Cinco claves para entender la Economía del Cuidado

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“Los problemas «personales» pueden resolverse
solo a través de medios políticos y de acción política”
Carole Pateman

La reciente publicación del informe de Oxfam Tiempo para el cuidado. El trabajo de cuidados y la crisis global de desigualdad, ha puesto el foco sobre una situación históricamente invisibilizada que, en tiempos de pandemia, se revela como determinante. “Las acciones del cuidado suponen una interacción social donde se efectúa una atención directa a necesidades humanas, según les autores Díaz Langou, D’Alessandre y Florito, “el sostenimiento de la sociedad en Argentina, al igual que en casi todos los países del mundo, depende del trabajo no remunerado, en especial, el trabajo del cuidado”. ¿Qué son las actividades de cuidado? ¿Quiénes la realizan? ¿Cuánto tiempo dedican las personas a dichas tareas?  ¿Qué valor se le otorga a la economía del cuidado? Y como consecuencia, ¿Qué tipo de organización social se configura?

El concepto engloba “todas aquellas actividades que son indispensables para que las personas puedan alimentarse, educarse, estar sanas y vivir en un hábitat propicio para el desarrollo de sus vidas. Abarca, por lo tanto, el cuidado material, que implica un trabajo, el cuidado económico, que implica un costo, y el cuidado psicológico, que implica un vínculo afectivo” (CEPAL, 2012). Con ello, se efectúa un bien social imprescindible y un derecho humano básico, “una actividad con costos económicos y emocionales que son compartidos por los individuos, las familias, el mercado, las instituciones y la sociedad en su conjunto” (Franco Patiño, 2010).

Para entender quién asume la economía de cuidados es necesario problematizar la división sexual del trabajo, y existente en toda la sociedad, sostenida directa e indirectamente por creencias acerca de la esencia natural de las mujeres -cis- que crea una predisposición a cierto tipo de actividades domésticas y privadas. “Las mujeres realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado, y constituyen dos terceras partes de la mano de obra que realiza este tipo de trabajo de forma remunerada” (OXFAM, 2020).

A nivel global, OXFAM calcula que las mujeres dedican 12,5 mil millones de horas diarias solo a tareas de cuidado. En nuestro país, según la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, en el año 2013 las mujeres utilizaron 6 horas y 40 minutos diarias frente a 3 horas 40 minutos promedio por parte de los varones. “La sobrecarga de labores de cuidado realizadas por mujeres, incluso, persiste cuando se combinan estas actividades con la participación en el mercado laboral: una mujer con empleo dedica más horas al cuidado, en promedio, que un varón desempleado” (OGyPP, 2020).Para establecer el valor y los ingresos que se obtienen dentro de este sistema de cuidados, “se ha cuestionado la idoneidad de tratar de asignar un valor económico al trabajo de cuidado no remunerado, ya que es imposible que una cifra refleje el valor real de los cuidados, y los reduce a una mera cuantificación financiera en la economía de mercado” (OXFAM, 2020).  La mayoría de las actividades están bajo una informalidad laboral y enmarcada de significaciones sociales en torno a gestos privados propios de una relación sentimental.

La economía del cuidado se presenta como una expresión del sistema actual de creencias, patriarcal, que designa roles sociales de forma binaria. “Todo parece indicar que esta desigualdad se perpetuará durante generaciones: si las actuales tendencias de distribución del trabajo de cuidados en función del género se mantienen, harán falta 210 años para que el trabajo de cuidados no remunerado se distribuya de forma equitativa entre hombres y mujeres” (OXFAM, 2020).  La respuesta, al sostenimiento o cambio de la actual problemática, es política.

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