejor enfoque sería tratar con los demás actores tal cual son y aprovechar al máximo el proceso de cooperación.

En segundo lugar, los estados deben poner el principio cardinal de la moral secular en el centro de sus compromisos con otros actores, que es que uno no debe tratar a los demás de la forma en que no le gustaría que lo trataran a usted. Nadie quiere que se le pida que haga algo por coacción o imposición.

Esto sugiere que incluso si los estados tienen la capacidad de poder material para imponer sus valores a otros y transformarlos para que coincidan con los suyos, deberían hacerlo a través del poder de la inducción o la excitación y la atracción o la persuasión en lugar de a través de la coacción.

Todo esto nos lleva a argumentar que las competencias de poder en la política internacional abarcan tanto elementos materiales como ideológicos o normativos y que perseguir políticas normativas y transformacionales en el exterior es un ejercicio tan realista como parece ser liberal e ideológico.

Sin embargo, ese realismo también debería basarse en principios y reflejar las características por excelencia de la moral secular. En el orden mundial multipolar y policéntrico de hoy, perseguir políticas exteriores transformadoras mediante el empleo abrumador del poder coercitivo es imposible porque ninguna de las potencias globales, y mucho menos las potencias medianas y pequeñas mucho menos poderosas, parece tener tal capacidad.

La capacidad de muchos estados para resistir las políticas exteriores cruzadas tanto en sus regiones como a nivel mundial es mucho mayor ahora de lo que solía ser durante la era bipolar de la Guerra Fría y los años unipolares entre 1991 y 2008.

Ahora, no solo el poder se distribuye de manera más uniforme, sino que también han aumentado constantemente los costos de emplear instrumentos de poder coercitivo en la política exterior.

Además, la COVID-19 indudablemente ha demostrado que en el mundo actual el poder del ejemplo paga más dividendos que el ejemplo del poder.

Una política exterior realista que apunte a la transformación del entorno externo, pero que lo haga teniendo en cuenta las capacidades de poder material y la moral secular consagrada por el tiempo, parece ser una opción mucho mejor que seguir un enfoque liberal fanático que emplea principalmente instrumentos de poder coercitivo.


¹ Profesor del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Antalya Bilim.

Diálogos del Sur Global | Política exterior, Rusia y América del Sur

Diálogos del Sur Global | Política exterior, Rusia y América del Sur

El miércoles 7 de Abril comenzó el ciclo “Diálogos del Sur Global. Construyendo puentes en tiempos de pandemia” organizado por la Universidad Estatal Lingüística de Moscú y el diputado del Parlamento del Mercosur, Pablo Vilas. En este primer encuentro, el diálogo tuvo por eje el tema “Política exterior, Rusia y América del Sur” y fue moderado por el Editor general del Observatorio del Sur Global, Sebastián Tapia.

La primera exposición estuvo a cargo del profesor Yan Burliay, Director del Centro de Programas Iberoamericanos en la Universidad Estatal Lingüística de Moscú y con una larga trayectoria diplomática representando a Rusia en países latinoamericanos. El profesor recordó el largo camino de la relación entre Rusia y los países latinoamericanos y marcó cuáles son los ejes sobre los que debería florecer esta relación, haciendo principal hincapié en la colaboración tecnológica-científica.

El parlamentario del Mercosur, Pablo Vilas, recalcó la importancia de la integración de los pueblos, en la región y con otras regiones, para fortalecer la cooperación internacional. Destacó los procesos de construcción de soberanía en ambas regiones a partir de comienzos del siglo XXI. Finalmente resaltó el rol del Estado para poder salvar las dificultades surgidas en esta pandemia.

1º Diálogo – “Política exterior, Rusia y América del Sur”

En el marco de los “Diálogos del Sur Global: Construyendo puentes en medio de la Pandemia”, en esta primera entrega "“Política exterior, Rusia y América del Sur” contaremos con exposiciones del Profesor Yan Burliay, Director del Centro de Programas Iberoamericanos de la Universidad Estatal Lingüística de Moscú; del Diputado Pablo Vilas, Parlamentario del Mercosur por la República Argentina. Modera Sebastian Tapia, Editor General del Observatorio del Sur Global.

Publicado por Observatorio del Sur Global en Miércoles, 7 de abril de 2021

El ciclo de diálogos continúa el próximo miércoles 14 de Abril a las 10hs de Buenos Aires, 16hs de Moscú, con el episodio llamado “Construcción de Identidad en los procesos regionales: El caso de sudamérica y de la identidad euroasiática de Rusia”. En el mismo intervendrán el profesor Antón Emeliánov, titular de la cátedra de Teoría del Regionalismo de la Universidad Estatal Lingüística de Moscú, y el diputado del Parlamento del Mercosur, Pablo Vilas.

El ciclo de diálogos puede seguirse en vivo por la página de facebook del Observatorio del Sur Global, por el perfil de facebook del profesor Emeliánov y por la cuenta de Twitter @PabVilas.

Principales ejes de Política Internacional en el discurso de Alberto Fernandez

Principales ejes de Política Internacional en el discurso de Alberto Fernandez

por Manuel Lozano

El pasado 1ro de marzo el Presidente de la República Argentina, Alberto Fernández, dio inicio al periodo legislativo en el cual pronunció un discurso donde hizo un repaso de las principales acciones en su primer año de gobierno y expresó definiciones respecto al rumbo que tomará a futuro. Respecto a la política internacional de la Nación, Fernández profundizó en temas como el golpe de Estado en el Estado Plurinacional de Bolivia, la relación con México, la integración con la CELAC, el desafío de la vacunación y la reafirmación de la soberanía por las Islas Malvinas.

Vacunas

En primer lugar Fernández habló sobre las vacunas contra el COVID-19. Destacó el rol que tuvo el gobierno argentino para dialogar con diferentes empresas y países que producen vacunas. Por ejemplo, la relación con México que entre ambos países permite la producción de la vacuna de Oxford-AstraZéneca que tiene como destino la totalidad del continente latinoamericano.

“Somos un país solidario. Con México dimos impulso a la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe, la CELAC, que será el marco para la distribución de vacunas a precio accesible. Nuestro presente y nuestro futuro es con la Patria Grande. Queremos una América Latina unida.”

También destacó la participación en el fondo de COVAX que es promovido por la Organización Mundial de la Salud y proveerá de manera organizada y solidaria las vacunas. Argentina está recibiendo desde diciembre las vacunas SPUTNIK-V,  sobre las que Fernández mencionó que la provisión de las mismas está siendo a un ritmo menor de lo establecido contractualmente. Y en febrero comenzaron a recibir las vacunas Sinopharm, provenientes de la República Popular China.

Más allá de mencionar los diversos acuerdos de las vacunas que Argentina negoció y acordó, el Presidente realizó una crítica al principal problema que surge respecto a este tema: el 10% de los países concentra el 90% de la disponibilidad de dosis existentes. Marcando así el problema existente de la falta de cooperación entre las naciones y la profunda inequidad que afecta al mundo.

“Dos veces propuse en las cumbres del G-20 un Pacto de Solidaridad Global y un Fondo Humanitario para hacer frente al impacto del coronavirus. Cuando nuestro gobierno reclama más multilateralismo, piensa en nuestro pueblo y en los otros pueblos. Un mundo con vacunas para pocos será un mundo más injusto y más violento.”

Deuda

En segundo lugar, Fernández destacó que Argentina logró una exitosa renegociación con los tenedores de deuda externa privada que le permitió al país ahorrar U$S 34.800 millones de dólares entre el período 2020-2030. A su vez agradeció el apoyo internacional en esta difícil situación:

“Quiero agradecer muy especialmente el apoyo que recibí de líderes y lideresas del mundo para lograr ese objetivo. Y el apoyo que continúan dando para resolver otros desafíos pendientes.”

Sin embargo, también hizo énfasis en el préstamo que adquirió la República Argentina en la gestión del ex-Presidente Mauricio Macri por un total de U$S44.000 millones de dólares y que se utilizaron exclusivamente como facilitador para la fuga de capitales del mercado financiero argentino permitido por las autoridades de la gestión de Macri. En una crítica clara el FMI sintetizó:

“por boca del mismísimo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, que en sus días de director del Fondo Monetario Internacional en representación de la administración Trump, impulsó el otorgamiento de semejante préstamo para favorecer al entonces presidente Macri en la búsqueda de su reelección.”

Por ello decidió solicitar el inicio de una querella criminal que determine quiénes fueron los autores de tal fraudulenta administración y que todo aquello que sea objeto de denuncia en la Argentina sea puesto en conocimiento ante la Oficina de Evaluación Independiente del FMI.

“Nuestras negociaciones con el Fondo Monetario Internacional seguirán adelante, en un marco de respeto y tratando de arribar a buen puerto. El diálogo ha sido hasta aquí muy constructivo. Hemos recibido muestras de apoyo tanto de la comunidad internacional como de los miembros del G-20.”

Soberanía

Otro de los temas que fueron parte del discurso de Fernández fue la cuestión Antártida. Argentina es el país que mayor presencia ininterrumpida tiene en el continente antártico y a su vez es el que más bases posee. Enfatizó que el gobierno argentino tiene como prioridad reivindicar la recuperación del ejercicio de la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos circundantes y de los recursos naturales en el Atlántico Sur.

En la gestión de Fernández se aprobó un proyecto de ley que tiene como objetivo el avance en la defensa de la soberanía. Este significó la ampliación de la Plataforma Continental que permite identificar con claridad los límites del territorio nacional y combatir la exfoliación de recursos por parte de otros países como es la pesca ilegal.

“Nuestra estrategia de desarrollo concibe una Argentina bicontinental que va de La Quiaca al Polo Sur. Una Argentina que está dispuesta, de la mano de América Latina y de la gran mayoría de los países del mundo que en el 2020 han vuelto a apoyar nuestra posición en todos los organismos multilaterales, a mantener nuestro firme reclamo al Reino Unido para la reapertura del diálogo bilateral por la soberanía en los términos que plantean las Naciones Unidas.”

Bolivia

Los derechos humanos también fueron parte del discurso. El Presidente se refirió al orgullo que siente respecto a la política de fraternidad con el Estado Plurinacional de Bolivia, desconociendo el régimen de facto que derrocó a Evo Morales y ayudando a darle asilo tanto a él como a otros tantos ciudadanos bolivianos que durante los días del golpe sus vidas corrieron peligro. Recordemos el rol que tuvo la República Argentina en el acompañamiento para que Bolivia pueda reincorporarse a la senda democrática.

Mercosur

Por último realizó una mención al treinta aniversario del Mercosur que se cumplirá este 26 de marzo y donde Argentina ejerce la presidencia pro-tempore hasta mediados de año. Profundizar las relaciones económicas y políticas en la región es uno de los grandes desafíos de Fernández en su agenda internacional.

“Festejaremos los 30 años del Tratado de Asunción, que fue la piedra basal para nuestra integración, la que permite una convivencia cordial y productiva con los vecinos y permite que, juntos, podamos negociar mejor en el mundo.”

De esta manera, pudimos ver a un Presidente que apuesta por la agenda bilateral pero también por los espacios de cooperación y de multilateralismo, por ejemplo, ejerciendo sus críticas para con el Fondo Monetario Internacional pero generando espacios de respeto y trabajo conjunto. Así como también la necesidad de avanzar en la integración regional.

La doctrina Sinatra

La doctrina Sinatra

por Josep Borrell para Politica Exterior.com
 
Para no quedar aprisionada entre EEUU y China, la UE debe tratar con ellos a su manera: ver el mundo con sus propias lentes, actuar en defensa de sus valores e intereses y utilizar los instrumentos de poder de los que dispone.

Todo ha cambiado en la relación entre Estados Unidos y China desde que, a principios de este año, firmaban en Washington el acuerdo que debía poner fin a la guerra comercial iniciada en 2018. Hoy su rivalidad se extiende a todas las áreas, con cierres de consulados y recriminaciones mutuas, reflejando la competencia por la supremacía geopolítica mundial entre las dos grandes superpotencias como si de una nueva guerra fría se tratara.

¿Ha sido el coronavirus lo que ha producido este cambio? Aunque ese ­inesperado y exógeno agente no entienda de ideologías, sin duda ha actuado como un catalizador de una rivalidad subyacente que va a ser el factor geopolítico determinante de la época posvirus.

El papel de la Unión Europea en ese escenario y cómo hacer frente a una China que desarrolla con determinación su nueva estrategia global es una cuestión fundamental para nuestro futuro. Y solo la podremos contestar positivamente desde la unidad entre los Estados miembros y la capacidad de utilizar nuestros instrumentos comunitarios, en particular el poder de nuestro mercado único. La unidad es fundamental en todos los terrenos de nuestra relación con Pekín, porque ningún Estado europeo es capaz de defender solo sus intereses y sus valores frente a la dimensión y la potencia de China, a la que necesitamos para resolver los grandes problemas globales, desde las pandemias al cambio climático o la construcción de un multilateralismo eficaz.

En este nuevo escenario geopolítico, 2020 puede pasar a la historia como un año clave en las relaciones UE-China. A pesar de las dificultades creadas por la pandemia del coronavirus, los encuentros de alto nivel nunca habían sido tan intensos. El 22 de junio tuvo lugar la XXII Cumbre UE-China, celebrada por videoconferencia con una duración muy superior a la programada. Hay conversaciones en curso para programar otra videoconferencia de alto nivel que reuniría a los presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión, así como a la canciller Angela Merkel, en representación de Alemania, que ostenta la presidencia semestral de la UE, con el presidente Xi Jinping. Y antes de final de año, si el Covid-19 lo permite, debe tener lugar en Leipzig (Alemania) una cumbre que reúna al presidente chino con los del Consejo Europeo, la Comisión y los Veintisiete jefes de Estado y de gobierno europeos.

El objetivo es concluir antes de que acabe 2020 el acuerdo de inversiones UE-China, que llevamos negociando desde 2013. En la citada Cumbre con China de junio, la UE mostró a Pekín su decepción por la falta de progresos en la aplicación de los acuerdos alcanzados en la anterior reunión de 2019. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, señaló claramente que Pekín no había cumplido sus compromisos de reciprocidad en el acceso al mercado chino y reducción de las ayudas a las compañías estatales, lo que sitúa las empresas europeas en clara desventaja competitiva.

Nuevas características chinas

También para nosotros, los europeos la crisis, del coronavirus ha acelerado tendencias que se observaban en los últimos años y ha puesto de manifiesto algunas de nuestras debilidades en la relación con China, a la que hemos visto cómo se ha vuelto progresivamente más asertiva, expansionista y autoritaria, como describo a continuación.

Asertiva en la defensa de sus intereses. China quiere recuperar el papel que considera debe ser el suyo en la política internacional. Durante 18 siglos, hasta la primera Revolución Industrial, fue el país más rico del mundo. Como ha estudiado Angus Maddison, en 1820, antes de que perdiera el tren de esa revolución, China aún producía el 30% del PIB mundial: más que Europa y EEUU juntos.

China siempre se ha considerado el imperio del Centro, “la” gran civilización o “todo bajo el cielo”. Esta centralidad se reflejaba en el kowtow, el acto de postrarse ante el emperador. Sin embargo, no pretendía necesariamente exportar sus valores.

Hay, no obstante, un cambio sustantivo en la actitud de los actuales líderes chinos, que con la iniciativa Made in China 2025 han mostrado su ambición de convertirse en un poder tecnológico global. El “sueño chino”, propuesto por el presidente Xi, sería la manera de conseguirlo. Esta ambición de liderazgo es la principal diferencia con épocas pasadas. De hecho, China trata de ocupar el espacio político que está dejando EEUU tras su progresiva retirada de la escena internacional. Su objetivo es la transformación del orden internacional hacia un sistema multilateral selectivo con características chinas, en el que se prioricen los derechos económicos y sociales sobre los políticos y civiles.

Esta estrategia se despliega en varios frentes. Entre ellos, socavar normas internacionales –como la aplicación de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar en el mar de China Meridional–; promover lenguaje e ideales chinos como “comunidad de destino compartido” –visión china de las relaciones internacionales basada en la cooperación, los intereses y responsabilidades compartidas, la cooperación en la lucha contra amenazas transnacionales y la inclusividad política, según la premisa de que ningún modelo político tiene aplicación universal–; ocupar altos cargos en el sistema de Naciones Unidas, en el que ciertamente China estaba subrepresentada –en poco tiempo, ha pasado a presidir cuatro de las 15 agencias de la ONU y a vicepresidir seis de ellas–1 o reducir la financiación de iniciativas multilaterales en el ámbito de los derechos humanos.

Atrás queda la política exterior china inspirada en el discurso de Deng Xiaoping de 1974 ante la Asamblea General de la ONU, donde afirmó que “China no es una superpotencia, ni buscará nunca serlo. ¿Qué es una superpotencia? Una superpotencia es un país imperialista que en todas partes somete a otros países a su agresión, interferencia, control, subversión o saqueo y lucha por la hegemonía mundial”.

 

«En los últimos 30 años, el gasto militar chino ha pasado de poco más del 1% al 14% mundial. En 2020 lo aumentará un 6,6%»

 

El nuevo estilo de la política exterior china se conoce como la denominada “diplomacia del lobo guerrero”, inspirada en una serie de superproducciones basada en una versión china de Rambo. En esta nueva forma de comunicar, diplomáticos chinos de alto nivel responden de forma agresiva a cualquier crítica al régimen en redes sociales generalmente prohibidas en China. Según esta nueva actitud, el papel creciente de China en el mundo requiere salvaguardar sus principales intereses de manera inequívoca e incondicional.

Por ejemplo, Australia, que depende en gran medida del comercio con China (32,6% de sus exportaciones), ha sufrido directamente esta firmeza por parte china. Después de que el primer ministro australiano, Scott Morrison, pidiera una investigación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre los orígenes del coronavirus, China respondió imponiendo aranceles del 80,5% sobre las exportaciones de cebada australianas y suspendiendo licencias que afectaban al 35% de las exportaciones australianas de vacuno a China. Si estas medidas se expanden a otros sectores, se calcula que el desencuentro puede llegar a costarle a Australia un 1% de su PIB.

Expansionista. Desde una perspectiva histórica, la actitud china con respecto al resto del mundo ha cambiado mucho. Bajo la dinastía Song (960-1279) China dominaba la tecnología naval. Sin embargo, no la utilizó para ocupar territorios y desarrollar un imperio colonial ultramarino. Entre 1405 y 1433, antes de que los europeos lanzaran sus campañas marítimas, el almirante Zheng He navegó hasta Java, India, el cuerno de África o el estrecho de Ormuz con una flota que habría hecho palidecer a la armada española (que llegaría 150 años más tarde) en tamaño y sofisticación. Ahora, a diferencia de entonces, China sí está dispuesta a utilizar su ventaja tecnológica y militar para aumentar su influencia política.

En los últimos 30 años, el gasto militar chino ha pasado de poco más del 1% al 14% mundial, y este año lo aumentará el 6,6%, según datos del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (Sipri). Esta claro que Xi Jinping quiere hacer de lo que en su tiempo se denominó el “ejército de liberación del pueblo” la principal potencia tecnológica militar en 2049. China mostró orgullosa en la conmemoración del 70 aniversario de la fundación de la Republica Popular su arsenal atómico, que puede ser utilizado por tierra, mar y aire.

El embargo de venta de armas decretado contra China desde los acontecimientos de Tiannamen, en 1989, sigue en vigor, pero China ya no depende de las importaciones de material militar. Ha desarrollado una industria armamentística, sobre todo naval y balística, de primer orden y cada an?o aumenta sus exportaciones. Aunque las capacidades del ejército chino siguen lejos de las del estadounidense, la distancia es mucho menor que hace unas décadas, y en algunos ámbitos apenas hay diferencias. Dentro de un año, China dispondrá de cuatro portaaviones operativos, y algunos informes estadounidenses señalan que “China supone ahora un gran desafío a la capacidad de la marina estadounidense de dominar y controlar las aguas del Pacífico occidental”.

Ciertamente, el expansionismo chino es más evidente en el mar de China Meridional, donde Pekín ha incrementado su presencia creando islotes artificiales y militarizándolos, sin respetar el arbitraje de 2016 que daba la razón a sus vecinos del sureste asiático. Pero también en Nepal, Myanmar o Sri Lanka, zona de influencia de la política exterior de India. La tensión entre Pekín y Nueva Delhi ha aumentado recientemente, como atestiguan los encontronazos de ambos ejércitos en la disputada frontera del Himalaya.

La realpolitik china se basa en los hechos consumados: la acumulación paciente y sutil de ventajas sobre el terreno. Los juegos de mesa son un claro ejemplo de la mentalidad china y su diferencia con la europea. Mientras que en Europa somos aficionados al ajedrez, que termina con una victoria total (jaque mate), en China prefieren el weiqi, un juego que consiste en ocupar los espacios vacíos del tablero para rodear las piezas del adversario y reducir su capacidad de respuesta. Y es que como ya dijo el famoso estratega chino Sun Tzu en El arte de la guerra, el “estratega habilidoso vence a su enemigo sin entrar en combate”, creando realidades sobre el terreno que refuerzan su posición y ponen al adversario en una situación de debilidad.

 

«China es el paradigma que ha negado la tesis según la cual la apertura económica y política son dos caras de la misma moneda»

 

Autoritaria. En 2001 Occidente celebró la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) con el convencimiento de que la liberalización comercial iría de la mano de una apertura política, el llamado “Wandel durch Handel” (cambio a través del comercio) o, como los franceses también creían, “le doux commerce” apaciguaría las tensiones y aproximaría los sistemas políticos. Hace tiempo que esta creencia se ha demostrado errónea. La convergencia no se ha producido, al contrario, la divergencia ha aumentado en los últimos años. China es el paradigma que ha negado la tesis según la cual la apertura económica y política son dos caras de la misma moneda. Las nuevas posibilidades de información y control sobre la población que ofrece la tecnología han influido mucho en ello. Una tendencia que no va a disminuir sino aumentar.

Con poderosos instrumentos de vigilancia masiva y el predominio del Partido sobre el Estado, la represión de cualquier muestra de disidencia esta servida. Durante los últimos años hemos visto con preocupación las crecientes violaciones de derechos humanos en China, el aumento de la represión sobre defensores de estos derechos, periodistas e intelectuales y el trato a los uigures en Xinjiang.

El deterioro de la situación en Hong Kong es un claro ejemplo de esta tendencia represiva. Recientemente he expresado, en nombre de los 27 Estados miembros, la gran preocupación de la UE tras la aprobación de la nueva Ley de Seguridad Nacional para Hong Kong, en contra del principio de “un país, dos sistemas” y de los compromisos de China con la comunidad internacional. A petición de los ministros de Asuntos Exteriores europeos, he presentado un conjunto de medidas para dar respuesta a esta vulneración de la autonomía de Hong Kong. Estas incluyen la limitación de las exportaciones de tecnologías de vigilancia, la revisión de los acuerdos de extradición que varios Estados miembros tienen con Hong Kong o el aumento de becas y visados para sus estudiantes.

La respuesta europea

Para que la UE no quede aprisionada en la relación conflictiva entre EEUU y China, debe tener una respuesta específica, ver el mundo con sus propias lentes y actuar en defensa de sus valores e intereses, que no siempre coinciden con los de EEUU. Para resumir, y como he dicho en alguna ocasión, la UE tiene que actuar “a su manera”. Eso ha dado lugar a que algunos comentaristas le llamen “doctrina Sinatra”, en referencia a su canción My Way. No importa si así se hace más fácilmente transmisible de qué se trata. Hubiera podido decir que Europa tiene que aumentar su autonomía estratégica o su soberanía, pero seguramente no habría tenido el mismo eco.

La respuesta de la UE, “a su manera”, debe ser una vía propia que evite un alineamiento con EEUU o China. Esta doctrina estaría basada en dos pilares: seguir cooperando con Pekín para dar respuesta a los retos globales como el cambio climático, la lucha contra el coronavirus, conflictos regionales o el desarrollo de África, a la vez que fortalecemos la soberanía estratégica de la UE, protegiendo nuestros sectores económicos tecnológicos, claves para disponer de la autonomía necesaria y promover los valores e intereses europeos internacionales.

No se trata de un cambio de política, sino de una evolución dentro de los parámetros de la Estrategia de la UE hacia Pekín de 2019, que ya identificó a China como un socio estratégico con el que la UE coopera, a la par que un competidor y un rival sistémico. No caigamos en simplismos maniqueos: nuestra relación con China es y será inevitablemente complicada porque es nuestro segundo socio comercial, y tiene que serlo también para resolver problemas globales. Al mismo tiempo, es inevitablemente un competidor, tecnológico y económico. La dificultad de la relación con China también estriba en la diferencia entre nuestros sistemas políticos.

Tras la conformación, desde el inicio de la pandemia, de una “batalla de narrativas” y una “diplomacia de la generosidad” (expresión que fui de los primeros en utilizar atrayéndome no pocas críticas), rebautizada después como “diplomacia de las mascarillas”, la UE debe apuntalar su estrategia con tres pilares: luchar contra las operaciones chinas de desinformación, oponerse a la promoción de un multilateralismo “selectivo” (donde China solo lo defienda cuando le convenga), y garantizar el cumplimiento de los compromisos chinos para que las empresas europeas accedan con reciprocidad a los mercados y programas de investigación e innovación del país asiático. Necesitamos imperativamente equilibrar nuestra relación económica y acabar con algunas ingenuidades pasadas.

Independencia frente a dos competidores/rivales no significa equidistancia. Nuestra larga historia común y los valores compartidos con EEUU nos acercan más a Washington que a Pekín. La cooperación con EEUU en el seno de la OTAN, por ejemplo, sigue siendo crucial para la defensa europea. Sin embargo, para ser capaces de seguir tomando decisiones políticas de manera autónoma como europeos, debemos invertir en soberanía estratégica. En este sentido, en la UE hemos adoptado recientemente medidas para proteger nuestros intereses, como los instrumentos de defensa comercial, el reglamento para el escrutinio de inversiones extranjeras o el libro blanco sobre el control de las subvenciones a empresas extranjeras que provoquen distorsiones en el mercado único. Está también en proceso de adopción el instrumento internacional de contratación pública. Aunque estas medidas no van dirigidas contra ningún país en concreto, sus efectos permitirán mitigar el desequilibrio en nuestra relación comercial con China.

 

«Aunque algunos analistas hablan de nueva guerra fría, este marco teórico resulta engañoso. EEUU y la URSS nunca estuvieron tan interconectados como lo están hoy chinos y estadounidenses»

 

La razón de ser de la UE es defender, con la fuerza de la unidad, los valores y los intereses europeos. A ambos hacen referencia explícita nuestros tratados fundacionales. Pero creo que no hemos de escoger entre proteger nuestra economía o nuestros valores fundamentales. Los datos demuestran que, globalmente, no somos tan dependientes de China como muchos creen. Lo somos en el caso de empresas concretas en sectores determinados. Así, solo el 7% de las exportaciones alemanas de mercancías se destinan a China. Y Alemania es el país europeo que más exporta al país asiático. En términos de valor añadido, las exportaciones alemanas a China representaban, en 2015, el 2,8% del valor añadido total de sus exportaciones, según el estudio de Jürgen Matthes, en IW-Report del German Economic Institute.

No obstante, es cierto que, si nos centramos en sectores concretos como el del automóvil, la dependencia es evidente. De los 10 millones de coches que el grupo Volkswagen vendió en 2018, cuatro millones fueron al mercado chino, el 40% de sus ventas. A menudo pensamos en la importancia de países terceros para nuestras economías, sin prestar suficiente atención al comercio con nuestros socios europeos. Pero la realidad es que el 60% de las exportaciones alemanas son a países de la UE. Lo que no quita importancia al papel trascendental de la demanda asiática, china en particular, para la industria alemana en sectores claves de su actividad.

Cada vez es más evidente que China se aprovecha de ventajas en nuestra relación económica: su decisión de autodenominarse país en desarrollo al acceder a la OMC le ha permitido, por ejemplo, evitar concesiones comerciales y compromisos significativos para reducir las emisiones de gases contaminantes. Asimismo, China subsidia a sus empresas estatales y tiene el mayor stock de barreras comerciales y de inversión registradas, como ha documentado un informe de 2019 de la Comisión Europea. Las compañías europeas sufren disparidades en el acceso a su mercado, en particular para licitaciones de contratación pública. El statu quo (falta de reciprocidad y desigualdad de condiciones) no es una opción. Nuestra relación es excesivamente asimétrica para el actual nivel de desarrollo chino. Y eso debe corregirse.

Si no lo hacemos ahora, dentro de unos años será demasiado tarde. Los productos chinos continuarán subiendo en la cadena de valor y aumentará nuestra dependencia económica y tecnológica. El esfuerzo tecnológico de la UE debe aumentar en paralelo a nuestra autonomía estratégica. Debemos evitar llegar al punto donde, como dice mi amigo Enrico Letta, los europeos tengamos que escoger entre ser una colonia china o estadounidense. Como decía al principio de estas páginas, la clave de nuestro éxito dependerá, en gran medida, de la capacidad para aprovechar el potencial del mercado único europeo, mantener la unidad entre los Estados miembros y hacer valer nuestros estándares internacionales.

El segundo pilar de la doctrina Sinatra es la cooperación. No insistiré lo suficiente en que colaborar con Pekín es fundamental para responder de manera efectiva a los retos globales. La lucha contra el cambio climático es el ejemplo más evidente. La UE supone el 9% de las emisiones mundiales, mientras que China representa el 28%. Aunque los europeos, por milagro, dejásemos mañana de emitir CO2, no cambiaria gran cosa. Solo conseguiremos luchar de manera efectiva contra el cambio climático si logramos que, a nuestros esfuerzos de reducción, se sumen los grandes emisores como China, EEUU o India, y que África siga una senda de desarrollo distinta de la nuestra.

Somos demasiado interdependientes para un desacoplamiento económico respecto de China como el que los EEUU de Donald Trump predican. El coronavirus cambiará la globalización, pero no la suprimirá. Y aunque algunos analistas hablan de nueva guerra fría, este marco teórico resulta engañoso, porque EEUU y la URSS nunca estuvieron tan interconectados como lo están ahora EEUU y China. Como he señalado en varias ocasiones, paradójicamente la estabilidad del dólar, y con ella la del sistema capitalista, depende mucho del Partido Comunista Chino –expresión que el secretario de Estado, Mike Pompeo, utiliza para referirse a China–, puesto que es el segundo país del mundo con más bonos del Tesoro estadounidense, detrás de Japón. En el caso europeo, la interdependencia no es menor: los intercambios comerciales entre la UE y China ascienden a 1.000 millones de euros diarios.

Por otra parte, hay que reconocer que la estrategia de confrontación abierta con China le ha salido cara a EEUU. Según un informe de la Reserva Federal, los aranceles estadounidenses no han servido para que crezca el empleo en EEUU, ni la producción en la industria manufacturera, pero sí han aumentado los costes de producción. Moody’s Analytics estima que la guerra comercial ha costado a Washington unos 300.000 empleos y el 0,3% del PIB del país. Economistas estadounidenses calculan que la guerra comercial costará unos 800 dólares al año a cada familia en EEUU.

Ante los que abogan de manera errónea por una nueva guerra fría, con un mundo fragmentado en dos bloques, la UE debe promover sus intereses, pero en cooperación estrecha con países que defiendan un nuevo y efectivo multilateralismo y la primacía del Derecho Internacional.

Puestos a buscar referencias musicales, quizá podríamos caracterizar el estado de las relaciones UE-China con la legendaria canción de Serge Gainsbourg, Je t’aime… moi non plus, una de las que marcó a los jóvenes de mi generación, relativizando los sentimientos y las contradicciones que conforman las siempre difíciles relaciones de pareja. Y es que, en las relaciones estratégicas, como en el amor, cuentan más los hechos que las palabras. Por eso, siendo prácticos y concretos, será clave que Pekín cumpla con el compromiso de avanzar hacia una relación económica más equilibrada entre la UE y China antes de final de 2020.