En diálogo con Roberto Caballero por la AM530, Federico Montero analiza las horas de máxima tensión en Medio Oriente tras el ultimátum de Donald Trump a Irán y la amenaza de una escalada militar de consecuencias globales. Algunas de las cuestiones abordadas:
El objetivo estratégico de Estados Unidos: el control del estrecho de Ormuz y el flujo mundial de petróleo
El trasfondo geopolítico: la disputa con China y los antecedentes en Gaza, Líbano y Venezuela
El riesgo de una ofensiva sobre infraestructura civil iraní
Las negociaciones en curso y la resistencia de Irán
La posibilidad (y e
Ultimátum, petróleo y hegemonía: Estados Unidos frente a Irán en un punto crítico
Las últimas horas configuran uno de los momentos de mayor tensión geopolítica en Medio Oriente de los últimos años. La amenaza explícita de una intervención militar por parte de Estados Unidos contra Irán, en el marco de un ultimátum público, no sólo eleva el riesgo de una escalada bélica de gran magnitud, sino que también permite observar con claridad los objetivos estratégicos en juego y los antecedentes que condicionan cualquier posible salida.
El punto inmediato de la crisis está dado por el plazo impuesto por la administración estadounidense para forzar condiciones sobre Irán, acompañado de declaraciones de una gravedad inusual incluso para los estándares discursivos de Washington. La advertencia de que una “civilización entera podría desaparecer” no puede leerse únicamente como retórica: expresa una forma de construcción del poder basada en la intimidación extrema y en la disposición a utilizar la fuerza sobre infraestructuras civiles críticas.
El estrecho de Ormuz: núcleo estratégico del conflicto
Detrás de la escalada verbal y militar, el objetivo central es claro: el control del estrecho de Ormuz. Se trata de uno de los puntos neurálgicos del sistema energético global, por donde circula una porción decisiva del petróleo mundial. Controlar ese paso implica, en los hechos, condicionar los precios internacionales de la energía y, con ello, el funcionamiento de la economía global, en un escenario en el que los países han comenzado a tomar medidas económicas para enfrentar los efectos de la crisis, tal como analizamos en el último informe del Observatorio del Sur Global.

En este marco, la presión sobre Irán apunta a imponer condiciones que suponen una cesión sustantiva de soberanía. No se trata simplemente de garantizar la libre navegación, sino de establecer un esquema de regulación directa por parte de Estados Unidos sobre el flujo energético.
La referencia a puntos estratégicos específicos —como las instalaciones de exportación iraníes en el Golfo— permite inferir que un eventual ataque buscaría desarticular la capacidad operativa del país en materia energética. Hasta el momento, las acciones militares han impactado principalmente sobre infraestructura logística, pero la posibilidad de una ofensiva sobre el sistema energético permanece latente.
Negociación bajo amenaza y límites de la diplomacia
En paralelo a la escalada, existen negociaciones en curso mediadas por actores regionales como Pakistán, Egipto y Turquía. Sin embargo, estas conversaciones aparecen tensionadas por la propia lógica del ultimátum: negociar bajo amenaza de destrucción total limita drásticamente cualquier margen de acuerdo.
Desde la perspectiva iraní, la disposición a negociar existe, pero no bajo condiciones que impliquen una subordinación plena. Este punto es central para comprender la persistencia del conflicto: lo que está en disputa no es únicamente un diferendo coyuntural, sino la capacidad de un Estado de sostener su soberanía frente a una potencia global.
Los antecedentes: Gaza, Líbano y la crisis de confianza
Cualquier intento de análisis debe considerar los antecedentes recientes en la región. La ofensiva sostenida sobre Gaza, así como las acciones en el sur del Líbano, configuran un patrón que condiciona la lectura iraní sobre las garantías de un eventual acuerdo.
Los procesos de negociación previos, que derivaron en treguas frágiles o incumplidas, erosionan la credibilidad de los compromisos internacionales. En ese contexto, la pregunta que emerge es si los acuerdos funcionan como mecanismos reales de estabilización o como instancias transitorias dentro de una estrategia de desgaste prolongado.
Este elemento es decisivo: sin confianza en la durabilidad de los acuerdos, la lógica de la confrontación tiende a imponerse.
Petróleo, China y la disputa por el orden global
El conflicto no puede comprenderse plenamente sin situarlo en el marco de la competencia estratégica global, particularmente en relación con China, como explicamos anteriormente. El control de los flujos energéticos es un instrumento clave en esa disputa.
El antecedente de Venezuela resulta ilustrativo: los intentos de reconfigurar el control sobre sus recursos energéticos estuvieron estrechamente vinculados con la necesidad de limitar el acceso de China a fuentes de abastecimiento. En el caso de Irán, esta lógica se replica en una escala aún mayor, dado el peso del Golfo Pérsico en el mercado global.
Así, la presión sobre Irán forma parte de una estrategia más amplia de cerco económico y geopolítico, donde la energía ocupa un lugar central.
¿Escalada sin límites o conflicto contenido?
Uno de los interrogantes clave es si Estados Unidos puede enfrentar límites efectivos a su accionar militar. La historia reciente muestra experiencias donde la superioridad militar y tecnológica no se tradujo en victorias políticas claras, como en Afganistán o, anteriormente, en Vietnam.
Sin embargo, estos escenarios implicaron costos humanos y materiales extraordinarios. Pensar en una situación de “empantanamiento” en Irán implica considerar no sólo la resistencia local, sino también el impacto regional y global de un conflicto de esa magnitud.
La posibilidad de evitar el despliegue de tropas mediante ataques aéreos masivos aparece como una estrategia para reducir costos políticos internos. No obstante, el control efectivo del territorio —y en particular de puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz— difícilmente pueda sostenerse sin presencia militar directa, lo que abriría un escenario mucho más complejo.
Una encrucijada de alto riesgo
La actual crisis con Irán condensa múltiples dimensiones: el control de recursos estratégicos, la disputa por la hegemonía global, la crisis de los mecanismos de negociación internacional y el uso creciente de la amenaza como herramienta de política exterior.
Lejos de tratarse de un episodio aislado, se inscribe en una secuencia de conflictos que reconfiguran el mapa geopolítico y tensionan los límites del orden internacional vigente.
En este contexto, el desenlace inmediato —el cumplimiento o no del ultimátum— será determinante. Pero incluso más allá de ese punto, lo que está en juego es la forma en que se organiza el poder global en un escenario cada vez más inestable, donde la combinación de presión económica, amenaza militar y disputa energética define el rumbo de los acontecimientos.
* Federico Montero es docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y analista político especializado en política internacional. Director del Observatorio del Sur Global.
